Carlos
Balaguer
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Se derrumbaron los viejos almacenes de turcos y españoles y la
plaza con su torre del reloj se borró de repente entre los tiempos
perdidos.
Los últimos rosales entre los arriates, con rosas de ceniza y olvido,
dejaron al fin de florecer. Sólo una mustia margarita sobre la
yerba de los grises tejados parecía decir:
"Estoy viva, aún existe la esperanza, aún existen margaritas
en los techos terribles de la urbe. Aún existe el amor sobre la
ciudad entenebrecida". Aunque después de todo se hubieran
ido los últimos tranvías.
Esos carromatos de metal sobre los rieles de hierro que cruzaban el pueblo
de norte a sur se fueron. Después vinieron los escarabajos, los
Ford, Mercedes Benz y otras máquinas del tiempo. Mágicos
artefactos que nos llevaron aterradoramente al futuro. Los mismos carros
y carretas de metal, que algún día serán también
los últimos.
Aunque la rosa en los muros de la gris alameda tenga pétalos, estambre
y aroma de ceniza. Un día más para la espera. Un día
más para morir. Un día más para volver a la vida.
En esta inmensa urbe de seres de ceniza y voces que agitan en el viento
el hollín de las chimeneas y el rumor de la turba. La turba umbría
que se quedó sin sus tranvías.
(palabrasbalaguer@gmail.com)
Día a Día
Aclarando conceptos
Es lamentable que haya tantas personas que sigan hipnotizadas con la
propaganda de la izquierda, que nos coloca teóricamente en el peor
de los mundos: uno donde los ricos son cada vez más ricos, y los
pobres, más pobres.
Por si algunos no lo saben, la idea viene de Carlos Marx, pero fue pulverizada
por Boehm-Bawerk hace más de ciento treinta años.
La experiencia es la contraria: los pobres en los países con alguna
medida de capitalismo son cada vez menos pobres, al igual que las empresas
que les sirven son cada vez más grandes y numerosas.
 |