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¡No estaba muerto! ...estaba trabajando

Confusión. Una familia vivió ocho horas de luto por el fallecimiento de un pariente. El aviso del deceso se los dio otro miembro del grupo. Cuando estaban velando los restos, se percataron de que la supuesta víctima se hallaba trabajando en un cañal de una hacienda cercana. El hecho que alimentó el equívoco fue que el difunto y el jornalero tenían sombreros similares

Publicada 19 de noviembre 2005 , El Diario de Hoy

Humor. Enrique Castellanos (primer plano) chistaba sobre el suceso con los amigos de jornada en un cañal. Foto EDH


Jorge Beltrán
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Los parientes de Enrique Castellanos, un campesino de 64 años, vivieron horas de angustia y dolor, el jueves anterior, cuando fueron a retirar lo que creían era su cadáver al Instituto de Medicina Legal de Santa Tecla.

Pero al final del día, todos, parientes y vecinos que velaban a don Quique, como es conocido en el vecindario, quedaron perplejos al saber que estaban ante los restos de a saber quién.

Luego estallaron en bromas, carcajadas y no faltó quien hasta hiciera reclamos, en son de broma, por la confusión.

Las protagonistas de esta tragicomedia viven el caserío Pital del cantón Entre Ríos, jurisdicción de Ateos, a unos 40 kilómetros de la capital.

Todo comenzó a las ocho de la mañana del jueves. Un pariente de los Castellanos que vive en Armenia, Sonsonate, llegó a avisarles que su tío Quique había perecido en un accidente de tránsito ocurrido la noche anterior, en el kilómetro 27 de la carretera que conecta el cantón
Lourdes con la ciudad de Sonsonate.

En la casa donde vive Carlos Guzmán, hermano de Enrique, se armó el alboroto. Los gritos histéricos de los adultos se mezclaban con el llanto de los sobrinos y sobrinas de don Quique.

El pariente les relató el accidente de tal manera que a Carlos y a su mujer les pareció verosímil.

Carlos, que también se dedica a la agricultura, dejó de ir a trabajar. A su patrón le comentó la desgracia. Este, en un acto de humanidad, le regaló 200 dólares como ayuda para el sepelio.

Luego Carlos se fue a Medicina Legal. Lo atendió una doctora que le explicó que los restos estaban irreconocibles porque la víctima primero fue atropellada por un auto y luego una rastra le había pasado encima, reduciendo el cuerpo a un amasijo de carne y pedazos de huesos.

Confundidos. Esta es la casa donde fueron velados durante ocho horas los restos que se creía eran de Enrique Castellanos.Foto EDH

Pero después de todo, había algunas prendas que podrían ayudarles en la identificación.

La funcionaria se refería a un sombrero y un bolsón. Y que además la víctima parecía que nunca había usado zapatos. Que se notaba que en su vida jamás se calzó los pies.

Carlos pidió ver esas prendas. La forense entonces le mostró los despojos humanos.

El doliente se fijó rápidamente en el sombrero. Y este era igualito al que se calaba su hermano. Aunque el machete que acostumbraba a portar, no estaba entre las prendas recuperadas, a Carlos no le cupo la menor duda de que era Quique, su hermano.

Carlos entonces se fue a contratar los servicios de una funeraria de la localidad. Compró una ataúd de cien dólares y otros objetos para la velación.

Luego de hacer los trámites correspondientes, en la morgue judicial, le entregaron el cadáver. Medicina Legal certificó que el cadáver era de Enrique Castellanos Guzmán, y que este había muerto por múltiples golpes.

Mientras tanto, Morena Guardado, la mujer de Carlos, y sus hijos ya habían acomodado la casa para la vigilia.

Los vecinos les comenzaron a llevar dinero en efectivo. Unos les llevaban candelas, otros café en polvo, en fin, las cosas necesarias para un velorio.

Otros a falta de ayudas ofrecían consuelo a los parientes del difunto. Después del mediodía, Carlos llegó con el cadáver ya dispuesto en la caja.

Malgastado. Morena Guardado guarda las cosas que sobraron del velorio. Foto EDH

Mucha gente quería ver al hombre por última vez, pero Carlos se los impedía por consejos de los empleados de la funeraria: los restos ya hedían y además eran una masa sin forma.

Para que todos en la familia supieran, Carlos pidió a José Aparicio, su sobrino, que fuera avisarle a Rafael Castellanos que Quique estaba muerto.

José salió con la premura del caso hacia una plantación de caña de la Hacienda Nueva, donde estaba trabajando Rafael, su padre.

Sin más protocolos, el muchacho le dijo que no se fuera a poner mal por la noticia que le llevaba: “Papá, mi tío Quique está muerto”, le espetó sin preámbulos.

Pero el sorprendido resultó ser José cuando su padre le dijo sonriendo que se dejara de cuentos. “No, hombre, Quique aquí está trabajando; si acabo de almorzar con él”.

José, ya repuesto de la sorpresa, echó a correr de regreso a la casa donde estaba la velación.

La noticia les cayó como gas hilarante. Los asistentes comenzaron a carcajearse al saber que no había motivo para estar de luto. Con los mismos asistentes, los dolientes comenzaron a deshacerse del pan y del café que tenían dispuestos para pasar la noche en vela.

