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Luis
Fernández Cuervo
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Si me parece mala cosa el prosaísmo en que ha caído gran
parte de la poesía actual, también me parece malo darle
a la poesía un carácter casi -o sin casi- religioso.
El que yo haya dicho que el don poético viene -como todo don de
verdad, bondad o belleza- del Espíritu Santo, dicho además
en clave de humor, no por eso confundo, ni me gusta que otros confundan,
poesía con religión o traten entre ambos una frontera de
límites borrosos. Eso perjudica a las dos.
En todas las culturas antiguas, los primeros pasos de la poesía
se dan en himnos y cantos de tipo religioso. Pero es bueno salir de esas
vinculaciones y límites borrosos.
También el poder político en las antiguas culturas aparece
estrechamente ligado a la religión y aún subsiste esa confusión
en los gobiernos islámicos, con las consecuencias negativas que
están a la vista.
Si es bueno que política y religión -sin necesidad de enemistarse
y manteniendo los acuerdos y relaciones pertinentes- diferencien claramente
su lenguaje, sus personas y sus actividades, igualmente beneficioso es
que poesía y religión mantengan nítidas sus diferencias.
Cuando se exalta a la poesía con afirmaciones como: "Ser humano
no es suficiente, se requiere de algo más, y esa súper humanidad
sólo lo permite la poesía" o diciendo que la poesía
es "la última señal de salvación en un mundo
que colapsa", pienso que se está exagerando su papel.
Peor fue cuando se la quiso dar un carácter de "salvación"
político-revolucionaria. Eso acabó en violencia, cárceles
y asesinatos. En otra onda, Alfonso Guerra Trigueros, en su conferencia
"Poesía versus arte", aunque dice cosas muy acertadas
y profundas, después se desliza a confusiones entre poesía
y religión al afirmar que el poeta es "un hombre poseído",
un Poseído del Espíritu.
Un inspirado, según el sentido literal del vocablo. Un hombre que
realmente goza del verdadero, del único Don de lenguas, pues que
la suya es ¿Lengua de fuego?. Y no olvidemos, por otra parte, que
todo verdadero poeta es, o debiera ser siempre, un verdadero y sincero
apóstol.
Aquí, don Sisebuto, que persigue estas mis declaraciones sobre
poesía con ánimo de cazarme en contradicción, podría
señalar triunfalmente lo que Guerra Trigueros dice en otra parte
de esa misma conferencia que el poeta es un sencillo instrumento, más
o menos sonoro, para la poesía viva y eterna.
Para una poesía ajena. Una poesía que no es de él,
en realidad, sino de alguien que supera al hombre para reflejarse en él.
Una poesía realmente inspirada: es decir in-spirada y alentada
por el único y supremo inspirador que es el espíritu de
vida, el espíritu de Dios.
Mi defensa es distinguir cosas que parecen iguales pero que no lo son.
Una cosa es que el origen remoto de un don tan importante como es el don
creador, y en concreto el don poético, venga del dador de todo
don, el Espíritu Santo, y otra cosa es darle ese carácter
religioso o casi religioso, con una relación directa e instrumental,
sin intermediarios.
Eso es exagerado. Cada poeta no sólo conserva su personalidad,
su libertad, sus temas y su estilo en lo que escribe, sino que, como vimos
en anteriores artículos, necesita después trabajar sobre
lo inspirado y puede además malograr o pervertir su don creador.
Pero incluso esa parte más inefable y que muchos -Hugo lindo entre
ellos- sienten como ajena, como dada, la "inspiración",
no tiene por qué venir directamente de Dios. Por medio están
la cultura poética, las influencias culturales y de todo tipo,
el material del subconsciente y otra serie de raíces alimentadoras
del numen poético.
Precisamente un buen poeta chileno, el sacerdote José Miguel Ibáñez
Langlois, se pasa al extremo opuesto de Guerra Trigueros cuando escribe,
en su "Introducción a la literatura", que la inspiración
es simplemente un extraño y poderoso estado del espíritu
(...) la poesía no es un saber de segundo orden ni un conocimiento
celestial: es simplemente la creación mas alta de esa realidad
obvia y, sin embargo, misteriosa que llamamos lenguaje. Creo que bastará
para mediar entre esos dos poetas y sus dos extremos, señalar que
la grandeza de la verdadera poesía está en su carácter
especial de algo, aunque humano, muy supra-humano o sobrenatural.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diariode Hoy lfcuervo@telemovil.net
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