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La Nota del Día
Fortaleciendo universidades en un mundo en desarrollo

Las universidades estatales hispanoamericanas van a la cola en esta competencia, debido sobre todo a los extremos de politización en que han caído.

Publicada 25 de noviembre 2005, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

La buena educación es un factor importantísimo en el desarrollo de un país, así como la mala se convierte en una rémora al progreso. En una primera etapa, cuando un pueblo comienza a superar formas rudimentarias de vida, es relativamente bajo el nivel de conocimientos que debe tener la gente para ser productiva; lo esencial, entonces, es disciplinar al trabajador, enseñarle a seguir rutinas, cumplir con instructivos y alentar su laboriosidad.

Laboriosos éramos los salvadoreños, al punto que se apreciaban como trabajadores en el resto de Centro-América y en Estados Unidos. Pero resulta ahora que los hondureños nos aventajan y se tienen que traer al país para levantar cosechas y brindar servicios. Como los perezosos, esos animales de los bosques sudamericanos que “viven guindados”, los felices recipientes de remesas prefieren echarse en las hamacas y pasar allí la existencia hasta que el Señor les llama a su reino.

Volvamos a la educación, a la buena. A medida que se sube en la escala del desarrollo, es más y más necesario para una nación contar con científicos, académicos, administradores, técnicos de alto nivel, empresarios innovadores. Y esos sólo se forman en las universidades, sean estas nacionales o extranjeras.

Por esas razones los países que quieren salir del oscurantismo y progresar, se esfuerzan por atraer a grandes maestros a sus universidades, no sólo para que enseñen a jóvenes, sino también para capacitar a otros maestros. El esplendor del Renacimiento en Italia se fundamentó parcialmente en los sabios y artistas que huyeron de Constantinopla al caer la ciudad bajo los turcos; a su vez, cuatrocientos años más tarde, como ejemplo, las universidades japonesas contrataban a sabios y científicos europeos y estadounidenses para enriquecer sus cuerpos docentes.

Enseñar, no indoctrinar

Ahora toca el turno a los chinos excomunistas. Entre muchísimos casos, el New York Times informa que uno de los científicos más importantes en computación de Estados Unidos, Andrew Chi-chih Yao, deja la Universidad de Princenton para aceptar un puesto en la Universidad de Qinghua, cerca de Pekín.

Lo hace por numerosas ventajas, desde contar con servicio doméstico hasta por las mayores facilidades que tendrá para realizar sus investigaciones. Actualmente hay una creciente competencia para atraer esa clase de grandes cerebros: se los disputan las universidades hindúes y de Qatar, al igual que centros de investigación de otras partes del mundo. Como una referencia mencionaremos que si el INCAE ha sido calificado como una de las diez mejores escuelas de negocios del mundo, es en parte gracias a los muchos profesores extranjeros contratados.

Las universidades estatales hispanoamericanas van a la cola en esta competencia, debido sobre todo a los extremos de politización en que han caído. Mientras en otras partes se procura ofrecer la mejor educación posible a los estudiantes (sabiendo el papel que luego les tocará desempeñar), en las universidades de Iberoamérica, o más bien antros del cerebro, el objetivo es indoctrinar, formar la carne de cañón de movimientos extremistas.

Hay un enorme costo para El Salvador, como para muchas naciones del Hemisferio, no sólo por perder a tantos jóvenes a los que lavan el coco en sus universidades, sino también por no aprovechar las oportunidades de contar con centros académicos en el real y verdadero sentido del término. La politización de las universidades es la causa del gran retraso de nuestros países.


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