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Un percance, dos destinos

Víctimas de Stan. La pasada tormenta estuvo a punto de acabar con la vida de tres menores. El futuro les tenía reservado un billete distinto. A Jennifer parece que le sonrió la vida; sin embargo, a dos hermanos aún les persigue esa odisea.

Publicada 19 de noviembre 2005 , El Diario de Hoy

En casa ajena. Ana Elizabeth Ramírez, de 26 años, se dedica a lavar y planchar para comprar los alimentos de sus dos hijos. No tiene vivienda propia, vive en un cuarto prestado, pero ya se lo solicitaron. Ella piensa pedir madera y lámina en la Alcaldía para hacer su propia casa. Foto EDH


Yamileth Cáceres
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

El mismo día, en diferentes lugares y horas distintas, tres niños vivieron una misma desgracia, la cual cambió sus vidas para siempre. Víctimas de los derrumbes causados por Stan, el futuro tenía reservados para ellos un destino inesperado.

Los tres coincidieron en el Bloom, pero ya desde ese entonces parecía que su suerte iba a ser desigual. Alexander Pinto Ramírez, de dos años, llegó con golpes en la cabeza. Su hermano William Armando Riasco tenía fracturadas las dos piernas.

La atención de aquellos días no era para ellos. Jennifer Torres, de ocho años, ingresó con daños en su pie izquierdo después de permanecer cuatro horas atrapada en la tierra.

Ese tiempo, la mirada de los bomberos que la rescataron, el interés de las autoridades la catapultaron, sin quererlo, a convertirse en la esperanza de una tragedia que parecía no tener un final en aquellos días.

Un mes y 14 días después, la historia de los niños vuelve a cruzarse, al menos en estas páginas.

A Jennifer y su familia le llenaron de bendiciones, una vivienda nueva, algo de dinero, en fin todo lo material para tratar de olvidar un pasado y dos niños que se llevaron las lluvias.

En cambio, para la familia Ramírez, todo parece que Stan fue ayer y las horas siguientes son un Vía Crucis.

Nuevo hogar. JenniferTorres Cerna, de ocho años, permanece en su nuevo hogar en San Luis La Herradura, La Paz. La vivienda fue donada por un extranjero que decidió entregar el dinero que le pagaron por una conferencia. Además recibió el apoyo de instituciones y autoridades. Foto EDH

Sin una vivienda, Ana Elizabeth, madre de los dos menores, se quedó día y noche durante una semana en el hospital. Luego encontró cobijo gracias a un hermano en Altavista, Ilopango.

A las dos semanas se fue a vivir con la hermana a Ciudad Delgado. Sólo ahí se ha mudado tres veces.

Para Ana Elizabeth, su aflicción más grande es no tener un resguardo fijo. La única idea que le pasa por la cabeza es volver a tocar esa tierra que les cayó encima y construir una casa con lámina y madera.

Con ingresos de siete dólares a la semana lavando y planchando ropa ajena y con algunos víveres que le regalan personas altruistas mantiene a sus hijos, uno todavía convalenciente de las heridas. Del alquiler del cuarto, prefiere no hablar.

Para la familia de Jennifer, los primeros días fueron difícil, pero ya terminó. Hoy su mayor preocupación es lograr que su hija sonría y vuelva a ser la misma.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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