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De mis recuerdos
Patria chiquita mía

Las maras, la pobreza, la delincuencia, las lluvias, los terremotos provocan el desaliento de cualquiera y se pierde la fe en el paisito. Hay días en que las noticias nos afligen y en serio

Publicada 3 de noviembre 2005, El Diario de Hoy


Marvin Galeas*

El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Esta es una historia de amor y también de una canción. Era octubre de 1983, en esos días cuando el saliente invierno y el verano, que ya quiere pero no puede, libran una espectacular batalla que se traduce en cielos de nubes grises vencidas por soles atrevidos.

La 82 división aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos acababa de invadir la isla de Grenada y, como siempre, la brisa de la época me llenaba de nostalgias y esperanzas.

Estábamos en El Pedrero, al pie del cerro de Torola. Las más fieras batallas se estaban librando bien al sur. Nosotros, en el norte, teníamos meses de no escuchar un solo tiro. De tanto en tanto, llegaban los aviones a realizar erráticas operaciones de bombardeo. Pero la invasión a Grenada puso las barbas en remojo a los comandantes.

Una noche, junto a Santiago y Maravilla, subimos a la cima del Cerro Torola.

El espectáculo era impresionante. Abajo, a lo lejos, se veía el lucerío de pueblos y ciudades, y arriba, el cielo lleno de estrellas parecía un espejo embrocado sobre el suelo.

Imaginé que esas lucitas iluminaban gente, sin armas, caminando por calles y avenidas, viviendo una relativa normalidad. Madres pelando cebollas en la tibia calidez de una cocina, un esposo mirando televisión y los niños preparando exámenes finales. Y yo, que estaba esperando a la Infantería de Marina del US Army, tuve envidia de esa gente.

Entonces sólo tenía una hija: Michelle, que tenía 4 añitos. Pensar que podía morir sin volverla a ver me hacía trizas el corazón. Pero me consolaba pensando que lo que hacía lo hacía, sí, por la patria. Idealismo puro. ¿Pero qué carajos es la patria? ¿Es acaso la bandera y el Himno Nacional? ¿Los puentes y las carreteras? ¿El Gobierno y los partidos políticos? ¿Los ricos? ¿Los pobres? Me puse a pensar.

Y pensé, como dijo no sé quién, que la patria es la infancia. Y digo que la patria son los mejores recuerdos, lo que más amamos. Y me puse entre melancólico y alegre entre recuerdos y amores: los compañeros de la primaria, las toreadas de Jocoro, el Club Deportivo Águila, los partidos de baloncesto en el Gimnasio Nacional, un sábado por la mañana, caminando por las calles del centro y mi hija Michelle.

La patria era todo eso y, sobre todo, Michelle. Luchaba entonces para que la patria y Michelle vivieran un día sin guerras y que tuvieran salud y amor y todas esas cosas bonitas.
Le escribí una carta a Michelle, que no sabía si llegaría alguna vez a su destino. Y le decía que luchaba por ella, era mi patria, chiquita mía.

La carta viajó de mano en mano, por cerros y vaguadas, cruzó ríos y mares hasta llegar milagrosamente a Managua. Y Michelle, esto lo supe después, ya no estaba allí. Nunca la leyó.

Pocos meses después, en febrero de 1984, estaba junto a otros compañeros, oyendo un programa de música latinoamericana en Radio Habana, Cuba. De pronto el locutor dice: “A continuación, del grupo salvadoreño Cutumay Camones, la canción Patria chiquita mía”, y comenzó a sonar una melodía suave y sentida con la letra de la carta que había enviado a Michelle. Me quedé sorprendido y más me sorprendía cuando me contaban que los salvadoreños que oían la canción en otros países no podían evitar que la nostalgia les humedeciera los ojos.

Terminó la guerra y nacieron las otras niñas que llenaron de alegría, luz y esperanzas la casa que con Sandra nos inventamos. Con Michelle, ya lo he contado, la historia ha pasado por ausencias, desencuentros, encuentros y la emotiva y definitiva reconciliación. Lejos está ya, gracia a Dios, el terrible capítulo de la guerra. Son otros los problemas que nos abaten. Pareciera que el paisaje no está completo si le falta la sangre derramada.

Las maras, la pobreza, la delincuencia, las lluvias, los terremotos provocan el desaliento de cualquiera y se pierde la fe en el paisito. Hay días en que las noticias nos afligen y en serio. Pero pienso en la mayoría de salvadoreños pacíficos y trabajadores, que son muchos más los día de sol que los nublados, los días de quietud que los de temblores. Pienso que este sol, este cielo azul y este viento de noviembre y los amigos de siempre, y los recuerdos y esta esposa y estas niñas adorables son, en verdad, esta patria chiquita mía a la que reafirmo una vieja declaración de amor.

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

 

 

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