Entre tanto, Carlos habló a Medicina Legal para decirles que lo que tenía en el ataúd no era su hermano.

Como si nada hubiera pasado, la misma forense que le había entregado los restos, le dijo que no había ningún problema, que se los llevara nuevamente.

Eso hizo el hermano de don Quique. Y de paso, fue a la funeraria a devolver la caja que, por fortuna, ya no necesitaban para su hermano.

Estos le dijeron que como ya estaba usada y con algunas manchas de sanguaza, le devolvería sólo 75 dólares de los 100 que costaba.

Carlos los agarró sin más complicaciones. Lo que en ese momento importaba más era que su hermano estaba vivo. Sobre la marcha verían cómo le hacían para cargar con los gastos extraordinarios que les generó la confusión.

Por las explicaciones a los condolientes, ni se preocupó. Las risotadas de los velantes demostraban su desenfado.

“Es feo estar velando un muerto que no es pariente de una”
Ana Castellanos
Sobrina

“Regresamos todo lo que nos habían dado, menos los pésames”
Morena Guardado
Cuñada

 

“Ayer trabajamos con un muerto”

Buen humor. En sus tareas diarias, Enrique Castellanos fue blanco de chistes por parte de sus compañeros. Los encajaba sin enfado y hacía votos para que por la broma le alargara la vida.

El agricultor (izq.), junto a compañeros de labor, poco antes de la hora del almuerzo. Foto EDH

Como si nada hubiera pasado, ayer Enrique Castellanos se afanaba por quemar los rastrojos de lo que fue una plantación de caña de azúcar en la Hacienda Nueva, donde él asegura que nació y creció jornaleando.

Pero media docena de sus compañeros no cesaban en gastarle bromas por la confusión que se generó entre él y un desafortunado hombre que murió en un accidente vial.

“Ayer (jueves) estuvimos todo el día trabajando con un muerto”, le bromeaba Francisco Sorto, uno de sus compañeros de trabajo.

Pero don Enrique se tomaba con desenfado las cuchufletas que le llovían de los otros jornaleros cuando vieron que el hombre era fotografiado por El Diario de Hoy.

Don Enrique se tomó unos momentos para narrar lo que le había pasado. Durante esos minutos, los demás compañeros también pararon para escuchar la historia.

No lo vieron llegar

Cuenta el protagonista que el jueves se levantó muy de mañana como es su costumbre. No terminaba de aclarar cuando salió para la hacienda y, por tanto, ninguno de sus parientes, que viven cerca, lo vio salir.

El miércoles había llegado como a las nueve de la noche. Se encerró rápido en su casa, donde vive sólo desde que su esposa murió y su única hija formó su propia familia.

El jueves, cuando regresó de trabajar, no pudo contener la risa al ver lo que había sucedido. “Yo, en ver la bayuncada, me puse a reír”, sostiene el hombre de piel curtida por tantos años de trabajar bajo el sol y por el hollín de los cañales quemados que corta.

Cuando ya había aclarado el porqué no lo habían visto desde el miércoles, se metió entre pecho y espalda cuatro pedazos de pan dulce con un poco del café que habían preparado para su propio velorio.

El lío sobre el deceso del jornalero tuvo su costo económico.Foto EDH

Luego se encerró otra vez en su casa, donde una sobrina, Ana Leticia Castellanos, lo llegó a visitar por largo rato.

Fue por ella que supo que los borrachos consuetudinarios del lugar también sacaron provecho de la confusión.

Con latas vacías de leche, a guisa de alcancías, varios borrachos anduvieron pidiendo limosna para costear el enterramiento. Mucha gente les dio pero ellos no entregaron lo recaudado.

“Mi sobrino y la mujer de mi hermano se confundieron. Decían que era yo sólo por el color de la ropa y mi sombrero. ¿Y qué? No era yo”, explica don Quique poco antes de ir a almorzar.

En morgue le pidieron un pago

Cuando Carlos Castellanos fue a retirar el cadáver que suponía era de su hermano, un vigilante del Instituto de Medicina Legal le advirtió que por el servicio tendría que pagar 50 dólares.

Pero como Carlos no andaba mucho dinero, le dijo que entonces les dejaría el muerto porque no le alcanzaba el dinero que andaba para hacer el pago.

Al escuchar eso, el vigilante, a quien Carlos no pudo identificar, se puso a reír.

Ya dentro de la morgue, le preguntó a la forense a quién y a dónde debía pagar los 50 dólares que le había anunciado minutos antes el vigilante.

Pero la funcionaria le aclaró que no debía pagar nada porque al cuerpo no le habían hecho autopsia, en cuyo caso si hubiera sido necesario la cancelación.

La misma forense, a quien Carlos tampoco logró identificar, le dijo que el pago estaría bien si él hubiera pedido que le prepararan el cadáver para velarlo más de un día, aunque no le especificó el monto.

Hasta ayer, Carlos no sabía que no debe cancelar ni un centavo por retirar un cadáver de Medicina Legal. Esos trámites son gratuitos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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