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Carlos Sandoval*
(Primera parte)
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Tengo que reconocer, muy a mi pesar, que el feminismo (lingüístico) va ganando terreno en muchos países hispanoparlantes. Los ejemplos abundan, pero sólo me referiré a los que conozco mejor. En mi reciente viaje a Bogotá encontré, en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Colombia, varias artículos periodísticos sobre una guerra gramatical de los sexos, para decirlo al estilo wellsiano. La pugna entre sexistas y antisexistas es caliente y ardiente porque está en juego el futuro del castellano.
En la contienda léxica participan novelistas, poetas, periodistas y académicos. La intervención del académico Rogelio Erchavarría me llamó mucho la atención, porque denuncia al movimiento feminista de extralimitarse en sus propuestas gramaticales, y por eso ha sugerido, como reacción, crear la Academia de la Lengua Viperina, ya que es necesario el humor en la “discusión de las severas cuestiones del idioma”.
En España, la lingüista Mer-cedes Bengoechea ha criticado a la Real Academia Española por sospechar que la “docta casa” se inclina por las palabras masculinas en detrimento de las femeninas. Además, justifica el empleo del signo arroba (@) para quitarle, a algunas palabras, el género gramatical. No le preocupa que lo correcto es dejar ese signo ---rescatado por los técnicos estadounidenses de la computación--- para las direcciones electrónicas de los “e-mail”, un anglicismo que fonéticamente suena como “imeil”.
El caso más grave es el de El Salvador, pues parece que el Gobierno ha oficializado el discurso feminista o libre de sexismo, androcentrismo, pa-triarcalismo, por considerar que el lenguaje tradicional invisibiliza, humilla y estereotipa a las mujeres. La actual Ministra de Educación, por ejemplo, ha ordenado que en los comunicados oficiales se sustituya el lenguaje sexista o discriminatorio, por uno antisexista o integrador. Así tendríamos un lenguaje lleno de barras (os/as), de arrobas (hom-br@s) y de desdoblamientos (di-putados y diputadas).
No ha reparado la Ministra de Educación que esta antojadiza gramática no sólo viola la Cons-titución Política, la cual establece taxativamente que el idioma oficial es el español, y que el gobierno “está obligado a su conservación y enseñanza”, sino que también rompe con la Gramática y el Diccionario de la Real Academia Española.
La Ministra de Educación cierra los ojos ante la evidencia gramatical de que cuando se dice hombre se está incluyendo también a la mujer, de acuerdo a la taxonomía zoológica de Linneo y al Diccionario de la Lengua Española. No requiere mucho esfuerzo abrir un diccionario para comprender que el sustantivo hombre se refiere al “ser animado racional, varón o mujer” y que cuando Jesús dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí”, no estaba discriminando a las niñas, porque la voz masculina también las incluye.
Recomiendo a la Ministra de Educación leer el ensayo “Sexis-mo en el lenguaje: mitos y realidades”, del señor Jorge Ernesto Lemus, doctor en lingüística por la Universidad de Arizona y actual director del Departamento de Investigaciones de la Universidad Don Bosco, en donde expone la siguiente tesis: “En términos puramente lingüísticos ningún idioma es sexista” y que “no hay relación entre la gramática del idioma y el estado de la mujer en la sociedad”.
Es obvio que el idioma siempre produce desconciertos e inquietudes, dudas y perplejidades. Ade-más de histórico (cambiante), es equívoco. Recuérdese que para Saussure el signo lingüístico es ar-bitrario, pues no hay afinidad en-tre el significante y el significado.
Las españolas, sin lugar a dudas, son las más exigentes
en el cambio radical del lenguaje. Ellas comenzaron a usar el signo arroba
(@) en el lenguaje escrito haciéndole creer a la gente que es un
injerto entre la “o” y la “a”; por eso escriben
“person@s tod@s amig@s” y más de alguna ha dicho “los
jóvenes y las jóvenas”, lo que puede parecer congruente
con sus fines políticos, pero idiomáticamente desastroso.
Lo que no co-nozco es qué signos se les haya ocurrido para el lenguaje
cinestésico o mímico y para el fónico o articulado.
Sin embargo, las feministas no siempre son congruentes con sus excéntricas normas gramaticales. A muchas profesionales no les gusta que las llamen licenciadas, ingenieras, psicólogas, sino que prefieren la forma masculina. Lo mismo sucede con la voz “poetisa”, pues se sienten ofendidas si se les llama de ese modo, como si dicho concepto tuviera un significado peyorativo. En su lugar exigen el uso del masculino poeta, como si por llamarse poetisas sus poemas fueran de menor calidad estética que los de los hombres.
*Columnista de El Diario de Hoy. carlossb48@latinmail.com
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