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Sentimientos y milagros...

Continuemos nosotros trabajando en serio y coherentemente, desde el Gobierno y el sector privado, para terminar de definir y empezar a consolidar el posible milagro salvadoreño de la primera década de 2000

Publicada 30 de octubre 2005, El Diario de Hoy


Pedro Roque*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Al observar lo que sucede cotidianamente en nuestro entorno, se me ocurrió plantearme a mí y a los lectores las siguientes preguntas: ¿Qué siente un joven cuando pisa a fondo el acelerador de su carro en un bulevar con mucho tráfico, poniendo en peligro a otros vehículos y comprometiendo a sus padres, pues no parece tener más de veinte años?

¿Qué siente un motorista cuando entra en un redondel acelerando y haciendo que el microbús se incline hasta el límite de volcar, afligiendo a los pasajeros, sin considerar el peligro y desperdiciando una inmensidad de combustible?

¿Qué siente un motorista de un bus repleto de pasajeros cuando, sabiendo lo caro que está el combustible, acelera a fondo y produce una gran nube de humo negro, para luego frenar bruscamente treinta metros más adelante, arriesgando la vida de los pasajeros?

¿Qué siente un médico que trata fría y prepotentemente a un paciente que busca comprensión y curación de su enfermedad?

¿Qué sienten quienes en una manifestación manchan con pintura las fachadas de una casa o de un comercio?

¿Qué sienten los que manchan las señalizaciones de la carretera para que los viajeros no vean las indicaciones?

¿Qué siente un comerciante que ofrece un producto o un servicio 40 por ciento por encima de su precio y amablemente reduce un 15 por ciento de descuento, sabiendo que aún vende 25 por ciento por encima del precio real?

¿Qué siente una persona cuando a un niño que le propone comprar una artesanía le ofrece la mitad o menos y, aprovechándose de la necesidad, se lo compra por debajo del precio que sabe que debiera pagar?

¿Qué siente un funcionario cuando atiende sin la menor muestra de interés a un ciudadano que paga sus impuestos y le dice que vuelva mañana mientras se toma un café o conversa con sus compañeros?

¿Qué siente el responsable de obra cuando manda poner menos cemento en la mezcla, sabiendo que el concreto no tendrá la resistencia adecuada y el muro no resistirá?

¿Qué siente un soldador cuando ve que las soldaduras no unen adecuadamente las dos piezas y no las vuelve a soldar, o un mecánico del automóvil, cuando repara una cosa y deja otra a medio hacer, para que el cliente vuelva?

¿Qué siente el dueño de un bus cuando lo manda a trabajar sabiendo que los frenos no funcionan correctamente y se puede producir un accidente grave?

¿Qué siente el futbolista que, fingiendo una falta, engaña al árbitro, este marca un penalty y con ese gol ganan fraudulentamente el partido?

¿Qué siente una persona cuando, pudiendo ir a trabajar, se queda en casa haraganeando y llama por teléfono aduciendo que su niño está enfermo?

¿Qué siente alguien que busca un empleo y antes de entender de qué trata el trabajo pregunta cuánto pagan y si le pueden dar un adelanto?

¿Qué siente un trabajador cuando, pudiendo hacer bien un trabajo, lo deja mal, sabiendo que después habrá problemas?

¿Qué sienten los que reciben y malgastan el dinero que manda como remesa algún pariente que está trabajando duro y esforzándose ilegalmente en Estados Unidos?

¿Cuánta gente prefiere estos sentimientos negativos? ¿Cuánta gente no se da cuenta de que estas conductas son malas para ellos, la sociedad y el país? ¿Por qué tantos salvadoreños no prefieren disfrutar del sentimiento de agradecimiento o de la satisfacción de haber realizado un buen trabajo y haberlo entregado a tiempo, o bien, el sentimiento de haberse esforzado y haber hecho todo lo se pudo? ¿Qué le está pasando a nuestra sociedad? ¿De dónde viene tanto desarraigo e irresponsabilidad? ¿Hasta cuándo durará?

¿Cuándo cambiará?...
Parece que tenemos que reorientar con urgencia nuestras creencias básicas y la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo bien hecho y lo mal hecho, entre la calidad y la mediocridad y entre hacer bien un trabajo y hacerlo a la carrera.

¿Es posible cambiar a corto plazo? Yo estoy seguro que sí. Pero depende mucho de que en una empresa, una institución o una comunidad decidan de verdad cambiar y se organicen para hacerlo.

Existen sistemas para cambiar esta cultura, pero se requiere, para iniciarlo, de voluntad, dedicación, persistencia y al menos uno o dos años de trabajo serio y consistente, sin excusas, explicando que así somos, que esto no tiene remedio o pregonando que eso es cosa de las nuevas generaciones.

Una excelente oportunidad de cambio son los jóvenes emprendedores, si desde el principio se proponen no dejarse absorber por la cultura irresponsable del “es que fíjese”, para explicar por qué no hicieron lo comprometido.

Pero créanme, y ya lo hemos demostrado, que también son una esperanza los empresarios y los adultos, que al igual que un buen día resuelve dejar el cigarro o el alcohol, deciden cambiar la cultura de su empresa y se ponen en serio a trabajar.

El milagro japonés de los 60, el de Corea y Taiwán de los 70, el de España de los 80 y el chino de los 90 no son milagros, son producto de diez, 20 y 30 años de trabajo planificado y coherente...

Pues continuemos nosotros trabajando en serio y coherentemente, desde el Gobierno y el sector privado, para terminar de definir y empezar a consolidar el posible milagro salvadoreño de la primera década de 2000. Si queremos, es posible.

*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

 

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