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Los 13 mensajeros

Aceptación. En una casa de cuatro aposentos, 13 niños contagiados de VIH/Sida luchan por sus vidas. Todos ellos fueron infectados por sus madres. También fueron abandonados por ellas, a excepción de uno, a quien visitan una vez a la semana.

Publicada 14 de noviembre 2005 , El Diario de Hoy

Compañero. Un tanque de oxígeno vigila los sueños de Ruba. Los problemas respiratorios del pequeño le obligan al uso del aparato para dormir en paz. Foto EDH

Fotorreportaje: Lissette Lemus / Diseño: Juan Durán
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Ruba es un niño de sólo ocho años, con cara redonda y dulce, que convierte sus visitas diarias al kindergarten en pasión y alegría.

Cuando amanece, sus pequeños ojos liberan una extraña exaltación porque sabe que irá a correr, a jugar, y a liberar sus mejores destrezas, en un lugar afuera de su hogar. Eso lo hace sentir bien.

Las noches, sin embargo, son distintas para él. Conforme crece con el tiempo, entiende, más y más, que, antes de acostarse, debe hacer algo diferente a otros niños.

Antes de irse a la cama en su habitación del Hogar Mensajeros de la Paz, prepara un pequeño equipo de respiración artificial al que se conecta, durante horas. Sin él, no puede dormir tranquilo.

"Es que tengo un gato en el pecho", dice Ruba, con infinita inocencia, cuando habla de su dependencia del equipo respiratorio.

Pero, quizá por ese "gato", por la fragilidad de su salud, porque está rodeado de medicamentos, por no se sabe cuántas cosas, Ruba tiene una meta "cuando sea grande": quiere ser médico para atender a los niños enfermos "como yo", dice con franqueza.

Alimentacion. Cada uno de los niños toma su silla para esperar su comida o refrigerio en "la periquera", el comedor de los internos del hogar. Foto EDH

Ruba sabe muy bien que está enfermo. Sabe que no puede tener una conducta normal como la de otros pequeños. Llegó a ese hogar sustituto cuando tenía cinco años y ocho meses. Y aunque todavía su origen es como un vidrio empañado para él, un cristal turbio por el que no puede mirar bien, aún no es plenamente consciente que carga con un doble dolor, y que, si no hubiese sido por el abultadísimo amor que le dan las "tías" del hogar, estaría en el sótano de la vida.

El chico está contagiado del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (Sida). Y , como si eso fuera poco, su madre lo abandonó hace mucho tiempo.

Pero Ruba es un niño verdaderamente ejemplar a pesar de que lleve un "gato" en el pecho porque su enfermedad le ha deteriorado su pequeño aparato respiratorio.
Ruba canta. A Ruba le gusta llamar la atención. Dibuja. Ve televisión.

GENEROSIDAD. Mauri y Katerin pelean por un triciclo, pero al final toman la decisión de compartirlo. Foto EDH

Baila. Quien crea que vive un infierno personal, se equivoca. Parece que Dios lo lleva de la mano y que jamás se la va a soltar.

Come de todo, pero sobre especialmente le encantan el pollo y la pizza. Y no le teme a nada más que a los fantasmas que mira en la televisión.

Ruba es uno de los doce niños con los que nació el hogar sustituto creado y financiado por la asociación española Mensajeros de la Paz. El lugar está ubicado en San Martín.

La mitad de los pequeños que recibió el día de su inicio está contagiada de VIH-Sida porque sus padres lo llevaban en la sangre. La otra mitad llegó con la misma sospecha, por el sello de sus papás, aunque la naturaleza humana impidió que desarrollaran la enfermedad, según lo demuestran toda suerte de exámenes médicos.

SIESTA. Las tardes son para dormir. "Tía Carmen" se dedica a hacer cariñitos a los niños, mientras cada uno va conciliando el sueño. Foto EDH

Cuando a Ruba le llegó la edad para ir al kindergarten, una de las enfermeras que lo cuidan, quienes para él no son más que sus queridas "tías", buscó un centro de enseñanza cercano para que el niño pudiese acercarse a sus primeros conocimientos, un lugar donde pudiera iniciar su aprendizaje.

Por eso, cada mañana Ruba amanece feliz, sobre todo cuando una de las "tías" lo lleva al kindergarten mientras él lucha contra el "gato" que lleva en el pecho.

Sin regreso

Uno de los tantos días calurosos en San Martín, la vida de seis de los doce niños cambió. Aunque nacieron en vientres de madres contagiadas, ellos no desarrollaron el virus. Los otros seis, sí lo llevan consigo.

