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La celosa pobreza

María tiene 48 años, 11 hijos, una casa de barro y un marido que cree que si su mujer se protege es porque anda con otro. Excepcional, no. Ese es el sentir en el sufrido Cantón Cureñas

Publicada 3 de noviembre 2005 , El Diario de Hoy

Azucena Argueta, la mayor de siete hijos, y su tía Esmeralda, la menor de 13 hermanos, preparan cada día el almuerzo para la familia. Foto EDH/Wilton Castillo


Alejandra Dimas
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Caserío San José Cureñas, Cantón Tijeretas, Torola, departamento de Morazán. Jueves, 27 de octubre, de 2005. La fecha no importa, de hecho, podría ser cualquier otra de los últimos cien años y nadie notaría la diferencia.

En Torola, municipio elegido por las autoridades para lanzar el subsidio del programa Red Solidaria, el progreso es huraño y se resiste a llegar.

En Cureñas, esa inquietud ni se plantea, es otro mundo, separado por kilómetros de tierra y piedras, cuando no por barrancos sólo superados gracias al ingenio de los lugareños.

Veintitrés familias, 123 niños, cuatro maestros y una escuela, eso es el Cureñas que se puede contar. Del otro dan fe los testimonios y peripecias que siguen a continuación.

Desde el inicio del conflicto armado se abandonó el cultivo del henequén, planta emblemática del lugar, la cual era vendida a buen precio por sus agricultores para hacer lazos, hamacas y otros productos de fibra.

Hoy apenas mantienen las cosechas de maíz y frijol para consumo propio. De vez en cuando salen a ofrecer los granos a sus vecinos para tener efectivo y comprar café, arroz, pan y papas.

Planificaren cureñas es sinónimo de infidelidad hacia los maridos

María Sánchez tiene 48 años, 11 hijos, y aunque resulte obvio nunca se interesó por conocer sobre los métodos de planificación.

Santiago Chicas tiene 11 hijos. No quiere oír hablar de lo que es planificar.Foto EDH/Wilton Castillo

Salió embarazada a los 17 y su carrera terminó apenas hace tres años. De todas maneras, su marido Santiago Chicas, conocido en Cureñas por sus arranques de celos, nunca la hubiera dejado optar por alguno de esos procedimientos.

“Lo que pasa es que siempre quise que fueran los que Dios me diera”, musita. Bajo ese concepto, un año sí y otro también quedaba embarazada su señora.
Agarra más confianza y continúa.

“¿Quieren saber la verdad?”, prosigue, esta vez, sin que Dios sea el móvil de su razonamiento.

“Lo que pasa es que la hembra es de cuidado, si ella se protege es porque anda con otro y no quiere delatarse con un cipote que nazca parecido a algún vecino”.

Con las últimas palabras le dirige una mirada a su mujer, que lava ropa en la piedra que sirve para este menester.

Mujeres se esconden para tomar los anticonceptivos en la clínica

El resto de mujeres consultadas tampoco valora esa posibilidad, pese al catálogo de inyecciones, píldoras y, en menor escala, el dispositivo intrauterino, que promueven en la Unidad de Salud.

María Sánchez, en los quehaceres de la casa junto a tres de los 11 hijos que procreó con Santiago. Foto EDH/Wilton Castillo

Para Miriam Reyes, médico director de la clínica pública, por ridícula que parezca, la actitud de Santiago es la forma de pensar de los hombres en la zona.

“La mayoría manifiesta que el esposo no la deja planificar porque las acusan de tener relaciones a escondidas sin riesgo de embarazo.

Entonces, aquí la multiparidad en una mujer cada año es normal para la pareja”, explicó la doctora con la misma normalidad que atiende un control preparto.

“Es que antes no había de eso”, resume María, quien parió gemelos también a los 45 años. Hoy, cuatro años después de aquella noche recuerda el bonche que se le armó porque Santiago creyó que le había sido infiel. El motivo: él nunca había engendrado más de un niño por cada embarazo y eso que habían sido varios.

Entre los gritos de aquella noche apareció el nombre de Felícito Argueta, el único de la zona que pega trillizos y gemelos.

“Le explicaba que todos los niños son el puro retrato de Santiago”, justifica María, ahora más tranquila una vez que su pareja se ha marchado a ver la milpa.

En Cureñas, con estos antecedentes, no resulta extraño que pocas mujeres planifiquen. “Las que lo hacen es a escondidas”, comenta Reyes, quien se escapa de dar cualquier cifra, no así de los detalles.

Cada vez que llega una interesada en recibir métodos orales o inyectados, entra a un cuarto de enfermería para evitar ser vista por alguna amiga del caserío. Otras veces se inventan enfermedades hasta que están frente al médico para eliminar toda sospecha de su presencia en el centro de atención.

Embarazos en el caserío bajo la supervisión de las suegras

Cureñas es pequeño, pero hay ejemplos de todo. Como el de Anselma Argueta, madre de tres, la menor de las cuales cumplió 13 años en agosto.

Desde el último parto planifica a escondidas de su marido. Además se inventa algún truco para huir de él cuando la busca por las noches y ella está en el periodo fértil.

Vilma . Hernández cuenta con el aval de su esposo para tomar la píldora. Foto EDH/Wilton Castillo

“Viajo a Torola para ponerme la inyección, pero cuando no me la he puesto, no le doy. Me hago la celosa y cuando ya tengo la dosis no me le corro”, explica entre risas.

Anselma sabe que si su marido llega a saberlo, la historia sería diferente. Seguramente la abandonaría o la echaría del rancho por considerarla infiel.

