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Los que lo vieron afuera

Fueron miles los aficionados que vieron el clásico desde los bares aledaños

 

Publicada 20 de noviembre 2005 , El Diario de Hoy

Privilegio. Santiago Cervera no pudo ver el festejo azulgrana en persona, se lamentó no haber lanzado improperios. Foto EDH/AP

Desde Madrid
Periodista: Claudia Rivera
Enviada especial
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

El llamado punto de rocío, según los meteorólogos, rondó los ocho grados centígrados de la noche del viernes al sábado. Y nadie lo cuestiona. Apretujados, unos contra la espalda del otro, cientos de aficionados lucen envueltos y con los ojos entrecerrados.

Para ellos, el sacrificio ha merecido la pena porque no importa el suplicio, la brisa matutina, la niebla que envuelve la ciudad, la sensación térmica, el hambre, las molestias cuando quieren ir a un lavabo. En fin, todo aquello es parte del camino para entrar a su templo, el Santiago Bernabéu, y así gozar del favor de sus dioses (Ronaldo, Beckham, Raúl, Casillas...).

En las piernas de cada uno de ellos concentran sus ilusiones, fantasías y sueños de gloria. Pero también hay otros menos afortunados que no gozan del beneplácito del cielo porque llegaron tarde.

A Santiago Cervera, un madrileño de 39 años, las puertas del templo le fueron cerradas en las narices.

Reclamo. Valdés le reclama a Robinho por una patada. Foto EDH/AP

Ronda por las calles aledañas al Paseo de la Castellana desde las 8:00 de la mañana, justo cuando se dio cuenta que mil personas se le adelantaron y consiguieron uno de los pocos boletos que, a última hora, fueron devueltos por los socios que no asistirían al juego.

“No me imaginé que la gente iba a venir desde la noche anterior”, comenta mientras come un bocadillo en un restaurante justo al lado del estadio.

No quiere cometer el mismo error. Sabe que para ver el juego, aunque sea por televisión, debe buscarse un lugar y ése ya lo ha escogido.

El juego está a punto de comenzar. La música se escucha desde el estadio, al igual que los fuegos artificiales y los gritos de la gente que está adentro. Y, claro, el abucheo contra Eto’o.

“No es del todo malo. Al menos sé que aquí también puedo respirar el ambiente. Después de todo, lo tengo enfrente”, dice con resignación.
Al igual que Cervera, todos los parroquianos del restaurante quisieran estar dentro del Bernabéu.

Con sus casacas blancas bajo los abrigos, los aficionados merengues se las “apañan” bien para ver el juego en una pantalla de televisión, al ritmo de la cerveza, el calor humano y, sobre todo, con los ruidos “en vivo” que llegan desde el estadio con plena intensidad.
Ansias

Pablo García, uno de los nuevos madridistas, se lamenta de uno de los goles. Foto EDH/AP

Pero los gritos de felicidad duran poco. Eto’o no esperó mucho para vengar el oprobio con el que ha sido recibido. Y en el 14’ se hace el silencio. Un silencio incómodo donde escuchas la respiración ansiosa de todos.

Cuando el ansiado tiempo de descanso llega, el cantinero aprovecha para cerrar las portezuelas del cajón que protege al televisor y decir: “¡¿Otra caña?!”, una frase que es parte de un código propio que todos asumen y que se interpreta como “¡Ala! ¡Hay que beber más, que estar aquí no es gratis!”.

Las jarras de cerveza van y vienen en un ambiente de camaradería entre perfectos extraños, gente que nunca se ha visto y que probablemente no se verá jamás.
De repente, el televisor recobra la vida; el juego se ha reanudado.

Todos cruzan los dedos y cada quien vuelve a sus posiciones, reabastecido y bien plantado en la baldosa de 25 centímetros cuadrados sobre la cual estará de pie en los restantes 45 minutos de juego.
Menudo suplicio. Nadie se imaginaba lo que vendría más tarde…

Las miradas fijas en la pantalla, los gestos, las muecas, los “uuuh”, los “ah” tras las jugadas importantes hacen que el entusiasmo raye casi en lo caricaturesco. Cada uno luce embebido ese vaso que protege a toda costa y del cual sorbe a cuentagotas para que aguante el resto de la jornada.

Ronaldinho ha asestado otros dos batacazos y las esperanzas se disipan.
Cervera escucha el silbato final del árbitro y suelta un aire de alivio. Se pregunta si valió la pena el sacrificio para aquellos que madrugaron y lograron entrar. “Después de todo, es un partido más; aunque, mejor lloro desde aquí afuera”, dice, cabizbajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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