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El día de pedir ayote se acerca

Costumbre. La fiesta se celebra en Tonacatepeque el 1 de noviembre. El casco urbano se queda a oscuras esa noche. La Casa de la Cultura apoya la tradición


Publicada 30 de octubre 2005, El Diario de Hoy

Reservas. Carlos Ulloa (izq.) y Carlos Fajardo observan los ayotes en la Casa de la Cultura. Foto: EDH/Lissette Monterrosa


Enrique Carranza
El Diario de Hoy

metro@elsalvador.com


La primera noche de noviembre de cada año, el casco urbano de Tonacatepeque se queda a oscuras, pero no es por falta de pago en el servicio energético. El fin es darle paso a una tradición.

Este poblado situado al norte de San Salvador, celebra El Día de Pedir Ayote, aunque con el transcurso de los años se le llamó el día de la Calabiuza.

A eso de las 6:00 de la tarde, algunas familias del municipio encienden faroles en las afueras de las viviendas. Mientras, los niños de los barrios aledaños pasan a recoger un refrigerio en cada casa y que por la misma costumbre el bocadillo es ayote en miel.
“Ángeles somos, del cielo venimos, pedimos ayote para nuestro camino”, dicen los chicos, mientras caminan.

Otro detalle durante la celebración, son las personas que se disfrazan de personajes de leyendas salvadoreñas como el Cipitío, el Cadejo y la Sigüanaba, entre otros.

La Carreta Chillona recorre entonces las principales calles de la ciudad, espantando al público con su imagen y los sonidos estridentes de sus ruedas al andar.

Para los aventureros que salieron a las calles y no consiguieron mayor número de porciones de ayote, la municipalidad se los prepara desde muy temprano y lo reparte con alguna bebida.

El historiador Luis Nicolás Silva, quien nació y creció en Tonacatepeque, relata que el Día de Pedir Ayote es una mezcla de costumbres entre los habitantes de la zona y la imposición del catolicismo con la llegada de los españoles.

“Los aborígenes celebraban ritos o cultos a Mictlantecuhtli, Señor de la Muerte, quién según ellos en cuclillas velaba a los enfermos graves, esperando su muerte”, describe.

“No podemos perder la identidad como pueblo
y tratamos que se mantenga viva para las nuevas generaciones”
Carlos Fajardo
Promotor cultural

En esos días, los primitivos también celebraban el fin de las cosechas y la llegada de la época seca.

Entre los años 1500, los españoles en su afán de hacer que los nativos aceptaran el Día de todos los santos, que coincide con la conmemoración de los pueblos originarios de la zona, optaron por unir las tres fiestas.

“Les hicieron creer que ese día Dios concedía permiso a todos los santos, para que convertidos en ángeles bajaran a la tierra, y como necesitan alimentarse los pobladores les preparaban ayote en miel”, dijo Silva.
En el cementerio de la localidad también se produce otra celebración en las vísperas del Día de los difuntos.

Los pobladores llegan y comparten momentos con sus seres queridos, y otros prefieren llevarles música y comida. La velada muchas veces dura hasta la madrugada del día siguiente.

Para cuando se agudizó la época del conflicto armado, por los años 80, ambas costumbres cesaron por el peligro que representaban las concentraciones masivas.
Al pasar ese periodo, el Día de pedir ayote resurgió con nuevos personajes: la Sigüanaba y el Cipitío.

Hoy, la Casa de la Cultura traslada la historia a las nuevas generaciones. “Tratamos que esto no se pierda porque es un patrimonio”, expuso Carlos Fajardo, promotor cultural.

Historia de la fiesta

Se celebra el 1 de noviembre de cada año. Es una costumbre antigua.

- Sus orígenes son la época precolombina.
- Los pobladores nativos hacían dos celebraciones, el fin de la cosecha y el culto a Mictlantecuhtli, Señor de la Muerte. Los españoles con su llegada impusieron el catolicismo, y los obligaron a hacer una sola festividad.
- La tradición de pedir ayote cesó durante el conflicto armado. Hoy buscan que no se pierda.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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