| Carlos
Sandoval*
El Diario de Hoy
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“Después de la caída del Muro de Berlín en
1989 y de la desintegración de la URSS y de las democracias populares
del este en 1991, parecía obvia la muerte ---con más descrédito
que gloria--- del marxismo.
Parecía también que el socialismo real ---creado en la mente
de Carlos Marx--- había cavado su propia sepultura al fracasar
como sistema de organización y forma de Estado. Lo contrario, irónicamente,
de lo que había pronosticado Marx al decir que el capitalismo tenía
sus días contados de acuerdo a las leyes dialécticas de
la historia.
Ahora, en cambio, me parece inexcusable ignorar El Capital si se quiere
entender los problemas sociales, económicos y políticos
de la época. A pesar de que el mamotreto económico ha sido
deshonrado por la praxis ---el criterio de verdad del materialismo dialéctico---,
y de que la utopía comunista ha quedado congelada en el refrigerador
de la historia, no deja de ser sorprendente que el marxismo todavía
corra a todo galope el mundo, dejando polvos de convulsiones y odio. No
se trata de suposiciones, sino de hechos.
El fenómeno es inquietante y llamativo porque pareciera que hay
un “genio maligno” tratando de pervertir el desarrollo lógico
de la historia. No es un juego o fantasía superflua, sino una manera
radical de plantear el problema gnoseológico de la relación
entre la conciencia y la realidad o de la posibilidad de la historia como
ciencia, de la misma manera que lo hizo Descartes en el Siglo XVII, con
la duda metódica para explicar la situación real, histórica
de su época. ¿Debo de creer yo en las leyes del materialismo
histórico cuando la praxis no las ha avalado? ¿No es sensato
que dude de los paraísos terrenales cuando la realidad ha puesto
en evidencia los gulag , el atraso y la miseria?
Antes del colapso del materialismo histórico, la alternativa comunista
parecía apetitosa y plausible; pero ahora ya no, pues ha dejado
al descubierto su rostro monstruoso y crapuloso. No hay un solo partido,
en la actualidad, que ofrezca el sistema comunista como lo hizo Marx en
el Siglo XIX. Tampoco hay alguien, hasta el momento, que se haya propuesto
escribir la segunda parte de El Manifiesto Comunista o redacte El Nuevo
Capital. Sería una ingenuidad o una locura. El modelo económico
socialista ya no es ningún atractivo ni para los países
subdesarrollados ni, mucho menos, para los desarrollados.
Por otra parte, si la realidad es cambiante, ¿por qué no
van a cambiar las ideas? El propio Marx escribió, en El Manifiesto
Comunista, que las transformaciones sociales traen aparejadas las transformaciones
de las ideas. O dicho de otra manera: la aniquilación de las antiguas
condiciones de vida arrastra consigo, irremediablemente, la aniquilación
de las antiguas ideas.
¿Por qué entonces las ideas del Siglo XIX pueden seguir
vigentes en el Siglo XXI, cuando las condiciones sociales, económicas
y políticas son sustancialmente distintas? La teoría marxista
se elaboró para explicar la crisis del capitalismo del Siglo XIX.
Y si la misma teoría se quiere que siga siendo válida en
el Siglo XXI, significaría que existe la verdad eterna, en contra
de lo que sostenía el propio Marx, bajo la influencia decisiva
de Hegel.
Para desenredar esos dos mundos de la apariencia y de lo real, está
la ciencia y la filosofía. Ignacio Ellacuría expuso, en
el artículo titulado: “Filosofía, ¿para qué?”,
inspirado parcialmente en Marx, que si la realidad se hiciera patente,
no habría necesidad ni de la especulación filosófica
ni de la experimentación científica. No se investiga y se
hace ciencia gratuitamente, sino porque la realidad se oculta. A través
de la filosofía quiere “develar el ser”, quitarle el
velo a la realidad para que surja la verdad, según Heidegger; pues
el hombre no puede vivir en el mundo de las apariencias, sino que aspira
a vivir con seguridad y certeza. La verdad es consustancial a la existencia
humana. Y si le teme a la verdad, como los prisioneros de la caverna de
Platón, es porque el sistema lo ha troquelado.
Además, me parece también curioso que, a pesar de la vejez
de la doctrina marxiana, no haya surgido todavía una corriente
neomarxista para tratar de revivirla, como ha sucedido en la historia
del pensamiento. Al caducar el realismo de Aristóteles en la antigüedad,
surge posteriormente el neoaristotelismo; al envejecer el idealismo de
Descartes en el Renacimiento, aflora el neocartesianismo y al colapsar
la filosofía de Hegel en la Edad Moderna, aparece el neohegelianismo.
Sólo Marx se ha quedado sin herederos.
No obstante, pues, que la doctrina marxista está desacreditada,
la gente anhela, con atolondrada candidez, un paraíso terrenal.
¿No será que un “genio maligno” anda galopando
para destruir las democracias liberales y hacernos volver a los estados
megalómanos y totalitarios?
*Colaborador de El Diario de Hoy. carlossb48@latinmail.com
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