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Conversando sobre política
Abogacía y política

Esta combinación del derecho con la función pública debería ser considerada como una ventaja para el Estado y sobre todo para los administrados.

Publicada 9 de noviembre 2005, El Diario de Hoy

Luis Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Cuando reflexionamos sobre la administración de la cosa pública, nos damos cuenta que en la mayoría de instituciones estatales, sean éstas parte del Organo Ejecutivo, el Legislativo o el Judicial, una gran parte de los empleados y funcionarios públicos ostentan la profesión de abogados.

Esta realidad es fácilmente comprobable. Minis-tros, presidentes de instituciones autónomas, diputados, asesores, directores de departamentos y por supuesto, jueces, secretarios y magistrados dentro del Organo Judicial, resultan ser abogados, estudiantes de derecho, o egresados de la misma. Nada menos los dos nuevos entes reguladores, la Defensoría de Protección al Consumidor y la Superintenden-cia de Competencia, tendrán muy probablemente como titulares de las mismas a juristas, cuya dedicación será a tiempo completo.

Esta combinación del derecho con la función pública debería ser considerada como una ventaja para el Estado y sobre todo para los administrados. Nuestro conocimiento del ordenamiento jurídico nos debería obligar, no sólo a respetar los derechos de los contribuyentes, sino también a asesorar debidamente a los titulares de las distintas instituciones para las cuales laboramos. Para ello la ética es fundamental, pues sólo si actuamos con rectitud podremos aplicar el derecho como se debe: sin ideologías, pues no estamos al servicio de un partido político cuando se trabaja en el Estado, sino al servicio de los ciudadanos.

Sin embargo no basta con conocer la ley, se debe ir más allá; cuando se está dentro del quehacer político y se es abogado, se tienen dos opciones: o sucumbir ante la politiquería, o asesorar conforme al “deber ser”. Esto último debería constituir la opción más frecuente y para ello los abogados que temporalmente servimos al Estado, debemos prepararnos, combinando nuestro conocimiento del derecho con otras ramas del saber.

Me impresionó mucho encontrarme hace unos días, justo antes de recibir un título por la culminación de estudios de postgrado en una universidad privada, a un ex alumno de mis años de cátedra, quien ante la consulta de si había continuado estudiando, me respondió que era innecesario pues en nuestro país lo que valen son las amistades y los “conectes”; vaya equivocado que está mi buen amigo, pues hoy día, las exigencias académicas al aplicar a un trabajo, cada vez son más grandes, sobre todo en el ámbito empresarial, lo cual se está trasladando poco a poco a la esfera gubernamental.

Yo escogí el camino del Derecho y no he tenido más que satisfacciones en esta profesión. También se han presentado los sin sabores, pero esos fortalecen y sirven de incentivo para seguir adelante. Por lo demás, la vida me ha permitido profundizar en mi carrera; ya he comentado en otras ocasiones la experiencia, que como muchos otros colegas, tuve en España conociendo la especialización del Derecho Empresarial.

Recuerdo claramente las palabras del Rector cuando finalizamos nuestro postgrado: "Viajad a vuestros países y ayudad a generar riqueza y empleo; sólo con ello lograréis derribar la pobreza y la desigualdad. Seguid adelante, sin mirar atrás, sólo para el futuro, sin rencores, sin temores, siempre optimistas, fortaleciendo vuestra carrera, vuestro país, vuestra familia y vuestra ética".

Pero también he incursionado en el Estado; ahora nos toca servir a la patria y apoyar a los gobernantes de turno. Para eso decidí conocer la política, pero no la de la calle, sino la de las aulas. No puedo negar que la decisión fue la mejor; la combinación del Derecho y la función pública, donde necesariamente la política es un ingrediente obligatorio, fortalece el espíritu y permite retribuir a la patria algo de lo mucho que ella nos ha dado.

Recién hace una semana culminé dos años y medio de estudio y tuve la oportunidad de escuchar otro discurso en el acto de graduación. Estas son oportunidades donde los rectores, máximas autoridades de los claustros académicos, deberían aprovechar para inyectar optimismo y no rencor; son momentos para la reflexión, para el buen consejo, para la palabra sabia que orienta el camino y permite a la juventud seguir adelante. Creo que todo eso estuvo ausente.

Sin embargo un alumno salvó la tarde: utilizando las palabras del Papa Juan Pablo II cuando vino a El Salvador, invitando a que fuéramos artesanos de la paz, ese graduando de la Maestría en Administración dijo que fuéramos artesanos del desarrollo. Esa es nuestra obligación: Construir un mejor país, pero no a base del odio y el resentimiento; el futuro no está ahí; el futuro está en los valores, en el trabajo, en la libertad, don sagrado que nos permite decidir y triunfar. Estoy plenamente satisfecho de los estudios de postgrado que me dio esta universidad e invito a otros jóvenes a superarse e involucrarse en el estudio de la política; pero no creo que recordar lo errores de la guerra y hacer apreciaciones personales a través de las cuales se considera que el país está enormemente retrasado en todas las áreas, sea el mejor banderillazo de salida para los nuevos profesionales.

*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos de la Presidencia de la República.

 

 

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