“Lo que pasa es que uno debe cuidarse porque aquí ni trabajo hay y a los cipotes no les alimenta la tortilla con la pura sal”, razona la mujer. Además, que si de responsabilidad se habla, su marido no lo ha sido como padre.

Para Anselma, su pesadilla no es su marido, sino su suegra. No recuerda las veces que le ha preguntado el por qué no salía embarazada. Aún hoy le increpa el que no estuviera preñada cada año.

En esa localidad, las suegras tienen un papel importante en los embarazos continuos, hasta el punto de ser verdaderas supervisoras. Varias madres coinciden en que llevan mentalmente la cuenta en que sus nueras tendrían que salir embarazadas.

“Ella quizás sospechaba porque me decía que yo me ponía la aceitosa (inyección) pero yo me inventé que mi esposo me había quemado la sangre cuando me puso unas vitaminas y yo estaba en la dieta de los 40 días”, relata Anselma.

La maroma sobre el río torola, el reto más grande de los docentes

En este abanico de presiones para la mujer aparecen los consejos y los rumores que tienen más peso que la ciencia y la medicina en este rincón abandonado de Torola.

José Roberto Chicas es el encargado de pasar en la maroma sobre el río Torola a los cuatro profesores. El cable tiene 120 metros de largo. Foto EDH/Wilton Castillo

El hecho de que pierden energía, pueden quedar estériles o pierden para siempre su periodo menstrual se escuchan a cada rato.

Quizás el caso de Vilma Hernández, también de ese caserío, sólo tiene dos hijos. El primero tiene cinco años y el último dos meses. Es la única mujer que tiene el consentimiento de su pareja Jiuber de tomar píldoras.

“Eso es a lo que hemos llegado”, dice el joven con timidez, y como considerando que es el resultado de una batalla perdida.

En la escuela de Cureñas, que lleva el nombre del cantón, el director Alexander Guevara conoce a las 23 familias, no así a todos los hijos del cantón aunque lleva la cuenta.

“En el caserío hay 123 niños. En algunos hogares hay 10 hijos, en otros 11, en otros siete. Aquí hay un señor que tiene siete hijos y todos han sido trillizos y gemelos”, dice Guevara, refiriéndose a Fecílito, señalado por Santiago cuando María dio a luz por última vez.

En la escuelita se imparte hasta sexto grado y desde quinto se establece en el plan de estudio, donde hay contenidos del aparato reproductor femenino y masculino, y de los métodos de planificación familiar.

Dormir en el caserío para estar siempre a tiempo en las aulas

Si la escuela tiene asegurada la población infantil durante años, llegar a San José Cureñas desde el casco urbano de Torola es toda una odisea para los cuatro docentes que dan clases bajo la modalidad del programa Educo.

Hermanos de la familia Chicas, junto al profesor Guevara.Foto EDH/Wilton Castillo

El director del centro escolar tiene 10 años de trabajar en el lugar y durante cuatro se quedó a vivir en el caserío porque trabajaba doble turno y no encontraba transporte para viajar hasta San Simón, Morazán.

Desde hace seis años compró una moto. Le resuelve el problema en parte, es decir hasta el río.

La parquea en el terreno de un tío y camina 15 minutos hasta llegar al río Torola. Se cruza en cable unos 120 metros del afluente que en invierno crece y en verano siempre está hondo.

La maroma, como se le conoce al cable, está a unos 14 metros de altura sobre el nivel del afluente y es la única forma de llegar más rápido hasta Gotera, cabecera de Morazán.
“Me quedé bastante tiempo, pero en eso me casé y tuvimos un niño, así que apuro a llegar para que en mi casa no pasen solos”, dice Guevara.

Hoy, la única que se queda es la maestra Nohemí Maldonado quien llegó hace dos semanas y duerme en la casa de Pastora Argueta, líder comunal que vive a pocos metros de la escuela.

La docente aún no se acostumbra a ver a su familia cada fin de semana, pero está dispuesta a atender a los niños de parvularia.

Los únicos que se dan el lujo de dormir en sus casas son Juanita Guevara, originaria del Cantón Sequía de Agua, en San Isidro, pero camina dos horas y media para llegar; José Barahona, del cantón San Francisco, también tiene motocicleta y de vez en cuando lleva a Juanita hasta la ciudad.

Como si se tratase de otra época, llevar a los enfermos a un centro de atención sólo es posible por dos medios: cruzar el río con el cable para ir a Gotera o que le carguen en hamaca hasta salir de la quebrada empinada que lleva hasta Torola. Esta última es la menos elegida porque hay que recorrer 25 kilómetros hasta el Hospital de Gotera.

Para ir a comprar a Torola y regresar a buena hora, salen de madrugada. Los casi seis kilómetros de subidas pedregosas hasta el pueblo hacen que el habitual concepto de tiempo pierda su sentido. A veces, le encargan mandados a Jiuber del Cid y a Adilio Portillo, los únicos que tienen caballo.

 

Salud materna
La última encuesta Fesal refleja el uso casi generalizado de la lactancia materna.
3.4% mujeres
no dan de mamar a sus hijos.
45.4% Nacimientos fueron asistidos por comadronas.
Falta acceso
Pocos hogares del área de Morazán cuentan con servicios básicos como agua y sanitarios.
66% población
tiene chorro de agua en la casa.
18% familias
tiene un adecuado servicio sanitario.
37% hogares
tienen acceso a
la luz eléctrica.

 

“Al año asientan unos 124 niños y la mayoría viene de cantones porque allá nacen más”
Marlene Orellana
Jefa del registro familiar

“La gente aquí no planifica por celos, por ignorancia o por mala orientación desde la niñez”
Alexander Guevara
Director de escuela Caserío San José Cureñas


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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