elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Punto de vista
La marioneta insensata

Entonces, la clave de la libertad no es carecer de lazos, sino atarse libremente por compromisos de calidad. Como los que ligan a una madre con sus hijos, a un ciudadano con su país

Publicada 19 de noviembre 2005, El Diario de Hoy


Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Érase una vez una marioneta que viajaba de pueblo en pueblo. La mayor parte de su vida, la había pasado en el fondo de un baúl, mientras brincaba al ritmo que le marcaban las piedras del camino por las que la carreta del guiñol circulaba de feria en feria. De repente, cuando menos lo esperaba, se abría la tapa del arcón y veía la luz. El titiritero la cogía, desenredaba sus hilos, estiraba sus miembros, planchaba con la mano sus ropas y ya estaba lista para actuar.

Le encantaba ver los ojos sonrientes de los niños y sus bocas atónitas. Junto con sus compañeras marionetas saltaba y hablaba, representaba distintos papeles --o el mismo durante una larga temporada-- y el efecto producido sobre el público infantil era siempre igual: risas y gritos, emocionadas exclamaciones. Aplausos.

Se sentía orgullosa, con orgullo del bueno, y era feliz. Sólo lamentaba los paréntesis de encierro en el fondo del cajón; por eso siempre esperaba ilusionada el momento de salir al escenario para deleitar a su público.

Un día, después de una función especialmente exitosa, al regresar a su confinamiento, se puso a pensar. Meditaba en los niños que esa tarde había hecho reír y en los aplausos que había cosechado. Poco a poco se fue dando cuenta que los envidiaba: se los imaginaba corriendo y saltando, yendo por aquí y por allá. Sin ataduras, sin cortapisas. Y le entraron ganas de ser verdaderamente libre.

Pero ¿cómo? Si estaba encerrada en el fondo de un arcón. Miró a su alrededor y descubrió otras marionetas como ella. Aletargadas, esperando la próxima función. Empezó a dirigirse a una y a otra, hasta que consiguió que el “sastrecillo valiente”, viejo compañero de días de gloria, la liberara de sus ataduras después de un gran esfuerzo. Y se sintió feliz, libre por fin.

Entonces, después del consabido traqueteo, el carromato en el que iban se detuvo: señal cierta de que pronto el titiritero abriría el viejo cofre y la sacaría para representar su mejor papel frente al público infantil. Y así fue: la tapa se abrió, momentáneamente la luz la encegueció mientras sus ojos se hacían a la claridad, como en anteriores ocasiones, pero… Con sorpresa vio cómo una a una las marionetas fueron saliendo del cajón, todas menos ella; incluso un títere que tenía años de no actuar fue sacado y desempolvado por el dueño del guiñol.

En el fondo del baúl, mientras escuchaba los aplausos, las risas y las exclamaciones del público, sus ojos de madera se anegaron de tristeza.

Al principio pensó que estaba pagando el precio de su libertad recién conseguida, que pronto se darían cuenta de su ausencia en la función. Pero al pasar el tiempo sin que repararan en ella, y después de reflexionar un poco más, comprendió que lo que pensaba era una inédita y completa libertad, no era tal: al querer romper con sus compromisos había logrado precisamente lo contrario: se había atado al fondo del baúl.

Ya en otras ocasiones he citado a Carlos Goñi. Esta vez he hecho una paráfrasis de un cuento suyo titulado “La marioneta que quería ser libre”, para aprovechamiento mío y de los lectores.

Me parece una forma muy bella de mostrar la realidad de la libertad humana. Una manera aleccionadora de hacernos ver que una libertad sin ataduras se convierte, a la postre, en una verdadera esclavitud.

Todos tenemos ataduras, todos tenemos compromisos. La verdadera libertad no consiste en liberarse de ellos, sino en vivir de acuerdo a las consecuencias que voluntariamente hemos asumido, y pechar con la propia responsabilidad.

Pensar que la libertad verdadera es no depender de nada ni de nadie, es lo mismo que si un pájaro considerara que el aire en el que se apuntala para volar fuera más un obstáculo que un punto de apoyo para su vuelo. En cuanto renunciara a él, caería por tierra imposibilitado para elevarse de nuevo.

Entonces, la clave de la libertad no es carecer de lazos, sino atarse libremente por compromisos de calidad. Como los que ligan a una madre con sus hijos, a un ciudadano con su país, a un hombre de palabra con una promesa dada.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy. carlos@mayora.org

elsalvador.com WWW