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Julia Regina de Cardenal*
El
Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
(Segunda parte)
El libro Educar los sentimientos, de Alonso Aguiló, es un excelente
instrumento para todos los que deseamos mejorar y ayudar a nuestros seres
queridos a tener paz interior y ser más felices. Es imposible tratar
de resumir en un par de artículos el rico contenido de este trabajo,
pero sí puedo dar ejemplos de cosas que nos afectan y sirven a
todos.
Hay personas que sobresalen por su constancia y dedicación, superando
a otros que poseen una capacidad intelectual mayor, pero son más
perezosas y con menos fuerza de voluntad. Quienes se sienten eficaces,
seguros y optimistas se recuperan más rápido y no se agobian
por los fracasos, pues los consideran como algo que puede cambiarse y
buscan el modo de hacerlo mejor la siguiente vez. Cuando el miedo al fracaso
disminuye y las posibilidades de fracasar también.
Por el contrario, si me considero incapaz de hacer algo, me resultará
extraordinariamente costoso hacerlo. Los pesimistas atribuyen sus fracasos
a obstáculos que se consideran incapaces de modificar, echándose
la culpa o proyectando el chasco sobre el futuro, hundiéndose ante
pequeños contratiempos o depresión.
En la tarea de educar, es imprescindible el optimismo, creyendo firmemente
en la capacidad de mejorar a otros y mejorarse a sí mismo, cuidando
el contenido y modo de la reprimenda, comentarios o críticas. Se
debe estimular la capacidad del niño, para que le comprometa, ponga
a prueba y lleve a desarrollar nuevas áreas de su talento.
La facultad fundamental de reprimir sus impulsos y desviar su atención
de la tentación les hará personas honradas, tener buenos
amigos, cursar una carrera, etc. Los recursos valiosos como las creencias
religiosas son útiles para amortiguar los reveses y fracasos de
la vida, haciéndonos más resistentes al abatimiento y la
desesperanza.
Los sentimientos de inferioridad son tan nocivos como los de superioridad,
que suelen originarse en la compensación del sentimiento de inferioridad
con actitudes presuntuosas, arrogantes, inflexibles, con poca consideración
para los demás, dándose importancia y exagerando sus méritos
y capacidades. Suelen ser presa fácil para los aduladores, pues
son sensibles al halago y están siempre pendientes de su imagen.
Fingen despreciar las críticas, aunque las analizan y esperan rencorosamente
la ocasión para vengarse.
No se debe confundir el buscar el ideal de perfeccionarse con un enfermizo
y frustrante perfeccionismo y peor aún querer que los demás
lo tengan. El hombre ha de enfrentarse a sus defectos con humildad e inteligencia,
aprendiendo de cada error y conociendo sus limitaciones para comprender
los defectos de los demás y saber ayudarles. Las contrariedades
le afectarán pero como turbulencias superficiales y pasajeras,
y no producirán heridas profundas.
Decir a los niños que nos parece bien lo que es dudoso o que hagan
lo que les parezca mientras lo hagan con convicción los deja en
una posición muy vulnerable, sintiéndose defraudados cuando
choquen con la realidad de la vida. Es mejor basar la autoestima en logros
reales, haciendo cosas útiles por los demás que los hace
avanzar en el camino de la virtud forjando el propio carácter.
El que da excesiva atención al éxito material deja su cabeza
y corazón vacíos. Pueda parecer dichoso gozando de un alto
nivel de vida, pero al ahondar en sus sentimientos se siente insatisfecho
sin saber explicar por qué. Puede ser por el consumo poco moderado,
afán por poseer, insatisfacciones por lo que no posee, las modas
para la cual hace falta sabiduría para no caer en su trampa y evitarse
sufrimientos inútiles.
También puede provenir de la mezquindad de su corazón, sintiéndose
a disgusto consigo mismo, inferior o incapaz de dominar su cólera,
agresividad, comida, bebida, llevándolo a maltratar a los demás.
En cambio el camino de honradez, verdad y rectitud produce satisfacción.
El hombre íntegro puede vivir sin avergonzarse, sin miedo a ser
desenmascarado, tiene fuerza para mantener sus argumentos y estabilidad
emocional, disfrutando de la vida plenamente. Superar la barrera de nuestros
defectos es algo que sin ser fácil, tampoco es tan difícil
y resulta más satisfactorio y gratificante de lo que imaginamos.
El camino de la virtud y los valores, que está oculto para muchos
que lo ven como algo frío, aburrido o triste, en realidad es la
mejora personal que es menos fatigosa, más alegre y liberadora.
Vale la pena probar.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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