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Operativo. La corporación ha recibido críticas por
los excesos de algunos agentes. Foto EDH
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Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Trabajar en la misma Policía Nacional Civil (PNC) no le valió
para escapar del abuso de uno de sus miembros que, pese a haber sido condenado,
sigue activo en la corporación.
Esto le sucedió el 16 de abril de 2004 a Juan Francisco Barahona
Álvarez, de 17 años, quien ayudaba a reparar los carropatrullas
en los talleres de la PNC que funcionan en la ex Dirección General
de Caminos.
Según lo relata, Juan dormía ese día en la sala de
estar de su casa, situada en unos condominios del Barrio San Esteban,
de esta capital.
Era de madrugada. Sucedió en un santiamén. Un golpe en
la puerta lo despertó. Luego escuchó el grito de ¡Policía!
Cuando se paró, tras la puerta apareció un agente apuntándole
con una escopeta.
Los costos por
apretar el gatillo
Según un diagnóstico hecho por un médico
cirujano, para menguar la discapacidad de
Juan Francisco sería necesario lo siguiente:
- Cirugía de hombro: $2,655.50.
- Cirugía plástica de mano: $2,655.50
- Injerto de hueso para la mano: $3,390.00
u Terapias varias: $5,650.00
- Consultas médicas subsecuentes: $565.00
- Imprevistos: $4,474.80 |
Gastos médicos
19 mil dólares necesitaría Juan para menguar los daños
del disparo. |
Responsabilidad
La víctima no ha demandado a la policía por estar esperando
que le cumplan lo que en buena lid
acordaron: darle empleo. |
Sin rencores
Pese a su minusvalía y
al incumplimiento de la promesa, Juan Francisco no guarda rencor,
sino la esperanza de un empleo. |
El joven levantó las manos en señal de indefensión
pero tampoco le valió. Sólo recuerda haber visto un fogonazo
a poca distancia de su rostro.
Cayó al suelo. Estaba herido, los perdigones de la escopeta le
habían desgarrado el dedo pulgar y el índice de la mano
derecha. Otros balines se le incrustaron en el hombro y brazo derecho.
El disparo se le había escapado al cabo Carmen (hombre) M. S.,
quien había entrado con el dedo en el gatillo de su escopeta, a
la casa equivocada.
Según los agraviados, hasta después los policías
se percataron del error. Se habían equivocado de casa.
Lo absurdo para los agraviados es que a la casa donde moraba el hombre
a quien pretendían capturar entraron sin visos de violencia. Tocaron
suavemente la puerta con los nudillos.
El sujeto a quien buscaban fue capturado sin armar mucho alboroto. Y seis
días después recobró su libertad.
El policía fue aprehendido de inmediato por sus compañeros
y Juan tuvo que pasar 20 días en el hospital Rosales, donde le
reconstruyeron la mano y el hombro. Pero el disparo lo dejó lisiado.
Un diagnóstico médico revela que ha quedado con un 50 por
ciento de discapacidad del miembro afectado.
La causa
Luego vino el proceso judicial. Como el padre de Juan era motorista de
la PNC, y lo es aún, lo mejor era actuar con cautela.
El victimario había admitido el error: se le había escapado
el tiro.
Además de eso había que tomar en cuenta que cuando el accidente
ocurrió, Juan llevaba dos años ayudando a reparar los autos
policiales.
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Secuelas. Juan Francisco muestra los daños del balazo. Foto
EDH
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Luego un inspector le prometió que cuando cumpliera los 18 años
le darían una plaza como mecánico en la corporación.
En la lógica de los padres del afectado, eso estaría bien.
Como empleado, Juan tendría derecho a Seguro Social, y podría
seguir el tratamiento médico sin más costos que la cotización
mensual.
Incluso, esa expectativa les hizo desistir de exigir una indemnización.
No querían hacer quedar mal a la corporación, pues ésta
había dado visos de querer enmendar el daño.
Sin embargo, Juan Francisco cumplió la mayoría de edad el
pasado 24 de mayo pero, por más que han insistido en recordarle
al inspector de la PNC la promesa que hizo, no ha tenido respuesta.
Para el lisiado y los padres de éste, el problema es que no tienen
dinero para seguir costeando el tratamiento médico.
Un diagnóstico realizado por el cirujano ortopeda, Edgar Escalante
Monge, indica que para mejorar la función tanto del hombro
como de la mano derecha, es necesario hacer varios procedimientos
quirúrgicos cuyo costo asciende a más de 19 mil dólares.
¿Y de dónde vamos a agarrar ese dinero?, se
preguntan los agraviados.
A los gastos previstos, habrá que agregar más de 5 mil dólares
que ya han encajado.
Juan, tanto como su padre, asegura que no guarda rencor si no la esperanza
de que la institución les dé la ayuda que prometieron.
Entre tanto, el cabo fue sentenciado a tres años de prisión
el 16 de febrero de este año. La resolución quedó
firme.
La pena por el delito de lesiones muy graves daba para más años
de cárcel. Pero un supuesto arreglo entre los agraviados y el cabo
influyó para que a éste le dieran nada más tres años
de prisión, una pena que según las leyes salvadoreñas
puede ser sustituida por otras alternas. Así fue.
El cabo, aunque convicto, sigue siendo policía.

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