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Breve Análisis
La división económica de Iraq

Nosotros los iraquíes también hemos aprendido que el poder no debe estar concentrado en unas cuantas manos y que establecer la justicia exige luchar contra la corrupción en todas sus formas

Publicada 10 de noviembre 2005, El Diario de Hoy

Amal Kashf Al-Ghitta*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Quienes miran a Iraq ven una nación dividida entre comunidades chiitas, sunnitas y kurdas. Pero la creciente brecha entre los ricos y los pobres en Iraq es una división igualmente fundamental, que ha contribuido a la insurrección continua tanto como las luchas sectarias y la oposición a la ocupación encabezada por por Estados Unidos.

Cuando Iraq fue liberado, la mayoría de la gente, sobre todo los pobres, comenzó a tener esperanzas de que llegara un líder carismático que los rescatara de la amarga realidad de la vida cotidiana. Al haberse criado con temor, no tenían idea de cómo podría aplicarse la democracia a su sociedad y de qué manera podrían ayudar los grupos defensores de los derechos humanos y otras organizaciones cívicas a conformar el futuro.

Muy pronto Iraq se enfrentó a una nueva división social. De un lado estaban las personas que comprendían cómo funcionar en una democracia, cómo alcanzar el poder y cumplir sus ambiciones. Aprendieron a hablar el idioma de la democracia y en el proceso obtuvieron dinero e influencia y reclutaron a organizaciones independientes para defender sus derechos y privilegios.

Sin embargo, del otro lado queda la enorme población de iraquíes sin poder, incluyendo a las viudas y las mujeres divorciadas y abandonadas

Durante el régimen de Sadam no se hicieron esfuerzos para elevar los niveles de vida de los pobres. He visitado los extensos barrios bajos de Iraq y he encontrado familias que viven en casas que apenas tienen techo, que están infestadas de insectos y a las que se les cuelan aguas negras por debajo de las puertas. De día y de noche viven a oscuras.

Estas familias, que no necesitan más que alimentos, una vivienda decente y la posibilidad de tener un empleo, esperan la muerte oyendo los gritos de sus hijos que se mueren de hambre.

Cuando me reuní con las mujeres que viven en esas casas, me inundaron con preguntas: ¿Acaso la democracia nos dará alimentos y viviendas? ¿Evitará que los hombres golpeen a sus esposas? ¿Le dará la ciudadanía a nuestros hijos? ¿Nos dará el derecho de divorciarnos de los maridos que nos abandonan?

Mi respuesta a todas esas preguntas fue "sí". Sí, la democracia les dará el derecho de vivir en una casa decente, de aprender y trabajar y le dará la ciudadanía a sus hijos y las hará iguales a los hombres. Aunque las condiciones actuales de Iraq llevan a muchos jóvenes a la violencia, estoy convencida de que lo único que hay que hacer para salvarlos es darles empleos y viviendas decentes.

Los empleos ayudarán a los jóvenes a crear nuevas vidas mediante un trabajo serio. No debemos utilizar empleos donde no se trabaja para disfrazar un ejército de desempleados. Debemos darle a la gente empleos que les permitan contribuir a la reconstrucción del país.

Los grupos religiosos están dispuestos a contribuir a ese proceso. Asimismo, podemos rehabilitar a los tecnócratas que trabajaron en el gobierno de Sadam de forma que ellos también tengan la oportunidad de servir a su país. Por último, pero no por ello menos importante, debemos facilitar créditos a las familias para ayudarles a construir una vida respetable.

Pero nosotros los iraquíes también hemos aprendido que el poder no debe estar concentrado en unas cuantas manos y que establecer la justicia exige luchar contra la corrupción en todas sus formas. Para que la Constitución funcione como garantía de democracia, libertad y seguridad, los iraquíes pobres deben aprender a hacer suya esa lucha.

Copyright: Project Syndicate. *Miembro de la Asamblea Nacional Iraquí.

 

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