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Carlitos y Dorita
Una historia salvadoreña

En la historia de Carlitos y Dora, como en los buenos cuentos, el amor triunfa sobre el odio, el bien se impone al mal. Pero la historia aún no ha terminado porque Carlos todavía tiene que escribir el final

Publicada 12 de noviembre 2005, El Diario de Hoy


Jorge Hevia Sierra*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


El Salvador 1986: un terrible terremoto ha causado graves daños en el país, azotado durante esos años por una feroz guerra civil que enfrentaba a los hijos de una misma tierra y que llevaba odio, muerte y destrucción a numerosos hogares salvadoreños. El terremoto había dañado seriamente al Hospital Bloom y forzado su traslado a una escuela cercana, donde funcionaba provisionalmente en circunstancias muy precarias. Ni siquiera tenían jabón para lavarse las manos.

A ese hospital acudía Dorita, una boliviana casada con un diplomático inglés. Durante una de sus visitas en el año 87 una enfermera le comentó el caso de un niño llamado Carlitos, una de las tantas víctimas de la guerra. Tenía 4 años y lo habían llevado al hospital con graves heridas en todo su cuerpo. Una mina /bomba --de las muchas sembradas en todo el territorio-- le había mutilado gravemente y se temía por su vida. Los médicos habían hecho varias amputaciones de emergencia, pero Carlitos necesitaba injertos con carácter urgente, pues la mina le había arrancado --además de una pierna y un brazo-- media nalga y existía el riesgo de una posible gangrena.

Cuando vio a ese niño víctima de una doble amputación, con esquirlas en todo el cuerpo y en la cara, preguntando angustiado por su madre que, extrañamente, no estaba a su lado, Dora se sintió profundamente impresionada y decidió ayudarle a superar su tragedia. Ella tenía un hijo de casi la misma edad que Carlitos. Dorita iba entonces dos veces al día al hospital y llevaba a Carlitos jugos de fruta y galletas. Al tercer día, Dorita vio a la madre del niño y la increpó por no haber estado al lado de su hijo en esos terribles momentos.

La madre, triste y compungida, le contestó: "Niña, no tenía el dinero para venir desde Zacatecoluca" "hasta hoy, cuando por fin me han prestado 10 colones". Dora se sintió muy mal, por haber regañado a la pobre madre, miembro de una familia humildísima, sin recursos para viajar y mucho menos para comprar medicinas.

A partir de aquí los acontecimientos se precipitan gracias a la intervención de numerosas personas. Dora convence a la madre para que le entregue al niño con objeto de ser tratado en un hospital norteamericano. La madre temía que se llevaran a su hijo y que le quitaran sus órganos sanos para venderlos en operaciones de transplantes. Hubo que sacar pasaportes y convencer al hospital para que prestara un médico que viajara con Carlitos. La Cruz Roja facilitó una ambulancia para llevarlo al aeropuerto.

La mujer de un Embajador consiguió cinco pasajes aéreos (tres plazas para el niño que viajaba en camilla, otra para el primo o familiar que le acompañaba y la última para un médico salvadoreño). Variety Club International pagó los gastos del hospital. Así fue como Carlitos, natural de Zacatecoluca y de 4 años de edad, llegó a un hospital de Virginia, donde le hicieron los injertos y le corrigieron las amputaciones. Poco antes de regresar, cogió el sarampión por lo que él y su primo tuvieron que quedarse una semana más en cuarentena en ese costosísimo centro. Ya en San Salvador, el Hogar Permanente de Parálisis Cerebral acogió a Carlitos y a su madre, mientras se rehabilitaba. Otra esposa de diplomático consiguió la ayuda de un fisioterapeuta de una ONG internacional para la rehabilitación del niño.

Es una historia como tantas otras de aquellos años de la guerra, cuando en El Salvador hubo 70.000 muertos y miles y miles de heridos como Carlitos. Hubo muchos como él, pero sólo unos pocos tenían la suerte de recibir atención médica a tiempo o ayuda internacional de primer nivel como sucedió con Carlitos. Una historia en la que numerosas personas han intervenido, poniendo amor allí donde previamente otros habían puesto odio y violencia. Una historia plagada de héroes anónimos.

El pasado 31 de octubre se celebró un emotivo acto en el mismo Hogar Permanente de Parálisis Cerebral que en su día acogió al niño Carlitos. Hoy el niño ha crecido y es un hombre de 22 años. Está completando sus estudios y muestra un gran interés por la informática. Ese día Carlos recibía la casa que Dora compró hace años para él y que ahora le entregaban en su nombre y ante notario un grupo de amigos de ella. En Londres, donde vive hoy (allí la conocí yo porque es tutora de mi hija de 14 años que estudia en un colegio inglés), Dorita recibía emocionada la noticia de la entrega de la donación.

En la historia de Carlitos y Dora, como en los buenos cuentos, el amor triunfa sobre el odio, el bien se impone al mal. Pero la historia aún no ha terminado porque Carlos todavía tiene que escribir el final.

*Embajador de España.

 

 

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