Juguetones. Robert y Toto disfrutan de la "lucha libre" antes de ir a la cama. Foto EDH

Los casos se analizaron. Se estableció que no era conveniente que convivieran en un hogar destinado para niños con VIH. Sobre todo porque ese centro fue construido para pequeños que sí llevan consigo el virus y sus tratamientos médicos siempre serán diferentes al que reciben los que no sufren esa enfermedad.

El día de la separación, todas las "tías" hacían esfuerzos por esconder su amargura; pero, a las diez de la mañana, los seis niños que habían dado "negativo" a las pruebas subieron a un microbús. Creían que solamente darían un paseo. Por lo menos así se les dijo para que el golpe fuera menos fuerte.

Las mujeres que los cuidaban los abrazaban. Lloraban junto a ellos. Sabían que no los volverían a ver. Todos ellos pasarían bajo el cuidado de una institución estatal. Ése era el destino. Ésas eran las instrucciones.

Esa mañana, Carlos, Argui, Vladi, Mauri, Robert y Camilo fueron llevados a otro hogar de niños abandonados por sus padres.

Carlitos llegó a Mensajeros de la Paz a los diecinueve días de haber nacido. Se fue del lugar con casi dos años de edad. Argui llegó con cuatro meses. Se marchó a los dos años y medio.

Capricho. Aunque hay variedad de juguetes en el hogar, siempre existe uno preferido en común para los niños. Foto EDH

Vladi, con sus ojos tristes y que siempre estaba un paso atrás que los demás, se fue con tres años de edad.

A ellos se juntaron Mauri, el "orador" del grupo, ya que siempre opinaba sobre la comida; Robert, el amante de Bob Esponja, y Cami, el más obediente de todos y cuya pasión es pintar.

Todos ellos pasaron tanto tiempo junto a las "tías" que, al separarles de ellas, les rompieron el corazón.

Los que se quedaron

El hogar Mensajeros de la Paz se aloja en una casa blanca en la que hay cuatro grandes cuartos. En todos ellos, menos en uno, se distribuyeron camas y cunas para los pequeños.

Las habitaciones están bordeadas de pasillos grandes y, afuera, hay una piscina que los niños usan solamente durante el verano.

En esa residencia se respira una enorme tranquilidad, a pesar de que sus principales habitantes son niños bulliciosos. Está rodeada de árboles y sus paredes están adornadas con enormes afiches de figuras que llaman la atención de los niños, con personajes como la Sirenita y Piolín.

Lucha. A pesar de todo, ninguno de esos niños está en el sótano de la vida. sobreviven con una gran dosis de amor y cariño de las "tías". Foto EDH

Más allá, se encuentra un comedor con veinte sillas pintadas con colores fuertes. Los niños llaman a ese comedor la "periquera", aunque no se sabe por qué.

Cerca de allí, en un patio de tamaño respetable, los niños tienen columpios y otros juegos con los que pueden divertirse.

El día de la separación, los pequeños que se quedaron estuvieron tristes y callaron durante casi toda la tarde. Era obvio que les faltaba algo.

De todos los que se quedaron, quizá la que más resintió la ausencia fue Lily, quien llegó a ese lugar a los 21 días de nacer. La abandonaron en el hospital de maternidad y de ahí la enviaron al hogar.

Lily es una niña callada, pero traviesa. Ella era la más cercana amiga de Carlitos, uno de los que se marchó. Comían juntos. Se abrazaban. Se besaban. Y aunque ahora tiene sólo dos años, ella fue la que más extrañó a su amigo Carlitos a quien, posiblemente, nunca volverá a ver.

Asistencia. Camilo es atendido en la clínica del hogar por un rasguño en la mano. La unidad está preparada para ofrecer primeros auxilios a los menores. Foto EDH

Alexis es otro de los niños que se quedaron ahí, luchando contra el VIH/Sida. Todos le llaman "pollito" porque se ganó una buena fama de bailar y dramatizar la canción del mismo nombre. Llegó a los cuatro meses y ahora tiene cuatro años.

Delmy es otra niña que le partiría el alma a cualquiera: además de ser seropositiva, sufre de parálisis cerebral. A sus ocho años, no puede hablar.

Con la ayuda de algunas terapias que recibe en el Instituto Salvadoreño de Rehabilitación de Inválidos, puede ejercer algunos movimientos en las extremidades.

"Toto" llegó con dos años. Ahora tiene cuatro. Es listo, inteligente, aunque callado. Aunque todavía no va siquiera al kindergarten, sabe contar hasta diez, conoce los días de la semana y descubre los colores básicos. Él es el único que recibe la visita de su madre, al menos una vez por semana.

Adonay no está contagiado del virus de inmunodeficiencia. Pero no se marchó con los otros "negativos" porque padece de parálisis cerebral y de un síndrome convulsivo. Es, de todos los pequeños que habitan ese hogar, uno de los que más necesita de cuidados especiales.

