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Marvin Galeas*
El
Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Esta es una historia de amor y también de una canción.
Era octubre de 1983, en esos días cuando el saliente invierno y
el verano, que ya quiere pero no puede, libran una espectacular batalla
que se traduce en cielos de nubes grises vencidas por soles atrevidos.
La 82 división aerotransportada del Ejército de los Estados
Unidos acababa de invadir la isla de Grenada y, como siempre, la brisa
de la época me llenaba de nostalgias y esperanzas.
Estábamos en El Pedrero, al pie del cerro de Torola. Las más
fieras batallas se estaban librando bien al sur. Nosotros, en el norte,
teníamos meses de no escuchar un solo tiro. De tanto en tanto,
llegaban los aviones a realizar erráticas operaciones de bombardeo.
Pero la invasión a Grenada puso las barbas en remojo a los comandantes.
Una noche, junto a Santiago y Maravilla, subimos a la cima del Cerro Torola.
El espectáculo era impresionante. Abajo, a lo lejos, se veía
el lucerío de pueblos y ciudades, y arriba, el cielo lleno de estrellas
parecía un espejo embrocado sobre el suelo.
Imaginé que esas lucitas iluminaban gente, sin armas, caminando
por calles y avenidas, viviendo una relativa normalidad. Madres pelando
cebollas en la tibia calidez de una cocina, un esposo mirando televisión
y los niños preparando exámenes finales. Y yo, que estaba
esperando a la Infantería de Marina del US Army, tuve envidia de
esa gente.
Entonces sólo tenía una hija: Michelle, que tenía
4 añitos. Pensar que podía morir sin volverla a ver me hacía
trizas el corazón. Pero me consolaba pensando que lo que hacía
lo hacía, sí, por la patria. Idealismo puro. ¿Pero
qué carajos es la patria? ¿Es acaso la bandera y el Himno
Nacional? ¿Los puentes y las carreteras? ¿El Gobierno y
los partidos políticos? ¿Los ricos? ¿Los pobres?
Me puse a pensar.
Y pensé, como dijo no sé quién, que la patria es
la infancia. Y digo que la patria son los mejores recuerdos, lo que más
amamos. Y me puse entre melancólico y alegre entre recuerdos y
amores: los compañeros de la primaria, las toreadas de Jocoro,
el Club Deportivo Águila, los partidos de baloncesto en el Gimnasio
Nacional, un sábado por la mañana, caminando por las calles
del centro y mi hija Michelle.
La patria era todo eso y, sobre todo, Michelle. Luchaba entonces para
que la patria y Michelle vivieran un día sin guerras y que tuvieran
salud y amor y todas esas cosas bonitas.
Le escribí una carta a Michelle, que no sabía si llegaría
alguna vez a su destino. Y le decía que luchaba por ella, era mi
patria, chiquita mía.
La carta viajó de mano en mano, por cerros y vaguadas, cruzó
ríos y mares hasta llegar milagrosamente a Managua. Y Michelle,
esto lo supe después, ya no estaba allí. Nunca la leyó.
Pocos meses después, en febrero de 1984, estaba junto a otros
compañeros, oyendo un programa de música latinoamericana
en Radio Habana, Cuba. De pronto el locutor dice: A continuación,
del grupo salvadoreño Cutumay Camones, la canción Patria
chiquita mía, y comenzó a sonar una melodía
suave y sentida con la letra de la carta que había enviado a Michelle.
Me quedé sorprendido y más me sorprendía cuando me
contaban que los salvadoreños que oían la canción
en otros países no podían evitar que la nostalgia les humedeciera
los ojos.
Terminó la guerra y nacieron las otras niñas que llenaron
de alegría, luz y esperanzas la casa que con Sandra nos inventamos.
Con Michelle, ya lo he contado, la historia ha pasado por ausencias, desencuentros,
encuentros y la emotiva y definitiva reconciliación. Lejos está
ya, gracia a Dios, el terrible capítulo de la guerra. Son otros
los problemas que nos abaten. Pareciera que el paisaje no está
completo si le falta la sangre derramada.
Las maras, la pobreza, la delincuencia, las lluvias, los terremotos provocan
el desaliento de cualquiera y se pierde la fe en el paisito. Hay días
en que las noticias nos afligen y en serio. Pero pienso en la mayoría
de salvadoreños pacíficos y trabajadores, que son muchos
más los día de sol que los nublados, los días de
quietud que los de temblores. Pienso que este sol, este cielo azul y este
viento de noviembre y los amigos de siempre, y los recuerdos y esta esposa
y estas niñas adorables son, en verdad, esta patria chiquita mía
a la que reafirmo una vieja declaración de amor.
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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