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Masha vuelve a Moscú

Vestigios. El Moscú al que arribó es un lugar en donde todavía sobreviven los restos del comunismo


Publicada 2 de noviembre 2005, El Diario de Hoy

Retorno. Hace mucho tiempo, ella se mudó de Siberia a Florida, y luego de vivir 11 años como expatriada en EE.UU., regresó con la imagen de una glamorosa joven rubia estadounidense. Foto/The New York Times

The New York Times
C. J. Chivers
El Diario de Hoy

internacionales@elsalvador.com

MOSCÚ.- Cuando la jugadora de tenis mejor clasificada del mundo arrojó una pelota muy alto, una tarde reciente, estirando su cuerpo casi imposiblemente largo hacia atrás, antes de golpear la pelota que caía con tanta fuerza que se convirtió brevemente en una borrosa línea amarilla, había comenzado más que un juego de tenis.

Este era un regreso a casa, o al menos algo similar en una nación que ha visto a muchos de sus ciudadanos marcharse en busca de una vida mejor.

Después de un ascenso celosamente observado en Estados Unidos, Maria Sharapova hacía su debut profesional en su país. Una estrella había regresado a casa.

El hogar es una noción polémica que puede cambiar cuando la persona es Sharapova, quien es ciudadana rusa, vivió en Siberia desde su nacimiento, en 1987, hasta la edad de 7 años. Posteriormente, su familia se había reubicado allí tras escapar del desastre nuclear de Chernobyl.

Pero, hace mucho tiempo, Sharapova se mudó de Siberia a Florida, y luego de vivir 11 años como expatriada en EE.UU., regresó con la imagen de una glamorosa joven rubia estadounidense. Su inglés es impecable. Su línea de perfume pertenece a Macy's- Su ruso, lo que es natural, todavía se ve salpicado por muchas palabras rusas.

Y así, su reciente arribo a la Copa del Kremlin, en Moscú, una ciudad por la que solamente pasó una vez desde que se marchó, marcó más que solamente su primer torneo en una cancha rusa. Dio lugar a un escarceo. Nerviosamente, y con inseguridad, Rusia cortejó a una de los suyos.

Pero, ¿lo es? Aunque ella tuvo la más cálida de las recepciones públicas, desde una aduladora cobertura noticiosa hasta un sorpresivo premio del Estado, sus intenciones han sido el tema de interminables preguntas y especulaciones.

Es un cortejo en el que casi siempre acechan ideas entre líneas. Sí, fue muy aclamada, a pesar de su mal juego y su pérdida en los cuartos de finales. Pero los incansables ánimos – “¡Masha, Masha!”, coreaban, usando el diminutivo ruso de su nombre– apenas podía ocultar los interrogantes.

Masha. Masha. ¿Jugará en el equipo nacional ruso? ¿Representará a Rusia en los Juegos Olímpicos?, O, ni atreverse a mencionarlo, ¿se convertirá en ciudadana estadounidense, desertando con su talento y su fama hacia una tierra que no escasea en estrellas? “Si pudiera conocerla, le diría, ‘Masha, ty nasha’”, comentó Valentina Tochilina, de 42 años, quien sacó a su hijo de 15 años de la escuela para ver jugar a la larguirucha Sharapova.
Masha, ty nasha. Significa, “Masha, eres nuestra”.

Una clave para entender a Rusia es conocer muy bien el funcionamiento de un orgullo herido. Mucho talento y familias han salido de sus fronteras desde que los bolcheviques tomaron el poder.

Este es el país que perdió la guerra fría y a estrellas como Mijail Barishnikov, el bailarín y director artístico letón.

Se ganó su lugar

Y, como un rostro nuevo en el panteón de los nuevos ricos rusos, Sharapova ocupa un lugar especial e impresionante: realmente se ganó su lugar, a diferencia de muchas de las otras persona con grandes autos negros, acerca de las cuales es una creencia popular que ascendieron por los peldaños de la sociedad y acumularon sus fortunas mediante el soborno, la estafa o el robo.

“Su situación no era fácil en su familia, y ascendió todo el camino hasta la cima”, afirmó Natalya Boldina, de 14 años, quien faltó a clases para ver jugar a su ídolo. “Es por eso que la respetamos”.

En cuanto a las preguntas que la asedian, Sharapova las ha manejado con gracia. Si tuviera recelos respecto a Rusia, sumida en el desorden y la ruina, ha sido lo suficientemente inteligente para callarlo.

Sí, declaró a un grupo de periodistas, desea un lugar en el equipo nacional ruso. Sí, espera jugar para Rusia en los Olímpicos.

No, respondió, nunca ha pensado en convertirse en ciudadana estadounidense. Su popularidad creció aún más cuando dijo que contemplaba crear una escuela de tenis en Sochi, en la costa del Mar Negro.

Las respuestas eran precisamente las que sus fanáticos rusos querían escuchar. Pero siempre persiste esa empecinada sensación de preocupación.

La ciudad está lista para que la conquiste. Y se pregunta: ¿Lo aceptará?


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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