| Mario
Rosenthal*
El Diario de Hoy
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Antes del fin de la Segunda Guerra Mundial (1938/1945) el mundo había
estado cambiando, pero lentamente. Todavía el poder en Europa estaba
dividido entre los mismos grandes imperios, que también mandaban
en Africa y Asia, donde tenían colonias que explotaban.
Había surgido un nuevo tipo de gobierno en América entre
las ex-colonias británicas y españolas, que estaban divididas
en un gran número de países independientes, encabezados
por el más rico y poderoso militarmente, Estados Unidos, una democracia
que dominaba pero no mandaba políticamente en el Hemisferio Occidental.
Ya existía el experimento comunista, que se unió para formar
el bloque de países socialistas, la Unión Soviética.
Ahora, apenas 50 años después de que Alemania y unos aliados
fueron vencidos en su intento de dominar toda Europa, y luego intentó
conquistar la Tierra y atacó la gran masa de países comunistas,
que su propio enorme tamaño y gran población defendieron.
Los cambios en el mundo han seguido, como todos saben, pero velozmente.
Los antiguos imperios han desaparecido y sólo han quedado unos
pequeños que no pesan en el panorama mundial como Suecia y Holanda,
y los dos imperios sólo de nombre, que en realidad son monarquías
de nombre pero en realidad son democracias: Gran Bretaña y España.
Los cambios en los sistemas de gobierno y uso del poder a través
de los siglos no habían pesado mucho en las vidas de las masas,
hasta que los adelantos en la tecnocracia y los métodos de producción
y transporte derribaron las leyes antiguas naturales, que regían
sobre las economías de mercado y volvieron al mundo entero una
sola, en la cual cada país tenía que luchar para sobrevivir.
De repente insumos que habían sostenido economías nacionales
por décadas, fueron amenazadas por la competencia de los mismos
productos importados a precios menores.
Viendo sus economías en peligro los países adoptaron medidas
proteccionistas, como altas tarifas o subsidios e instituyeron cuotas
de importación para inhibir la competencia. Esta es la situación
en que nos encontramos ahora. Las economías de mercado, que han
sostenido la mayor parte de los países, ha desaparecido.
El costo y valor del insumo o producto no importa, el precio depende del
arancel o del subsidio gubernamental, o en muchos casos, como del hule
y algodón, la demanda de lo natural ha desaparecido siendo sustituida
por un producto artificial de un costo mucho menor. Hasta el azúcar
lo ha sufrido, siendo suplantada por dulcificantes artificiales de menor
precio en sus usos industriales. Se puede decir que las bebidas embotelladas
han reducido la demanda para el café, cuyo precio ha caído
al grado de que muchas plantaciones han sido abandonadas, lo que pasó
en el pasado con las plantaciones del hule en Brasil, Indonesia, las Filipinas
y otras áreas tropicales y semi tropicales.
Todavía no se siente del todo el fuerte impacto de estos cambios.
Que los precios que los consumidores pagan con el sudor de su frente del
petróleo por ejemplo es artificial y es establecido al antojo de
la OPEP y está a la vista. Nadie piensa que los dólares
que pagan al empleado de la gasolinera que está poniendo unos galones
al carro, van directamente a las manos de los jeques árabes, pero
así es.
Cuando se cierra una maquiladora lo inverso está ocurriendo, el
trabajo se ha escaseado porque la República Popular China mantiene
el cambio del yen con el dólar artificialmente bajo, para poder
vender sus productos más baratos en el gran mercado de Estados
Unidos. No sabemos qué pasará con el sueño de un
mercado globalizado que acabará con la pobreza en el mundo. Lo
que sí nos atrevemos a decir es que esa utopía del mercado
globalizado no será una verdad si se basa en precios artificiales,
sostenidos por aranceles, cuotas de importación, subsidios encubiertos
y otras tretas para hacer competitivos los precios.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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