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Tema del momento
Protesta de la naturaleza

Dejar hacer y no dejar pasar, sentirse parte de la naturaleza y no luchar contra ella debería ser la consigna del Siglo XXI, consigna que podría llevar nuestro país a la Cumbre de las Américas.

Publicada 2 de noviembre 2005, El Diario de Hoy

Eduardo Vázquez Bécker*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Los desastres que a diario se producen en el mundo son culpa nuestra, de la humanidad, por ignorar las leyes de la naturaleza, por abusar de sus recursos, por someterla salvajemente con el pretexto del crecimiento económico y el desarrollo social. En lo personal, agregaría otro pretexto: el control hegemónico en el mundo.

Los investigadores científicos aseguran que huracanes como los que estamos experimentando son el resultado de un sobrecalentamiento de la Tierra, debido al daño causado en la capa de ozono, cuya función es la de servir como filtro solar, produciendo con ello que aumente la temperatura de las aguas.

Sólo en los últimos catorce meses han sucedido diez de estos fenómenos, causando innumerables víctimas y cuantiosos daños en una zona que abarca las islas del Caribe, Florida, la Península de Yucatán, el sureste mexicano, Honduras, Guatemala y El Salvador.

Paradójicamente estos tres últimos países y las islas del Caribe, donde los desastres han sido mayores, no pueden ser tomados en cuenta como ejemplo de desarrollo social y crecimiento económico. En estos lugares la deforestación, el exterminio de la fauna y la flora y el envenenamiento ambiental son resultado de la pobreza y particularmente de la pobreza extrema.

Las correntadas de agua y lodo han anegado extensas zonas de cultivo en el campo y han afectado las ciudades, cobrando cientos de miles de vidas humanas, dejando a la intemperie a los más vulnerables. El planeta entero es sometido a la protesta de la naturaleza, una protesta reactiva que nos recuerda a Newton, que dice que toda acción motiva una reacción.

El crecimiento económico, el desarrollo social en el mundo y la lucha por el control del espacio aparecen como los grandes responsables de esta crisis ecológica que nos afecta, de ahí que los interesados en esos temas debemos recapacitar y reflexionar sobre ello; las estrategias para el crecimiento económico y el desarrollo social deben ser reelaboradas para que cumplan su función sin desmedro del sistema ecológico y de la seguridad ambiental.

Esta es una cuestión de interés nacional. En otras palabras, la protección del medio ambiente debe ser un factor de interés para la seguridad nacional y mundial, puesto que no protegerlo se convierte en una amenaza para las generaciones venideras.

Tanto la protección del medio ambiente como el progreso económico deben ser útiles a la persona humana. Proteger al medio ambiente sin utilidad a las personas es regresar al estado de las selvas y un progreso económico que pone en peligro las vidas y bienes de las personas no es progreso.

Los más recientes acontecimientos atmosféricos nos dicen que hay que redoblar esfuerzos por evitar que sigamos destruyendo al planeta; que redoblemos esfuerzos por limpiar el aire que respiramos, porque no se vierta en los ríos tanto desecho industrial, por callar el ensordecedor ruido de las ciudades, por cambiar los hábitos con los que estamos haciendo de la Tierra un basurero.

Es la basura y los desechos que producimos para satisfacer nuestras necesidades y nuestras apetencias la que tienen enfermo al planeta. La naturaleza no produce basura enfermiza, todo lo que produce se aprovecha, los desechos orgánicos de una especie, cualquiera que sea, sirven de materia prima a otras especies, las cuales vuelven a poner en circulación los materiales nutrientes hasta quedar reducidos a sales inorgánicas que las plantas pueden absorber; no son pues, estos desechos los que enferman el ambiente, sino los que producimos nosotros.

La ceguera no es individual, es colectiva; por más que la naturaleza nos envía señales nos hacemos los desentendidos, como que no es con nosotros; no basta ver lo que pasa a nuestro alrededor, no es suficiente ver cómo escasean los alimentos donde antes abundaban; ver cómo, donde antes brotaba el agua, ahora es tierra agresiva y sofocante; quizá estamos esperando un nuevo diluvio.

Al medio ambiente no lo destruyen únicamente los que construyen de manera irresponsable, lo destruimos todos cuando no depositamos adecuadamente la basura, cuando no le damos mantenimiento a nuestros vehículos, cuando ponemos los aparatos de música a todo volumen, cuando cortamos árboles para madera y leña, etc.

El Salvador hace su parte, existe un Ministerio del Medio Ambiente y Recursos Naturales que procura desarrollar una política nacional de protección ambiental, que con frecuencia realiza actividades con apoyos del sector privado, de las Naciones Unidas y de organizaciones no gubernamentales, con los que analiza los riesgos de la degradación del medio ambiente, la necesidad de que se mejore la calidad del aire, sobre la deforestación, sobre la conservación de la fauna y otros atropellos a la naturaleza que como ya lo he señalado, nos hacen vulnerables ante cualquier desastre.

Sin embargo, esos esfuerzos se ven entorpecidos por la falta de recursos económicos y por la miopía de quienes no queremos ver cuán grande es el problema de la destrucción ecológica.

La sociedad, en su individualidad, permanece ajena a esos esfuerzos; que sean los organismos internacionales, los gobiernos, los entes municipales, los que se encarguen de esas cosas; el hombre individual está ocupado, no tiene tiempo para eso. Él está destruyendo…ensuciando. Dejar hacer y no dejar pasar, sentirse parte de la naturaleza y no luchar contra ella debería ser la consigna del Siglo XXI, consigna que podría llevar nuestro país a la Cumbre de las Américas, programada para el 4 y 5 de noviembre en Mar de Plata, Argentina, estoy seguro de que sería una iniciativa compartida por todos los miembros de la ONU, que desean hacer del mundo un lugar más seguro.

*Lic. en Derecho y periodista.

 

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