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El
Diario de Hoy
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elsalvador.com
La buena educación es un factor importantísimo en el desarrollo
de un país, así como la mala se convierte en una rémora
al progreso. En una primera etapa, cuando un pueblo comienza a superar
formas rudimentarias de vida, es relativamente bajo el nivel de conocimientos
que debe tener la gente para ser productiva; lo esencial, entonces, es
disciplinar al trabajador, enseñarle a seguir rutinas, cumplir
con instructivos y alentar su laboriosidad.
Laboriosos éramos los salvadoreños, al punto que se apreciaban
como trabajadores en el resto de Centro-América y en Estados Unidos.
Pero resulta ahora que los hondureños nos aventajan y se tienen
que traer al país para levantar cosechas y brindar servicios. Como
los perezosos, esos animales de los bosques sudamericanos que “viven
guindados”, los felices recipientes de remesas prefieren echarse
en las hamacas y pasar allí la existencia hasta que el Señor
les llama a su reino.
Volvamos a la educación, a la buena. A medida que se sube en la
escala del desarrollo, es más y más necesario para una nación
contar con científicos, académicos, administradores, técnicos
de alto nivel, empresarios innovadores. Y esos sólo se forman en
las universidades, sean estas nacionales o extranjeras.
Por esas razones los países que quieren salir del oscurantismo
y progresar, se esfuerzan por atraer a grandes maestros a sus universidades,
no sólo para que enseñen a jóvenes, sino también
para capacitar a otros maestros. El esplendor del Renacimiento en Italia
se fundamentó parcialmente en los sabios y artistas que huyeron
de Constantinopla al caer la ciudad bajo los turcos; a su vez, cuatrocientos
años más tarde, como ejemplo, las universidades japonesas
contrataban a sabios y científicos europeos y estadounidenses para
enriquecer sus cuerpos docentes.
Enseñar, no indoctrinar
Ahora toca el turno a los chinos excomunistas. Entre muchísimos
casos, el New York Times informa que uno de los científicos más
importantes en computación de Estados Unidos, Andrew Chi-chih Yao,
deja la Universidad de Princenton para aceptar un puesto en la Universidad
de Qinghua, cerca de Pekín.
Lo hace por numerosas ventajas, desde contar con servicio doméstico
hasta por las mayores facilidades que tendrá para realizar sus
investigaciones. Actualmente hay una creciente competencia para atraer
esa clase de grandes cerebros: se los disputan las universidades hindúes
y de Qatar, al igual que centros de investigación de otras partes
del mundo. Como una referencia mencionaremos que si el INCAE ha sido calificado
como una de las diez mejores escuelas de negocios del mundo, es en parte
gracias a los muchos profesores extranjeros contratados.
Las universidades estatales hispanoamericanas van a la cola en esta competencia,
debido sobre todo a los extremos de politización en que han caído.
Mientras en otras partes se procura ofrecer la mejor educación
posible a los estudiantes (sabiendo el papel que luego les tocará
desempeñar), en las universidades de Iberoamérica, o más
bien antros del cerebro, el objetivo es indoctrinar, formar la carne de
cañón de movimientos extremistas.
Hay un enorme costo para El Salvador, como para muchas naciones del Hemisferio,
no sólo por perder a tantos jóvenes a los que lavan el coco
en sus universidades, sino también por no aprovechar las oportunidades
de contar con centros académicos en el real y verdadero sentido
del término. La politización de las universidades es la
causa del gran retraso de nuestros países.

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