| Luis
Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy
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Cuando reflexionamos sobre la administración de la cosa pública,
nos damos cuenta que en la mayoría de instituciones estatales,
sean éstas parte del Organo Ejecutivo, el Legislativo o el Judicial,
una gran parte de los empleados y funcionarios públicos ostentan
la profesión de abogados.
Esta realidad es fácilmente comprobable. Minis-tros, presidentes
de instituciones autónomas, diputados, asesores, directores de
departamentos y por supuesto, jueces, secretarios y magistrados dentro
del Organo Judicial, resultan ser abogados, estudiantes de derecho, o
egresados de la misma. Nada menos los dos nuevos entes reguladores, la
Defensoría de Protección al Consumidor y la Superintenden-cia
de Competencia, tendrán muy probablemente como titulares de las
mismas a juristas, cuya dedicación será a tiempo completo.
Esta combinación del derecho con la función pública
debería ser considerada como una ventaja para el Estado y sobre
todo para los administrados. Nuestro conocimiento del ordenamiento jurídico
nos debería obligar, no sólo a respetar los derechos de
los contribuyentes, sino también a asesorar debidamente a los titulares
de las distintas instituciones para las cuales laboramos. Para ello la
ética es fundamental, pues sólo si actuamos con rectitud
podremos aplicar el derecho como se debe: sin ideologías, pues
no estamos al servicio de un partido político cuando se trabaja
en el Estado, sino al servicio de los ciudadanos.
Sin embargo no basta con conocer la ley, se debe ir más allá;
cuando se está dentro del quehacer político y se es abogado,
se tienen dos opciones: o sucumbir ante la politiquería, o asesorar
conforme al “deber ser”. Esto último debería
constituir la opción más frecuente y para ello los abogados
que temporalmente servimos al Estado, debemos prepararnos, combinando
nuestro conocimiento del derecho con otras ramas del saber.
Me impresionó mucho encontrarme hace unos días, justo antes
de recibir un título por la culminación de estudios de postgrado
en una universidad privada, a un ex alumno de mis años de cátedra,
quien ante la consulta de si había continuado estudiando, me respondió
que era innecesario pues en nuestro país lo que valen son las amistades
y los “conectes”; vaya equivocado que está mi buen
amigo, pues hoy día, las exigencias académicas al aplicar
a un trabajo, cada vez son más grandes, sobre todo en el ámbito
empresarial, lo cual se está trasladando poco a poco a la esfera
gubernamental.
Yo escogí el camino del Derecho y no he tenido más que satisfacciones
en esta profesión. También se han presentado los sin sabores,
pero esos fortalecen y sirven de incentivo para seguir adelante. Por lo
demás, la vida me ha permitido profundizar en mi carrera; ya he
comentado en otras ocasiones la experiencia, que como muchos otros colegas,
tuve en España conociendo la especialización del Derecho
Empresarial.
Recuerdo claramente las palabras del Rector cuando finalizamos nuestro
postgrado: "Viajad a vuestros países y ayudad a generar riqueza
y empleo; sólo con ello lograréis derribar la pobreza y
la desigualdad. Seguid adelante, sin mirar atrás, sólo para
el futuro, sin rencores, sin temores, siempre optimistas, fortaleciendo
vuestra carrera, vuestro país, vuestra familia y vuestra ética".
Pero también he incursionado en el Estado; ahora nos toca servir
a la patria y apoyar a los gobernantes de turno. Para eso decidí
conocer la política, pero no la de la calle, sino la de las aulas.
No puedo negar que la decisión fue la mejor; la combinación
del Derecho y la función pública, donde necesariamente la
política es un ingrediente obligatorio, fortalece el espíritu
y permite retribuir a la patria algo de lo mucho que ella nos ha dado.
Recién hace una semana culminé dos años y medio de
estudio y tuve la oportunidad de escuchar otro discurso en el acto de
graduación. Estas son oportunidades donde los rectores, máximas
autoridades de los claustros académicos, deberían aprovechar
para inyectar optimismo y no rencor; son momentos para la reflexión,
para el buen consejo, para la palabra sabia que orienta el camino y permite
a la juventud seguir adelante. Creo que todo eso estuvo ausente.
Sin embargo un alumno salvó la tarde: utilizando las palabras del
Papa Juan Pablo II cuando vino a El Salvador, invitando a que fuéramos
artesanos de la paz, ese graduando de la Maestría en Administración
dijo que fuéramos artesanos del desarrollo. Esa es nuestra obligación:
Construir un mejor país, pero no a base del odio y el resentimiento;
el futuro no está ahí; el futuro está en los valores,
en el trabajo, en la libertad, don sagrado que nos permite decidir y triunfar.
Estoy plenamente satisfecho de los estudios de postgrado que me dio esta
universidad e invito a otros jóvenes a superarse e involucrarse
en el estudio de la política; pero no creo que recordar lo errores
de la guerra y hacer apreciaciones personales a través de las cuales
se considera que el país está enormemente retrasado en todas
las áreas, sea el mejor banderillazo de salida para los nuevos
profesionales.
*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos
de la Presidencia de la República.
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