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Pedro Roque*
El
Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Al observar lo que sucede cotidianamente en nuestro entorno, se me ocurrió
plantearme a mí y a los lectores las siguientes preguntas: ¿Qué
siente un joven cuando pisa a fondo el acelerador de su carro en un bulevar
con mucho tráfico, poniendo en peligro a otros vehículos
y comprometiendo a sus padres, pues no parece tener más de veinte
años?
¿Qué siente un motorista cuando entra en un redondel acelerando
y haciendo que el microbús se incline hasta el límite de
volcar, afligiendo a los pasajeros, sin considerar el peligro y desperdiciando
una inmensidad de combustible?
¿Qué siente un motorista de un bus repleto de pasajeros
cuando, sabiendo lo caro que está el combustible, acelera a fondo
y produce una gran nube de humo negro, para luego frenar bruscamente treinta
metros más adelante, arriesgando la vida de los pasajeros?
¿Qué siente un médico que trata fría y prepotentemente
a un paciente que busca comprensión y curación de su enfermedad?
¿Qué sienten quienes en una manifestación manchan
con pintura las fachadas de una casa o de un comercio?
¿Qué sienten los que manchan las señalizaciones de
la carretera para que los viajeros no vean las indicaciones?
¿Qué siente un comerciante que ofrece un producto o un servicio
40 por ciento por encima de su precio y amablemente reduce un 15 por ciento
de descuento, sabiendo que aún vende 25 por ciento por encima del
precio real?
¿Qué siente una persona cuando a un niño que le propone
comprar una artesanía le ofrece la mitad o menos y, aprovechándose
de la necesidad, se lo compra por debajo del precio que sabe que debiera
pagar?
¿Qué siente un funcionario cuando atiende sin la menor muestra
de interés a un ciudadano que paga sus impuestos y le dice que
vuelva mañana mientras se toma un café o conversa con sus
compañeros?
¿Qué siente el responsable de obra cuando manda poner menos
cemento en la mezcla, sabiendo que el concreto no tendrá la resistencia
adecuada y el muro no resistirá?
¿Qué siente un soldador cuando ve que las soldaduras no
unen adecuadamente las dos piezas y no las vuelve a soldar, o un mecánico
del automóvil, cuando repara una cosa y deja otra a medio hacer,
para que el cliente vuelva?
¿Qué siente el dueño de un bus cuando lo manda a
trabajar sabiendo que los frenos no funcionan correctamente y se puede
producir un accidente grave?
¿Qué siente el futbolista que, fingiendo una falta, engaña
al árbitro, este marca un penalty y con ese gol ganan fraudulentamente
el partido?
¿Qué siente una persona cuando, pudiendo ir a trabajar,
se queda en casa haraganeando y llama por teléfono aduciendo que
su niño está enfermo?
¿Qué siente alguien que busca un empleo y antes de entender
de qué trata el trabajo pregunta cuánto pagan y si le pueden
dar un adelanto?
¿Qué siente un trabajador cuando, pudiendo hacer bien un
trabajo, lo deja mal, sabiendo que después habrá problemas?
¿Qué sienten los que reciben y malgastan el dinero que manda
como remesa algún pariente que está trabajando duro y esforzándose
ilegalmente en Estados Unidos?
¿Cuánta gente prefiere estos sentimientos negativos? ¿Cuánta
gente no se da cuenta de que estas conductas son malas para ellos, la
sociedad y el país? ¿Por qué tantos salvadoreños
no prefieren disfrutar del sentimiento de agradecimiento o de la satisfacción
de haber realizado un buen trabajo y haberlo entregado a tiempo, o bien,
el sentimiento de haberse esforzado y haber hecho todo lo se pudo? ¿Qué
le está pasando a nuestra sociedad? ¿De dónde viene
tanto desarraigo e irresponsabilidad? ¿Hasta cuándo durará?
¿Cuándo cambiará?...
Parece que tenemos que reorientar con urgencia nuestras creencias básicas
y la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo bien hecho
y lo mal hecho, entre la calidad y la mediocridad y entre hacer bien un
trabajo y hacerlo a la carrera.
¿Es posible cambiar a corto plazo? Yo estoy seguro que sí.
Pero depende mucho de que en una empresa, una institución o una
comunidad decidan de verdad cambiar y se organicen para hacerlo.
Existen sistemas para cambiar esta cultura, pero se requiere, para iniciarlo,
de voluntad, dedicación, persistencia y al menos uno o dos años
de trabajo serio y consistente, sin excusas, explicando que así
somos, que esto no tiene remedio o pregonando que eso es cosa de las nuevas
generaciones.
Una excelente oportunidad de cambio son los jóvenes emprendedores,
si desde el principio se proponen no dejarse absorber por la cultura irresponsable
del es que fíjese, para explicar por qué no
hicieron lo comprometido.
Pero créanme, y ya lo hemos demostrado, que también son
una esperanza los empresarios y los adultos, que al igual que un buen
día resuelve dejar el cigarro o el alcohol, deciden cambiar la
cultura de su empresa y se ponen en serio a trabajar.
El milagro japonés de los 60, el de Corea y Taiwán de los
70, el de España de los 80 y el chino de los 90 no son milagros,
son producto de diez, 20 y 30 años de trabajo planificado y coherente...
Pues continuemos nosotros trabajando en serio y coherentemente, desde
el Gobierno y el sector privado, para terminar de definir y empezar a
consolidar el posible milagro salvadoreño de la primera década
de 2000. Si queremos, es posible.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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