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El
Diario de Hoy
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Brasilia, la capital federal de Brasil, es el sueño de un planificador:
las distintas áreas y “vocaciones” de una ciudad se
separan con nitidez. Hay partes de ésta reservadas a oficinas,
otras a viviendas, un amplio sector sirve al gobierno, hay un espacio
para la construcción de embajadas, otro para que se instalen fábricas,
un enorme parque para glorificar al difunto expresidente Juscelino Kubitschek,
“creador de Brasilia”. Alrededor de una especie de explanada
central se ubican los comercios, culminando el conjunto en una avenida
de grandes, iguales, feos y monótonos edificios que desembocan
en el “Palacio de la Aurora”.
Brasilia se diseñó centrándose en una especie de
ave en vuelo, éxtasis supremo del arquitecto Oscar Niemayer, el
punto donde creyó remontarse al infinito artístico.
Pero la ciudad es un fracaso que, en su original concepción, se
ha desplomado. Los nítidos planes de Niemayer se han ido borrando
frente a las cambiantes necesidades de los pobladores, que simplemente
no pueden seguir metidos en una disparatada camisa de fuerza. Donde sólo
se diseñaron viviendas hay ahora comercios, han proliferado tugurios,
los espacios gubernamentales resultan insuficientes y para muchos diplomáticos
de carrera ser destacados en Brasilia, el escaparate sin sentido, es un
velado castigo.
¿Cómo cayó Niemayer en semejante aberración?
La respuesta es muy simple: el hombre es comunista y como tal pretende
regimentar la vida de sus congéneres, imponer sobre ellos modos
de vida y trabajo. Lo que Niemayer hizo con el dinero de los brasileños
y según las buenas lenguas para usar unas tierras propiedad de
Kubitscheck, fue construir la ciudad ideal donde a cada poblador se le
asigna su espacio, como en los hormigueros. Tal clase de “soluciones”
eran frecuentes en las dictaduras comunistas, desarrollos que se han ido
derrumbando a partir de la caída del Muro de Berlín.
Pobres unionenses: tendrán su OPAMSS
La mala noticia es que “pequeños Niemayers” abundan
en todas las latitudes. Los últimos en ser amenazados con ponerlos
a vivir dentro de un hormiguero, son los unionenses, los pobladores de
La Unión. De acuerdo con informaciones, se estudia para luego poner
en vigor, un “ordenamiento urbanístico” que asigne
a cada sector de la ciudad lo que allí se puede construir y cómo
se debe construir. Unas áreas se asignan a vivienda, otras a los
comercios, unas terceras a industrias y así sucesivamente. N
o sabemos si luego se establecerán lineamientos de diseño,
poniendo a competir el mal gusto de muchos arquitectos y de dueños
de inmuebles, con el mal gusto de burócratas. A eso todavía
no se ha llegado en el Gran San Salvador, paralizado por las exigencias
y ocurrencias de la OPAMSS y ciertas oficinas de Concultura. Todo, se
nos dice, en aras de preservar el “Centro Histórico”,
preservarlo para cucarachas, termitas, tacuacines, ratas e inmundicia.
Un plan urbanístico para La Unión vendrá a ser como
los zapatos que hasta hace unos cien años les ponían a las
chinas para impedir que los pies les crecieran; en el preciso momento
en que La Unión y gracias al puerto, puerto que es realidad por
las campañas de EL DIARIO DE HOY, comienza a despegar, quieren
aprisionarla. En otros términos, el Estado tiene más confianza
en el criterio de burócratas que en el de los ciudadanos.

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