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Tema
para meditar
¿Voluntad política o buena voluntad?
El ciudadano educado, laborioso, productivo
y creativo, no es conformista ni apático; por el contrario, es
selectivo al momento de votar, escoge y decide por sí mismo con
buena voluntad a sus dirigentes.
Publicada 2 de noviembre 2005, El Diario de Hoy
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Rafael
Rodríguez Loucel*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Lo último que se pierde es la esperanza, se acostumbra a decir.
El país sobrevive: Todo pasa, hasta uno pasa y el sol vuelve a
surgir. El país como si fuese un ser humano, nació con defectos
y tuvo malacrianzas (problemas culturales), padece terremotos y tormentas
mortales; factores que son de índole externa, diría un experto
planificador al analizar las fortalezas, amenazas, debilidades y oportunidades
en este país.
Es prácticamente nulo lo que se puede hacer contra esos males endémicos
y estructurales a los que se agregan los adquiridos en el desarrollo reciente
de la sociedad salvadoreña, que ha tenido que afrontar la evolución
de un entorno interno y externo muy diferente a la calma de hace medio
siglo; crecimiento en el cual se pudo adquirir una buena educación,
pero parece que lo que cosechamos es lo que sembramos: malos hábitos
y reprochables actitudes (corrupción, injusticias, violencia, soberbia,
etc.), fomentadas y consentidas por todas las generaciones anteriores.
Mucho he utilizado el término voluntad política para asegurar
que con una buena dosis de ello muchas cosas podían caminar bien
en este país. Esa disposición de actuar de forma constructiva
para beneficio de todos siempre he considerado que es propiedad de los
gobiernos o de los políticos que al ocupar el poder están
en la posibilidad de hacerlo.
Sin embargo, la inocencia de mi parte o el vivir en una especie de limbo
de el deber ser han sido obstáculos para aceptar la amarga realidad
de la existencia de una subcultura, que caracteriza al país plagada
de ganguería de la mayoría, que incluye a políticos
con intereses particulares que los sobreponen a los colectivos.
Existe una incapacidad para gobernar y planificar a largo plazo dentro
de un contexto de un plan de nación, que es diferente a un plan
de gobierno. El primero es de largo plazo con objetivos y estrategias
que responden a las necesidades inobjetables de una sociedad con visión
de futuro.
El segundo tiene una perspectiva corta, responde más a la emergencia,
al interés político del partido de gobierno, a las aspiraciones
económicas de los patrocinadores de los partidos; en general, a
los anhelos materiales individuales que se sobreponen a los intereses
generales de la sociedad que los elige.
Cuando ni siquiera existe un plan de gobierno que coincide con el período
presidencial con un rumbo claramente definido y que se hace camino
al andar, aprovechando oportunidades que en la mayoría de
las veces surgen de las necesidades creadas por los desastres naturales
y otras emergencias, más difícil es clamar por una voluntad
política auténtica y permanente al servicio de las necesidades
apremiantes de la sociedad que elige y tributa.
Nuestra sociedad está desintegrada en facciones económicas,
políticas y sociales que luchan entre sí, y cada grupo le
dice al otro: nosotros tenemos razón y ustedes están
equivocados. El grupo con más asidero económico y
político, impone su voluntad a los demás en forma obstinada.
Los salvadoreños, conforme a sus propias circunstancias, tienen
que cultivar una buena voluntad, independiente de esa que
al parecer sólo la manejan en forma interesada los políticos.
Se tiene que invertir, educar, crear e innovar, para renovar una sociedad
que hoy en día presenta un perfil decadente.
El ciudadano educado, laborioso, productivo y creativo, no es conformista
ni apático; por el contrario, es selectivo al momento de votar,
escoge y decide por sí mismo con buena voluntad a sus
dirigentes gubernamentales.
*Vicerrector UTEC. Colaborador de El Diario de Hoy. rloucel@utec.edu.sv

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