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| Por la paz. Un grupo de personas protesta
en contra de la violencia y del exiliado Jean Bertrand Aristide.
Foto The New York Times |
The New York Times
Por GINGER THOMPSON
Internacionales
internacionales@elsalvador.com
PUERTO PRÍNCIPE. Veinte meses después de que un violento
levantamiento obligó al presidente Jean-Bertrand Aristide a marchar
hacia el exilio, el camino hacia nuevas elecciones en la nación
más pobre del hemisferio sigue siendo traicionero.
Un aspirante a la presidencia Dumarsais Simeus, descubrió esto
a fines de octubre.
Con gran fanfarria, comenzó un mitin de campaña en Solino,
un ruinoso vecindario de la capital, plagado por la delincuencia.
Una multitud de personas convirtió las sucias y malolientes calles
en una fiesta, cantándole a Simeus y haciendo ondear sus playeras
de campaña en el aire como estandartes.
“Simeus, Simeus, eres el que estamos buscando”, coreaban.
“Ahora somos libres”.
Los cánticos siguieron la caravana de Simeus durante kilómetros,
hasta que llegó al barrio de Bel Air, un bastión de Aristide.
Allí, decenas de hombres y mujeres furiosos lanzaron piedras y
pedazos de concreto al auto de Simeus, obligándolo a huir. “Ese
hombre no ha hecho nunca nada en este país”, gritó
Fleurette Pierre entre la turba. “El único que hizo algo
por los pobres es Aristide. “Si el mundo no quiere ver sangre en
las calles”, agregó, “lo traerán de regreso”.
A pesar de cientos de millones de dólares en asistencia internacional
y el despliegue de cerca de 7,000 soldados de paz de la ONU, escenas como
esta demuestran que Haití continúa sumido en el descontento
civil, dividido entre la elite y un segmento de las masas pobres de la
nación que siguen siendo ferozmente leales de Aristide.
Juan Gabriel Valdés, jefe de la misión de la ONU en Haití,
indicó que asesinatos y secuestros por parte de pandillas y policías
corruptos disminuyeron después que sus tropas actuaron contra las
bandas, conocidas como chimeres, y mataron a varios de sus cabecillas,
y después de que un nuevo jefe de policía arrestó
a 15 agentes por abusos.
No obstante, reconoció que las pandillas siguen operando en las
áreas más pobres de la ciudad y que Haití, un país
casi sin instituciones en funcionamiento, no está preparado para
sostenerse por sus propios medios.
“Si creemos que esta elección será una solución
mágica, o es una excusa para que la comunidad internacional se
marche de Haití, entonces Haití no está preparado
para eso”, subrayó Valdés.
La ONU ha registrado más del 70% de los electores con derecho al
voto, según las autoridades locales, pero el Consejo Electoral
Provisional del gobierno, aquejado por luchas internas, tardó en
confirmar la fecha para la elección: el 27 de diciembre.
Algunos se preguntan abiertamente en este clima polarizado e inseguro
si el país está preparado para celebrar elecciones. Y un
paseo casi por cualquier vecindario – entre miembros de pandillas,
pequeños montes de basura y canales repletos de desperdicios humanos,
y casas tan oscuras y deprimentes como cuevas – , hace difícil
no preguntarse si los comicios solucionarán los problemas más
agobiantes del país.
Personas como Garraud Josef, desempleado durante casi la totalidad de
sus 51 años, mantienen la esperanza. El, su esposa y sus cinco
hijos viven en Solino, en un atestado laberinto de casas de concreto.
Su esposa gana aproximadamente un dólar al día vendiendo
arroz que cocina en una parrilla de carbón en el callejón.
No puedan pagar para enviar a alguno de sus hijos a la escuela. Uno de
ellos, de 17 años y con un desorden de crecimiento que lo hace
parecer de 10 años, permanece en una silla al fondo de la húmeda
y oscura casa, meciéndose.
Al preguntársele por qué planea votar, Josef, decididamente
respondió: “Después de todas las elecciones, las cosas
no han cambiado realmente, Pero nunca se sabe. Tenemos que intentarlo”.
Otro difícil interrogante que enfrenta es por quién votar.
Por lo menos 34 personas han declarado su intención de postularse,
incluyendo a dos altos funcionarios de anteriores dictaduras, ex colaboradores
de Aristide y un ex jefe de policía sospechoso en EE.UU. por tráfico
de drogas.
“No me importa lo que digan de mí”, afirmó Guy
Philippe, el ex jefe de policía. “Me postulo para servir
a mi país, no a la comunidad internacional”.
Aunque la influencia de Aristide en las masas pobres del país se
ha debilitado, el llamado “sacerdote de barriada”, quien es
acusado de usar pandillas callejeras para reprimir a sus rivales, sigue
siendo como una fuerza fantasmal en las elecciones.

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