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Tema para meditar
Inteligencia emocional

El hombre íntegro puede vivir sin avergonzarse, sin miedo a ser desenmascarado, tiene fuerza para mantener sus argumentos y estabilidad emocional, disfrutando de la vida plenamente

Publicada 3 de noviembre 2005, El Diario de Hoy


Julia Regina de Cardenal*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

(Segunda parte)

El libro Educar los sentimientos, de Alonso Aguiló, es un excelente instrumento para todos los que deseamos mejorar y ayudar a nuestros seres queridos a tener paz interior y ser más felices. Es imposible tratar de resumir en un par de artículos el rico contenido de este trabajo, pero sí puedo dar ejemplos de cosas que nos afectan y sirven a todos.

Hay personas que sobresalen por su constancia y dedicación, superando a otros que poseen una capacidad intelectual mayor, pero son más perezosas y con menos fuerza de voluntad. Quienes se sienten eficaces, seguros y optimistas se recuperan más rápido y no se agobian por los fracasos, pues los consideran como algo que puede cambiarse y buscan el modo de hacerlo mejor la siguiente vez. Cuando el miedo al fracaso disminuye y las posibilidades de fracasar también.

Por el contrario, si me considero incapaz de hacer algo, me resultará extraordinariamente costoso hacerlo. Los pesimistas atribuyen sus fracasos a obstáculos que se consideran incapaces de modificar, echándose la culpa o proyectando el chasco sobre el futuro, hundiéndose ante pequeños contratiempos o depresión.

En la tarea de educar, es imprescindible el optimismo, creyendo firmemente en la capacidad de mejorar a otros y mejorarse a sí mismo, cuidando el contenido y modo de la reprimenda, comentarios o críticas. Se debe estimular la capacidad del niño, para que le comprometa, ponga a prueba y lleve a desarrollar nuevas áreas de su talento.

La facultad fundamental de reprimir sus impulsos y desviar su atención de la tentación les hará personas honradas, tener buenos amigos, cursar una carrera, etc. Los recursos valiosos como las creencias religiosas son útiles para amortiguar los reveses y fracasos de la vida, haciéndonos más resistentes al abatimiento y la desesperanza.

Los sentimientos de inferioridad son tan nocivos como los de superioridad, que suelen originarse en la compensación del sentimiento de inferioridad con actitudes presuntuosas, arrogantes, inflexibles, con poca consideración para los demás, dándose importancia y exagerando sus méritos y capacidades. Suelen ser presa fácil para los aduladores, pues son sensibles al halago y están siempre pendientes de su imagen. Fingen despreciar las críticas, aunque las analizan y esperan rencorosamente la ocasión para vengarse.

No se debe confundir el buscar el ideal de perfeccionarse con un enfermizo y frustrante perfeccionismo y peor aún querer que los demás lo tengan. El hombre ha de enfrentarse a sus defectos con humildad e inteligencia, aprendiendo de cada error y conociendo sus limitaciones para comprender los defectos de los demás y saber ayudarles. Las contrariedades le afectarán pero como turbulencias superficiales y pasajeras, y no producirán heridas profundas.

Decir a los niños que nos parece bien lo que es dudoso o que hagan lo que les parezca mientras lo hagan con convicción los deja en una posición muy vulnerable, sintiéndose defraudados cuando choquen con la realidad de la vida. Es mejor basar la autoestima en logros reales, haciendo cosas útiles por los demás que los hace avanzar en el camino de la virtud forjando el propio carácter.

El que da excesiva atención al éxito material deja su cabeza y corazón vacíos. Pueda parecer dichoso gozando de un alto nivel de vida, pero al ahondar en sus sentimientos se siente insatisfecho sin saber explicar por qué. Puede ser por el consumo poco moderado, afán por poseer, insatisfacciones por lo que no posee, las modas para la cual hace falta sabiduría para no caer en su trampa y evitarse sufrimientos inútiles.

También puede provenir de la mezquindad de su corazón, sintiéndose a disgusto consigo mismo, inferior o incapaz de dominar su cólera, agresividad, comida, bebida, llevándolo a maltratar a los demás. En cambio el camino de honradez, verdad y rectitud produce satisfacción.

El hombre íntegro puede vivir sin avergonzarse, sin miedo a ser desenmascarado, tiene fuerza para mantener sus argumentos y estabilidad emocional, disfrutando de la vida plenamente. Superar la barrera de nuestros defectos es algo que sin ser fácil, tampoco es tan difícil y resulta más satisfactorio y gratificante de lo que imaginamos. El camino de la virtud y los valores, que está oculto para muchos que lo ven como algo frío, aburrido o triste, en realidad es la mejora personal que es menos fatigosa, más alegre y liberadora. Vale la pena probar.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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