Medicamentos. "Tía Sugey" prepara una jeringa oral para facilitar la ingesta de las medicinas. Foto EDH

No tiene movimiento y siempre permanece acostado. No puede alimentarse por sí mismo. Está siendo atendido con terapias.

Quienes manejan el hogar, esperan encontrar un lugar apropiado para él, donde puedan cuidarlo permanentemente, para trasladarlo allí.

Otros inquilinos

La familia de los Mensajeros de la Paz, volvió a llenar sus espacios no hace mucho tiempo.

Después de varios meses de espera, siete nuevas niñas portadoras del virus llegaron al lugar. Venían de otro sitio adonde atienden a menores con VIH.

Dependencia. Ruba dice que tiene un "gato" en el pecho. duerme con un respirador para resistir la noche. Foto EDH

Karla, Brenda, Katerin, Margori, Rebeca, Andrea y Carolina, todas ellas con edades entre dos meses y cuatro años, son las nuevas inquilinas a quienes protegen las "tías".

Cuando se encontraron con los otros niños, se cruzaron miradas de extrañeza, se prestaron sus juguetes, y después, en muy poco tiempo, todo se transformó en una nueva alegría.

Lily fue la más cortés de todos los niños anfitriones. Tomó de las manos a una de sus nuevas hermanas y le mostró el hogar. Después de aquello, y de algunos celos injustificados, el hogar Mensajeros de la Paz ha vuelto a la normalidad.

Ahora, en el recinto se cuida a trece niños y la actividad, de día y de noche, no cesa.

Naturaleza

Odontología. Los niños son trasladados a otras unidades de salud cuando lo requieren. En la imagen, Ruba en el Hospital Bloom.Foto EDH

Todos los niños, como ellos, que nacen de una madre seropositiva están expuestos, pero no necesariamente desarrollan, el virus en su cuerpo.

En la mayoría de los casos de los niños que son infectados, las madres no han recibido control prenatal.

Los problemas abundan cuando las madres no informan a los médicos, a la hora del alumbramiento, sobre el padecimiento y por eso se les permite dar a luz mediante un parto vaginal.

Lo mejor es conocer la situación de la madre antes del alumbramiento y realizar un parto por cesárea para disminuir el riesgo de contagio.

Sociedad. Los niños viven agrupados bajo la mirada de personas que saben que la mejor cura para ellos es el amor. se tratan como verdaderos hermanos. son una sola familia. Foto EDH

Las posibilidades de que el niño no desarrolle el virus dependen del tratamiento que la madre recibe desde las 12 semanas de embarazo.

La transmisión del virus de madre a hijo se llama "transmisión vertical" y se produce en tres niveles:

1. Transmisión prenatal: ocurre porque el VIH es capaz de atravesar la placenta e infectar el feto. Eso puede ocurrir a partir de la octava semana de gestación.

2. Transmisión perinatal: el recién nacido es capaz de infectarse al final de la gestación y en el parto. El mecanismo de esa infección es que se produce a través de las secreciones vaginales o por medio de la sangre infectada de la madre. Esto se favorece con las contracciones uterinas previas al alumbramiento.

Diversión. Menores seropositivos y "negativos" comparten una excursión a La Libertad. El esparcimiento es vital para el desarrollo y la salud de todos los pequeños. Foto EDH

3. Transmisión postnatal: Al igual que otros virus, el VIH es capaz de excretarse por medio de la leche materna e infectar al niño. Por eso es que se desaconseja la lactancia materna a las madres contagiadas con el VIH/Sida.

Una vez que se produce el contagio, la infección por VIH en niños se produce más rápidamente en niños que en adultos. Esto ocurre por la inmadurez del sistema inmune del recién nacido y lactante.

El diagnóstico del Virus de Inmunodeficiencia Adquirida se realiza, como media, a los doce meses.

La historia personal de cada uno de los trece niños que están alojados en el Hogar Mensajeros de Paz puede haberse originado en cualquiera de esos tramos, pero en la mayoría de casos se produjo a través de la transmisión perinatal.

Pero, además de con costosos e imprescindibles medicamentos, todos concluyen que la mejor forma de hacer llevadera la vida de esos niños es con el amor.

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El mismo que encuentran con abundancia donde se encuentran hoy. Y la felicidad puede ser tan sencilla para ellos como comerse un plato de papas fritas, un pedazo de pollo o salir de paseo.

Los datos de las Naciones Unidas son espeluznantes; unos mil 400 menores de 15 años mueren de sida, al día, en el mundo.

A nivel mundial, hay 2.1 millones de niños menores de 15 años enfermos de ese mal.

Ruba, y sus doce hermanos son algunos de aquellos, que siempre habrán de tomar retrovirales que les ayuden a luchar contra el "gato" y otros "animales" que les roen por dentro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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