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Michel
Rocard*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Mientras escribo esto, en los suburbios de París y otras ciudades
francesas hay violentos choques con la policía desde hace dos semanas
y se han incendiado automóviles al ritmo de casi 1.000 cada noche.
¿Por qué está sucediendo eso? ¿Hasta cuándo
puede durar?
La existencia de miles de jóvenes desempleados, sin ingresos ni
raíces, ociosos y capaces sólo de ejercer la violencia para
expresar su búsqueda del reconocimiento no es algo particularmente
francés.
Todo el mundo recuerda los disturbios de Watts, Newark y Detroit en los
Estados Unidos en el decenio de 1960 y los que hubo en Liverpool, en el
Reino Unido, a principios del decenio de 1980, como también en
Bradford, Oldham y Burnley en años recientes. Asimismo, Francia
presenció disturbios en Vaux-en-Velin, cerca de Lyón, hace
veinte años. De modo que es importante distinguir lo que es común
a muchos países desarrollados y lo que es específico de
Francia.
Todas las economías desarrolladas han experimentado cambios profundos
en los treinta últimos años. Hemos pasado del capitalismo
de los gerentes al de los accionistas, de economías con grandes
dosis de dirección estatal a mercados mucho menos regulados, de
las políticas sociales activas y expansivas de los decenios de
1960 y 1970 a un mundo en el que esa clase de gasto se reduce constantemente.
Aunque la riqueza ha ido aumentando constantemente --el PIB se ha más
que duplicado en los cincuenta últimos años-- y millones
de ricos se han vuelto más ricos, el porcentaje del total correspondiente
a los salarios ha disminuido en un 10 por ciento. La consecuencia de ello
en todas partes ha sido un empobrecimiento en gran escala de la parte
menos favorecida de la población. En los países ricos, la
pobreza en masa, que parecía haber sido eliminada en torno a 1980,
ha reaparecido. El acceso a la buena educación y más aún
al mercado laboral va quedando cada vez más restringido para muchos
jóvenes.
Pero sobre ese fondo compartido Francia presenta algunos importantes rasgos
distintivos. En primer lugar, la demografía: durante los cincuenta
últimos años, Francia ha tenido unas tasas de fecundidad
mayores que el resto de Europa: 1,9 hijos por mujer, frente a la media
europea de 1,6 y las tasas alemana y española de 1,3.
En Alemania, cada generación que entra en el mercado laboral es
menor que la que ya está en él. En cambio, en Francia entre
200.000 y 300.000 personas más entran en el mercado laboral que
las que lo abandonan en cada generación… y en esas cifras
no va incluida la inmigración, que, aunque recientemente se ha
reducido, representa un gran número de buscadores de empleo. Como
las tasas de crecimiento económico han disminuido, ha habido un
aumento del desempleo.
De hecho, Francia ha abierto su sistema educativo público en un
grado extraordinario, en el que se han denegado todos los derechos de
grupo a las minorías, pero se han afirmado vigorosamente los derechos
personales, incluido el acceso pleno a todos los servicios sociales, independientemente
de su lengua, religión o color de piel. El sistema está
resquebrajándose, pero sólo por los límites de su
capacidad de absorción, no por sus principios fundamentales.
En esas circunstancias, todos los políticos franceses han sabido
durante los veinte últimos años que Francia ha estado viviendo
con un riesgo en aumento de que los incidentes aislados se amalgamaran
en una masa de violencia. Así, pues, la tarea de los asistentes
sociales y de la policía consiste en intentar resolver --rápida
y discretamente-- cada uno de los incidentes para apagar la rebelión.
También hace veinte años --desde que un informe no partidista
de un grupo de alcaldes de grandes ciudades pertenecientes a todos los
partidos políticos acordó por unanimidad las medidas que
se debían adoptar--, que se sabe perfectamente lo que se debe hacer:
represión eficiente, prevención social muy desarrollada,
presencia permanente de la policía local y nuevos intentos de reintegración
de los delincuentes.
La dificultad a la hora de aplicar esa política ha consistido en
que sus aspectos preventivos --apoyo social y reintegración de
los delincuentes-- parecen “débiles con la delincuencia”
y excesivamente generosos a la aterrada población que vive en las
zonas afectadas, pero durante los tres últimos años Francia
ha tenido un gobierno que ha dejado de creer que una política urbana
socialmente orientada funcione. Sólo cree en la represión
y lo dice a las claras.
Copyright: Project Syndicate. *Ex Primer Ministro de Francia y dirigente
del Partido Socialista.
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