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Señales. Dolor en el lado derecho superior del abdomen,
que se puede extender a la espalda y el hombro.
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The
New York Times
Jane E. Brody
El Diario de Hoy
internacionales@elsalvador.com
Casi no se oye hablar del cáncer de hígado, pero en EE.UU.
su incidencia está aumentando con mayor rapidez que la de cualquier
otro tipo. Se espera que ese incremento siga por dos décadas más.
El cáncer de de este órgano también es uno de los
más mortales, característicamente fatal al año de
haber sido diagnosticado, a menos que, como sucede en raras ocasiones,
se localice al inicio. Este sólo hecho indica que las personas
con alto riesgo de padecerlo quizá deberían considerar someterse
a exploraciones del tipo que estén disponibles.
Esto a su vez indica que las personas con alto riesgo deberían
saber que están en esta situación y averiguar si la exploración
será efectiva.
Mucha gente está confundida en relación al cáncer
de hígado, pues consideran que sólo los que se originan
en éste existen, olvidan que también están el de
colon, pulmón o mama, entre otros, que se propagan al hígado,
lo que genera la confusión. Pero, cada cáncer, sin importar
hacia donde se propague, conserva el nombre y las características
de su origen.
El cáncer del hígado es uno de los más comunes en
el mundo, especialmente frecuente en el sureste asiático y en África
subsahariana. En el último cuarto de siglo en Japón, por
ejemplo, se ha experimentado una epidemia de esta enfermedad, actualmente
la tercera causa de muerte por cáncer entre hombres y la quinta
entre mujeres.
Un flagelo en aumento
El cáncer primario del hígado aún es relativamente
raro en EE.UU., donde ocupa el lugar 20 entre los tipos más comunes.
Pero, apenas la semana pasada, Prensa Asociada informó que el número
de casos aumenta muy rápidamente en un 4.5% entre hombres negros
y 5% en mujeres hispanas.
Debido a que por lo general el cáncer de hígado no se diagnostica
antes de que se presenten los síntomas de una enfermedad avanzada,
también es la octava causa más común de muerte en
este país.
El incremento sorprendente en el cáncer de hígado aquí
y en otros países desarrollados es resultado de infecciones crónicas
y generalmente silenciosas causadas por los virus de hepatitis B y C que
se propagan en la sangre y atacan a ese órgano. Estas infecciones
virales, que dañan las células hepáticas, pueden
derivar en cáncer primario del hígado 30 o más años
después de haber padecido la infección.
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En EE.UU. 18,000 pacientes esperan trasplante de dicho órgano.
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El material genético del virus de la hepatitis B se incorpora
al ADN de las células hepáticas trastornando las funciones
normales y, al final, causando cáncer.
El virus de la hepatitis C funciona en forma diferente: se cree que perturba
la acción de un gen llamado P53, el cual normalmente suprime la
formación de tumores.
Al igual que la hepatitis B, las infecciones crónicas de hepatitis
C también pueden causar cirrosis, que son cicatrices en el hígado.
Cuando éste es dañado trata de auto regenerarse, pueden
ocurrir mutaciones que resulten en un crecimiento no controlado de las
células. Alrededor del 5% de las personas que tienen cirrosis por
cualquier causa finalmente llegan a padecer cáncer del hígado.
Sin embargo, desde que a finales de los 80 se efectúan revisiones
al suministro de sangre para buscar el virus de la hepatitis B, así
como la inmunización actual de infantes y algunos adultos con la
vacuna de la hepatitis B, la incidencia de cáncer del hígado
causado por este virus debe reducirse en los próximos años.
Muchas personas se siguen arriesgando a desarrollar una infección
de hepatitis C al exponerse a agujas contaminadas como resultado de la
drogadicción, los tatuajes y los orificios corporales, así
como al sexo sin protección con personas que podrían portar
el virus. La hepatitis C representa la mitad de los casos de cáncer
primario del hígado en EE.UU.
Alcoholismo
Otra causa importante de cáncer hepático es el abuso del
alcohol, que daña al hígado y con el transcurso de los años
puede causar cirrosis. De hecho, la cirrosis debida al consumo crónico
de alcohol, en especial cuando se combina con una infección crónica
de hepatitis C, es la causa más común de cáncer del
hígado en el mundo.
Más aún, es más factible que se desarrolle una década
o más después de que una persona que padece cirrosis inducida
por el alcohol deja de ingerirlo, cuando el hígado genera células
nuevas para reparar el daño ocasionado por el licor. Claro está
que las personas que siguen abusando de él se arriesgan a un fallecimiento
prematuro por falla hepática.
Otros factores que se sabe causan cáncer del hígado son
la exposición a ciertas sustancias químicas industriales
como el cloruro de vinilo y un veneno llamado aflatoxina B producido por
el Aspergillus flavus, un hongo que crece en alimentos como cacahuetes
y otros frutos secos, arroz, frijol de soya, maíz y trigo.
La Administración de Alimentos y Medicamentos monitorea el suministro
en busca de esta toxina. Sin embargo, en el sur de China y el África
subsahariana, donde hay un consumo crónico de la aflatoxina B,
que se cree suprime el gen P53, es una de las causas principales de cáncer
del hígado.
También ha surgido la inquietud por sustancias como el estrógeno
y los esteroides anabólicos que pueden generar el desarrollo de
tumores malignos.
Una enfermedad genética llamada hemacromatosis, que provoca que
el exceso de hierro se acumule en el hígado y otros órganos,
también causa cáncer del hígado en hasta el 30% de
las personas que la padecen.
Otros factores de riesgo incluyen el tabaquismo, la diabetes y las mutaciones
en los genes BRCA1 y 2, que se relacionan con mayor frecuencia al cáncer
de mama y al de ovarios.
Los síntomas incluyen dolor en el lado derecho superior del abdomen,
que es posible que se extienda a la espalda y el hombro. Inflamación
del abdomen, pérdida de peso y del apetito, así como la
sensación de estar lleno. Debilidad o fatiga, náuseas y
vómito, fiebre, e ictericia, la cual se evidencia porque la piel
y los ojos se ponen amarillos, y la orina es de color oscuro.
Es mejor detectarlo cuando todavía es una enfermedad silenciosa
porque su diagnóstico precoz es crucial. Éste crece con
rapidez: duplica su tamaño cada cuatro meses.
Aún no hay una prueba de detección totalmente precisa. En
ocasiones, se usa un examen sanguíneo para alfa fetoproteína
(AFP), aunque otros padecimientos pueden provocar un incremento en los
niveles de AFP. El ultrasonido abdominal puede revelar precozmente un
tumor.
Si se encuentra alguna lesión sospechosa, una biopsia puede determinar
si se trata de cáncer. Si el órgano no está cirrótico
y el tumor es reducido, está confinado a un lóbulo y no
se encuentra cerca de una arteria, vena o conducto biliar principales,
se puede curar con una cirugía.
Pero si está avanzado, los tratamientos como la quimioterapia,
la radiofrecuencia y la inyección de alcohol en el tumor pueden
retrasar el avance. La cura más segura para un cáncer de
hígado diagnosticado precozmente es un trasplante.


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