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Una mirada de fe
Bodas de Oro del padre Francisco Manzoni

Los sacerdotes están muy conscientes de que han sido constituidos en ministros sagrados por el orden sacerdotal, que han sido marcados por un carácter permanente e indeleble

Publicada 30 de octubre 2005, El Diario de Hoy


Óscar Rodríguez Blanco s. d.b.*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Este 30 de octubre la Comunidad Parroquial María Auxiliadora (Don Rúa), se ha vestido de fiesta para agradecer a Dios los 50 años de vida sacerdotal del padre Francisco Manzoni. Muchos recordarán a este sacerdote recorriendo las calles de San Salvador, a bordo de una moto Vespa, para ir en busca de los enfermos que solicitaban sus servicios pastorales.

El padre Manzoni nació en Maggio de Cremeno, Italia, hace ya un poco más de 92 años, hijo de Egidio Manzoni y Teresa Combi. Ellos le enseñaron con sus palabras y ejemplos el camino que lleva hasta Dios. Los primeros años de estudio los realiza en el seminario salesiano de Ivrea, luego pasa a formar parte del ejército italiano, que lo envía a prestar servicios militares en Etiopía. Los caminos de Dios no son los nuestros, y el Señor le tenía destinada otra misión: “Ser sacerdote de Cristo” para servir a Dios y a su Iglesia en donde mejor pudiera hacerlo.

Al finalizar el servicio militar, decide ingresar al noviciado salesiano de Villa Moglia, en donde profundiza las exigencias de la vida religiosa y de la vida salesiana. Dándose cuenta de la escasez de sacerdotes en muchas naciones del mundo, solicita ser enviado a las misiones salesianas. Para suerte de él y de nosotros, le envían a trabajar a El Salvador, adonde llega el 20 de enero de 1949.

Estudia filosofía en el Instituto Don Rúa, hoy Parroquia María Auxiliadora, y la teología, en el Seminario Salesiano de Antigua Guatemala, en donde un 30 de octubre de 1955 es ungido como sacerdote. A partir de este año, se integra al trabajo pastoral en San Salvador. Trabaja tenazmente al lado del recordado padre Ambrosio Rossi para construir primero la comunidad de fieles, y con la ayuda del pueblo, levantar materialmente el Templo de María Auxiliadora.

El sacerdocio ministerial es una gracia especial que se fundamenta en la iniciativa de Dios, que llama a los que Él quiere y como quiere. No es un oficio ni una profesión, es un llamado para que todo elegido de Dios actúe en la persona de Cristo Cabeza, es decir, en el nombre y con el poder de Cristo. El sacerdocio no figura en la lista de los derechos humanos, se basa en un derecho del Señor sobre aquellos a los que El quiere elegir para ponerlos al servicio de los hombres y de su iglesia.

Al igual que el padre Francisco Manzoni, hay otros beneméritos sacerdotes de la Arquidiócesis de San Salvador que se han entregado generosamente a la obra de Dios, y que con inmensa alegría, han estado celebrando sus bodas de oro sacerdotales: Monseñor Ricardo Ayala, padre Víctor Solórzano, padre Ramón Vega, padre Armando Ricinos. Todos ellos, por la imposición de manos del obispo, quedaron configurados a Cristo sacerdote, maestro, santificador y pastor de su pueblo. Para ellos, nuestra gratitud, admiración y respeto por su fidelidad a Dios y a la iglesia.

Los sacerdotes están muy conscientes de que han sido constituidos en ministros sagrados por el orden sacerdotal, que han sido marcados por un carácter permanente e indeleble, que les hará recordar cada día que son sacerdotes de Cristo para siempre.

Su misión es anunciar el evangelio, apacentar al Pueblo de Dios, administrar los sacramentos, presidir la eucaristía, bendecir y perdonar en nombre de Dios, dirigir espiritualmente las almas y ser instrumentos de salvación para todos los hombres que buscan a Dios. La identidad del sacerdote no puede ser otra que la de Cristo. “Que los hombres nos consideren como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios” (I Cor. 4, 1).

Los sacerdotes festejados se han sentido felices y realizados en la bella, noble y sacrificada misión que Dios les ha confiado, pero también no han ignorado las cruces, contrariedades e incomprensiones que nunca faltan al ser humano. El sacerdote es un hombre escogido de entre los hombres para servir a los hombres, Dios no ha escogido a sus sacerdotes de entre los ángeles del cielo o entre los hombres más perfectos, ha escogido a hombres de carne y de hueso, con sus virtudes y defectos, y de esto, todo sacerdote es consciente.

En la Carta a los Hebreos leemos: “Es capaz de comprender a los ignorantes y a los extraviados, pues también lleva el pecado de su propia debilidad; por esta razón debe ofrecer sacrificios por sus propios pecados al igual que por los del pueblo” (Heb.5, 2-3).

Ciertamente Dios nunca dejará sin sacerdotes a su iglesia, pero hay que tener en cuenta que la cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos y hay que rogar al dueño de la cosecha “que envíe trabajadores a su mies” (MT. 9,37-38). Los sacerdotes son realmente un don inmenso que Dios ha hecho a su iglesia.


*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).
e-mail: osrobla@hotmail.com

 

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