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En su día
¡A comer pupusas este domingo!

Antropólogos, arqueólogos, historiadores, sociólogos y hasta abogados se han reunido esta semana en el MUNA para discutir en torno a la posibilidad de definir, entre otras cosas, el origen territorial de la pupusa.

Publicada 11 de noviembre 2005, El Diario de Hoy

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Cuando se supo que la Asamblea Legislativa, por unanimidad, había respaldado la propuesta de Concultura de declarar el "Día Nacional de las Pupusas", no faltó el intelectual plomizo que protestara por “semejante vulgaridad”.

"¿Cómo se te ocurre elevar a la consideración del Primer Órgano del Estado un proyecto de decreto tan ordinario?”, me escribió un académico indignado. "¿Cómo es posible que se incluya a la pupusa en el calendario de celebraciones nacionales y no se haga lo mismo con otras expresiones culturales de mayor categoría?".

Francamente sorprendido por la miope lectura que este intelectual hacía de nuestro proyecto, decidí que fueran el tiempo y las circunstancias que contestaran a sus furibundas interrogantes. Y el tiempo y las circunstancias han respondido, empujados por algo que la academia a veces no registra en sus radares, pero que constituye el verdadero resorte del desarrollo cultural de un pueblo: la espontánea adhesión de ese pueblo a sus tradiciones.

La pupusa es mucho más que una expresión cultural determinada por nuestros patrones culinarios. Si fuera sólo eso, las pupuserías que se abarrotan de comensales en la cosmopolita Nueva York, la exquisita Sydney o la renacentista Florencia serían un accidente estadístico en lugar de ser lo que ahora son: un seductor hallazgo antropológico.

En varias ocasiones me he animado a sostener que no existe en El Salvador una expresión cultural sometida a más despiadada competencia foránea que la pupusa.

Piénselo usted mismo, amigo lector, y se dará cuenta. Hamburguesas, tacos, donas, hot dogs, pizza, comida china, sushi. En cualquiera de nuestras principales ciudades encontrará usted locales, repletos de clientes, con apetitosas ofertas de cocina extranjera. Y debemos alegrarnos, porque eso significa que el mercado global nos ha permitido a los salvadoreños diversificar nuestro apetito.

Pero me pregunto yo: ¿Esta abundante diversidad culinaria ha implicado dramáticas disminuciones en el índice de consumo de los platillos nacionales? ¿Acaso los salvadoreños hemos "refinado" tanto nuestros gustos que ya la pupusa nos parece una extravagancia exótica o, al tenor de la arrogancia intelectual, una absoluta vulgaridad?

Un reciente estudio de la Cámara Salvadoreña de Empresas Consultoras, CAMSEC, señala todo lo contrario. A sabiendas que un abrumador 75% de la población gasta más en comida que en otros menesteres cada fin de semana, resulta que al menos 3.2 millones de dólares circulan, entre sábado y domingo, gracias al masivo consumo de nuestros platillos típicos.

En otras palabras, incluso por encima de sus características gastronómicas, la pupusa es un manjar criollo que pone a prueba tanto nuestra entereza cultural como nuestros paladares. Y por el éxito que están cosechando en otras naciones, esas masas de maíz que tanto saboreamos también nos están señalando el camino que debemos seguir para aprovechar la globalización, ya no desde una limitada óptica econométrica, sino desde una perspectiva que incluye a la cultura como efectiva estrategia económica.

Este domingo, cuando en la mayoría de municipios del país celebremos el Día Nacional de las Pupusas, recordemos que eso que llamamos cultura nacional se nutre de todos los valores y símbolos que conforman, para bien o para mal, la suma de nuestras múltiples identidades. Al final de la jornada no importa cuántos de nosotros elegiríamos una pupusa con curtido antes que un surtido menú francés, sino cuántos de nosotros podríamos negar, con otra cosa que no sea velado desprecio a la cultura popular, la fuerza unificadora que alienta el reconocimiento al más importante símbolo de nuestra identidad culinaria.

Antropólogos, arqueólogos, historiadores, sociólogos y hasta abogados se han reunido esta semana en el MUNA para discutir en torno a la posibilidad de definir, entre otras cosas, el origen territorial de la pupusa. Y aunque lo más seguro es que no logren ponerse de acuerdo, el sustento científico que respalda una celebración nacional tan sui generis no se basa en esa u otra especificidad, sino en aquello que los salvadoreños tenemos clarísimo desde hace tiempo: que la pupusa se merece un estatus cultural y que nosotros hemos sido el único país en otorgárselo.

*Presidente de Concultura.

 

 

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