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Reservas. Carlos Ulloa (izq.) y Carlos Fajardo observan los ayotes
en la Casa de la Cultura. Foto: EDH/Lissette
Monterrosa
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Enrique Carranza
El Diario de Hoy
metro@elsalvador.com
La primera noche de noviembre de cada año, el casco urbano de Tonacatepeque
se queda a oscuras, pero no es por falta de pago en el servicio energético.
El fin es darle paso a una tradición.
Este poblado situado al norte de San Salvador, celebra El Día de
Pedir Ayote, aunque con el transcurso de los años se le llamó
el día de la Calabiuza.
A eso de las 6:00 de la tarde, algunas familias del municipio encienden
faroles en las afueras de las viviendas. Mientras, los niños de
los barrios aledaños pasan a recoger un refrigerio en cada casa
y que por la misma costumbre el bocadillo es ayote en miel.
Ángeles somos, del cielo venimos, pedimos ayote para nuestro
camino, dicen los chicos, mientras caminan.
Otro detalle durante la celebración, son las personas que se disfrazan
de personajes de leyendas salvadoreñas como el Cipitío,
el Cadejo y la Sigüanaba, entre otros.
La Carreta Chillona recorre entonces las principales calles de la ciudad,
espantando al público con su imagen y los sonidos estridentes de
sus ruedas al andar.
Para los aventureros que salieron a las calles y no consiguieron mayor
número de porciones de ayote, la municipalidad se los prepara desde
muy temprano y lo reparte con alguna bebida.
El historiador Luis Nicolás Silva, quien nació y creció
en Tonacatepeque, relata que el Día de Pedir Ayote es una mezcla
de costumbres entre los habitantes de la zona y la imposición del
catolicismo con la llegada de los españoles.
Los aborígenes celebraban ritos o cultos a Mictlantecuhtli,
Señor de la Muerte, quién según ellos en cuclillas
velaba a los enfermos graves, esperando su muerte, describe.
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No podemos perder la identidad como pueblo
y tratamos que se mantenga viva para las nuevas generaciones
Carlos Fajardo
Promotor cultural
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En esos días, los primitivos también celebraban el fin
de las cosechas y la llegada de la época seca.
Entre los años 1500, los españoles en su afán de
hacer que los nativos aceptaran el Día de todos los santos, que
coincide con la conmemoración de los pueblos originarios de la
zona, optaron por unir las tres fiestas.
Les hicieron creer que ese día Dios concedía permiso
a todos los santos, para que convertidos en ángeles bajaran a la
tierra, y como necesitan alimentarse los pobladores les preparaban ayote
en miel, dijo Silva.
En el cementerio de la localidad también se produce otra celebración
en las vísperas del Día de los difuntos.
Los pobladores llegan y comparten momentos con sus seres queridos, y otros
prefieren llevarles música y comida. La velada muchas veces dura
hasta la madrugada del día siguiente.
Para cuando se agudizó la época del conflicto armado, por
los años 80, ambas costumbres cesaron por el peligro que representaban
las concentraciones masivas.
Al pasar ese periodo, el Día de pedir ayote resurgió con
nuevos personajes: la Sigüanaba y el Cipitío.
Hoy, la Casa de la Cultura traslada la historia a las nuevas generaciones.
Tratamos que esto no se pierda porque es un patrimonio, expuso
Carlos Fajardo, promotor cultural.
Historia de la fiesta
Se celebra el 1 de noviembre de cada año. Es una costumbre antigua.
- Sus orígenes son la época precolombina.
- Los pobladores nativos hacían dos celebraciones, el fin de la
cosecha y el culto a Mictlantecuhtli, Señor de la Muerte. Los españoles
con su llegada impusieron el catolicismo, y los obligaron a hacer una
sola festividad.
- La tradición de pedir ayote cesó durante el conflicto
armado. Hoy buscan que no se pierda.

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