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"El SIDA no mata, la discriminación
SÍ"
Mari hace todo lo que puede para aguantar
su doble pena: está enferma por el virus e infectó a su
hijo Toto cuando éste nació. Eso le duele en el alma, además
de que otros le aparten por su mal.
Publicada 14 de noviembre 2005 ,
El Diario de Hoy
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El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Mari y su hijo Toto viven, a su modo, una verdadera tragedia personal.
Ella está infectada con el Sida.
El pequeño de cuatro años también. Ella es consciente
de eso. Él no, envuelto por la inocencia y su pequeñez.
Mari es la única madre, de los trece niños que viven en
el hogar Mensajeros de la Paz, que visita a su hijo Toto. A pesar sus
desgracias y pobreza , jamás lo abandonó.
Mari llevó a Toto a ese hogar cuando casi cumplía los dos
años. Ella era madre soltera y sus condiciones económicas
no le permitían cuidarle.
Una tarde, todos los pequños dormían la siesta alrededor
de la "Tía Carmen", como acostumbran hacer. Pero, muy
cerca del grupo, Mari abrazaba a su pequeño Toto quien se resistía
a dormir. La misma alegría de ver a su mamá lo contagiaba
de un dinamismo excepcional.
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Mari deja su casa y llega al hogar Mensajeros de la Paz para pasar el
día junto a su hijo, donde se siente querida y respetada. Tanto
que a las enfermeras que cuidan a los niños las considera parte
de su familia.
El saber que padece de Sida es uno de sus males, pero el mayor es sentir
cómo la gente la discrmina.
Por eso, lo único que hace es refugiarse en su hogar donde, en
medio de la soledad, se acepta a sí misma.
Ella asegura que todavía no siente los efectos físicos del
virus. Los efectos sociales de la discriminación los percibe desde
hace mucho tiempo.
El golpe es más duro para ella porque sabe que su hijo Toto fue
infectado por ella misma durante el parto.
Pero ellos, a diferencia de otros que han sido abandonados, siguen juntos
en el amor y en el dolor.

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