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Eduardo
Vázquez Bécker*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Los desastres que a diario se producen en el mundo son culpa nuestra,
de la humanidad, por ignorar las leyes de la naturaleza, por abusar de
sus recursos, por someterla salvajemente con el pretexto del crecimiento
económico y el desarrollo social. En lo personal, agregaría
otro pretexto: el control hegemónico en el mundo.
Los investigadores científicos aseguran que huracanes como los
que estamos experimentando son el resultado de un sobrecalentamiento de
la Tierra, debido al daño causado en la capa de ozono, cuya función
es la de servir como filtro solar, produciendo con ello que aumente la
temperatura de las aguas.
Sólo en los últimos catorce meses han sucedido diez de estos
fenómenos, causando innumerables víctimas y cuantiosos daños
en una zona que abarca las islas del Caribe, Florida, la Península
de Yucatán, el sureste mexicano, Honduras, Guatemala y El Salvador.
Paradójicamente estos tres últimos países y las islas
del Caribe, donde los desastres han sido mayores, no pueden ser tomados
en cuenta como ejemplo de desarrollo social y crecimiento económico.
En estos lugares la deforestación, el exterminio de la fauna y
la flora y el envenenamiento ambiental son resultado de la pobreza y particularmente
de la pobreza extrema.
Las correntadas de agua y lodo han anegado extensas zonas de cultivo en
el campo y han afectado las ciudades, cobrando cientos de miles de vidas
humanas, dejando a la intemperie a los más vulnerables. El planeta
entero es sometido a la protesta de la naturaleza, una protesta reactiva
que nos recuerda a Newton, que dice que toda acción motiva una
reacción.
El crecimiento económico, el desarrollo social en el mundo y la
lucha por el control del espacio aparecen como los grandes responsables
de esta crisis ecológica que nos afecta, de ahí que los
interesados en esos temas debemos recapacitar y reflexionar sobre ello;
las estrategias para el crecimiento económico y el desarrollo social
deben ser reelaboradas para que cumplan su función sin desmedro
del sistema ecológico y de la seguridad ambiental.
Esta es una cuestión de interés nacional. En otras palabras,
la protección del medio ambiente debe ser un factor de interés
para la seguridad nacional y mundial, puesto que no protegerlo se convierte
en una amenaza para las generaciones venideras.
Tanto la protección del medio ambiente como el progreso económico
deben ser útiles a la persona humana. Proteger al medio ambiente
sin utilidad a las personas es regresar al estado de las selvas y un progreso
económico que pone en peligro las vidas y bienes de las personas
no es progreso.
Los más recientes acontecimientos atmosféricos nos dicen
que hay que redoblar esfuerzos por evitar que sigamos destruyendo al planeta;
que redoblemos esfuerzos por limpiar el aire que respiramos, porque no
se vierta en los ríos tanto desecho industrial, por callar el ensordecedor
ruido de las ciudades, por cambiar los hábitos con los que estamos
haciendo de la Tierra un basurero.
Es la basura y los desechos que producimos para satisfacer nuestras necesidades
y nuestras apetencias la que tienen enfermo al planeta. La naturaleza
no produce basura enfermiza, todo lo que produce se aprovecha, los desechos
orgánicos de una especie, cualquiera que sea, sirven de materia
prima a otras especies, las cuales vuelven a poner en circulación
los materiales nutrientes hasta quedar reducidos a sales inorgánicas
que las plantas pueden absorber; no son pues, estos desechos los que enferman
el ambiente, sino los que producimos nosotros.
La ceguera no es individual, es colectiva; por más que la naturaleza
nos envía señales nos hacemos los desentendidos, como que
no es con nosotros; no basta ver lo que pasa a nuestro alrededor, no es
suficiente ver cómo escasean los alimentos donde antes abundaban;
ver cómo, donde antes brotaba el agua, ahora es tierra agresiva
y sofocante; quizá estamos esperando un nuevo diluvio.
Al medio ambiente no lo destruyen únicamente los que construyen
de manera irresponsable, lo destruimos todos cuando no depositamos adecuadamente
la basura, cuando no le damos mantenimiento a nuestros vehículos,
cuando ponemos los aparatos de música a todo volumen, cuando cortamos
árboles para madera y leña, etc.
El Salvador hace su parte, existe un Ministerio del Medio Ambiente y Recursos
Naturales que procura desarrollar una política nacional de protección
ambiental, que con frecuencia realiza actividades con apoyos del sector
privado, de las Naciones Unidas y de organizaciones no gubernamentales,
con los que analiza los riesgos de la degradación del medio ambiente,
la necesidad de que se mejore la calidad del aire, sobre la deforestación,
sobre la conservación de la fauna y otros atropellos a la naturaleza
que como ya lo he señalado, nos hacen vulnerables ante cualquier
desastre.
Sin embargo, esos esfuerzos se ven entorpecidos por la falta de recursos
económicos y por la miopía de quienes no queremos ver cuán
grande es el problema de la destrucción ecológica.
La sociedad, en su individualidad, permanece ajena a esos esfuerzos; que
sean los organismos internacionales, los gobiernos, los entes municipales,
los que se encarguen de esas cosas; el hombre individual está ocupado,
no tiene tiempo para eso. Él está destruyendo
ensuciando.
Dejar hacer y no dejar pasar, sentirse parte de la naturaleza y no luchar
contra ella debería ser la consigna del Siglo XXI, consigna que
podría llevar nuestro país a la Cumbre de las Américas,
programada para el 4 y 5 de noviembre en Mar de Plata, Argentina, estoy
seguro de que sería una iniciativa compartida por todos los miembros
de la ONU, que desean hacer del mundo un lugar más seguro.
*Lic. en Derecho y periodista.

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