| Teresa
Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Las encuestas reflejan siempre que una de las mayores preocupaciones de
los salvadoreños es el desempleo. Y sin embargo, existe gran demanda
de mano de obra, que no puede llenarse. Cuesta mucho conseguir jardineros,
carpinteros, electricistas y fontaneros.
En diversas empresas aparecen rótulos de que se necesitan costureras
y diversas clases de operarias. Las amas de casa desesperan por falta
de ayuda doméstica. ¿Y el desempleo?
En un seminario organizado por el Instituto de Estudios Superiores de
la Empresa, en Barcelona, sobre el tema de la globalización, un
importante empresario mexicano presentó una ponencia sobre la actitud
de los latinoamericanos ante el TLC, que en muchos casos era masivamente
rechazado y considerado como un verdadero enemigo. Afirmaba que el temor
de los latinos se basaba en que estamos acostumbrados a la chambonada.
Ponía el caso de México, en que la frase que se acostumbra
cuando un trabajo no está bien hecho es: “Así que
quede”.
No existe la preocupación por repetirlo, por corregirlo, por intentar
hacerlo de nuevo para que quede bien. No se considera que al compararlo
con una prenda similar, elaborada con altos estándares de calidad
en Europa, Asia o los EE. UU., no puede competir y su precio se reducirá
considerablemente.
Nos falta la cultura del trabajo bien hecho, que es una de las grandes
virtudes de los pueblos que por siglos se han esforzado por lograr la
excelencia.
Lamentablemente los chambones se encuentran también en niveles
universitarios. Anualmente egresan miles de nuevos profesionales, llenos
de entusiasmo, con su cartón bajo el brazo, que durante sus cinco
años en las aulas han incubado grandes sueños y tienen grandes
expectativas.
Pero en el momento triunfante de su graduación, olvidan que gran
parte de sus exámenes los aprobaron mediante la copia; que la investigación
realizada, y hasta la tesis, se redujo a bajar información de la
Internet; que su ortografía es detestable y su redacción
peor.
Que su nivel de cultura deja mucho que desear, ya que no tienen ni la
más mínima idea de lo que es arte, historia o literatura.
Las experiencias relatadas por los encargados de reclutar jóvenes
profesionales, son descorazonadoras ante el techo bajísimo de ambición
de los entrevistados. Sus aspiraciones son chatas, sus intereses reducidos
y su visión de futuro prácticamente distorsionada.
No les gusta leer, no están conscientes del quehacer nacional y
los asuntos internacionales no les interesan porque están más
allá de su capacidad. Muchos no han oído hablar del TLC,
y no les preocupa confesarlo.
Si como dice el Dr. José Miguel Ibáñez Langlois,
existe una intensa relación entre leer, escribir y pensar, ya que
esto constituye la base para la toma de decisiones, ¿cómo
podrán estos futuros ejecutivos hacerse cargo de los conflictos
que enfrenta el mundo actual y que a ellos les tocará resolver?
La violencia y la extrema pobreza; el alto precio del petróleo;
la amenaza al medio ambiente; la escasez de vivienda, por mencionar algunos.
Ya es tiempo de que las universidades consideren realizar una verdadera
revolución curricular para dotar a los estudiantes de las herramientas
que necesitan para defenderse como profesionales en un mundo cada vez
más competitivo.
Un último año con cursos que incluyan conocimientos de mercadeo,
ya que la primera gran venta que deberán realizar es la de su persona;
dominio del inglés y preparación para el TOEFL; cursos que
desarrollen su autoestima y sus relaciones interpersonales; principios
éticos que influirán positivamente en la toma de decisiones.
De esta manera, se estarían formando mejores personas, con un bagaje
de conocimientos que facilitarían su inserción en el mercado
laboral.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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