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El
Diario de Hoy
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Francia arde. De bandas anárquicas que se lanzaron a cerrar calles,
dar fuego a automóviles y negocios, interrumpir el tránsito
y atacar policías, se ha pasado a una incipiente guerra de guerrillas
que va extendiéndose a diferentes regiones. Y lo que está
sucediendo en Francia puede contagiar al resto de Europa. Los dos principales
líderes políticos franceses después del presidente,
el primer ministro Villepin y el ministro del Interior Sarkosy, coinciden
al atribuir los disturbios a narcotraficantes y fundamentalistas islámicos,
lo que en muchas partes es lo mismo.
Después de las primeras escaramuzas callejeras se necesita dinero,
mucho dinero, para pasar a un plan organizado de violencia. Hay que sostener
activistas, armar una red de células, montar refugios, establecer
sistemas de comunicación. El factor primordial, gente que se manifieste
y esté dispuesta a correr riesgos, la carne de cañón,
sobra en los guetos de norafricanos y musulmanes.
Hay una cierta justificación del descontento: negros e islamistas
viven en muy pobres condiciones y no consiguen integrarse al resto de
la sociedad francesa. Pero eso, a la vez, se debe a que los inmigrantes,
que son la mayoría de los pobladores de guetos, carecen de los
conocimientos, los niveles de escolaridad y la experiencia como para optar
a empleos más remunerativos y, con ello, mejorar su calidad de
vida. A fin de cuentas, la mayoría salió del África
porque tampoco en sus países de origen encontraba empleo bueno
y estable. El lumpen de una nación no deja de serlo al emigrar
a otra, a menos que esté preparado a ponerle muchísimas
más ganas al trabajo.
¿Cuál puede ser el remedio para sofocar esta revuelta? Lo
primero es crear conciencia en la población, de la verdadera naturaleza
del problema: no son tanto reclamos justificados, cuanto un plan concertado
de ataque a la sociedad francesa. Los revoltosos, además, están
escupiendo hacia arriba.
Lo segundo sería deportar a sus países de origen a quienes
sean capturados participando o promoviendo disturbios, sabotajes y actos
delictivos, lo que han hecho los ingleses con los predicadores musulmanes
que incitan a la “guerra santa”. Esto requeriría una
acción conjunta de todos los Estados miembros de la Comunidad Europea
para no dejar huecos en la seguridad general.
Lo advirtió el Presidente Bush
Es claro, como el plan anunciado por el gobierno francés, que
se deben hacer esfuerzos para integrar a musulmanes y africanos a la sociedad
francesa, pero también hay que prohibir el uso de velos y la aplicación
forzada de costumbres bárbaras, como dar hijas en matrimonio a
extraños. Gracias a haber prohibido velos, turbantes, casacas y
barbas, además de separar la religión del Estado, pudo Ataturk
sacar a Turquía del medioevo y plantarla en el Siglo XX.
Lo que sucede en Francia comprueba la advertencia de Bush, justificando
la intervención estadounidense en Iraq: si no se detiene el terrorismo
islamista en el Medio Oriente, es cosa de tiempo, y corto tiempo, para
que las conflagraciones tengan lugar en el Primer Mundo.
Aunque los violentos y la red del terror disponen de sustancial autonomía
en varios territorios, el aparataje se sostiene en los regímenes
y los apoyos que tiene en el mundo árabe e Irán; en El Cairo
se han descubierto evidencias de que allí se entrenan los terroristas
que luego operan en Europa.

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