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Breve análisis
El Salvador es inviable sin un “ajuste cultural”

La violencia es un lenguaje, un matón la utiliza para comunicarse con su entorno y elevar su autoestima. Una guerra es un intercambio violento de mensajes políticos.

Publicada 26 de octubre 2005, El Diario de Hoy

Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Oxford, Inglaterra. “Sigue la muerte de ladrones y hampones, sin saber quién los ultima. Se supone que se trata de la guerra entre bandas de delincuentes denunciada recientemente por las autoridades de policía”. Esta noticia fue publicada en abril de 1956 por un periódico nacional.

Independientemente del contenido, el parecido entre las declaraciones de los regímenes militares de hace medio siglo con lo que dicen las actuales autoridades demuestra que nuestra política de seguridad está basada en creencias o ideas a las que se les da crédito, sin analizarlas. “La ley entra con sangre” es una expresión que hace muy popular a la represión como solución al problema de la delincuencia.

Es otra creencia decir que las maras surgieron con la guerra o que las pandillas son un invento nacional. Morazán y Chalatenango, los dos departamentos que proporcionaron más combatientes a la guerrilla, son ahora los más seguros del país; la mayoría de los miembros de las pandillas no había nacido cuando había guerra, y en Estados Unidos, de donde nos llegó el problema, la cultura de pandillas es muy antigua y se estima que existen ahora 21,500 pandillas con 750,000 miembros en 3,300 ciudades.

La violencia es un lenguaje, un matón la utiliza para comunicarse con su entorno y elevar su autoestima. Una guerra es un intercambio violento de mensajes políticos. Las sociedades aprenden a optar o rechazar la violencia de acuerdo con su historia. Es la forma de gobernar y la conducta del Estado lo que educa cívicamente a los habitantes.

Cuando los padres maltratan a sus hijos, es muy probable que éstos se vuelvan violentos, igual ocurre con los habitantes cuando el Estado usa la fuerza como principal recurso para gobernar. Los salvadoreños aprendieron así a darle a la violencia un lugar privilegiado y ésta, una vez arraigada, tiene vida propia. Utilizar exclusivamente la represión en un país culturalmente violento es como pretender apagar un incendio con gasolina.

Para explicarnos mejor, dividamos la violencia en tres tipos: espontánea, organizada y anárquica. Violencia espontánea es la que se produce bajo el principio de acción y reacción, sin planificación y con medios rudimentarios.

Las protestas sociales en diferentes momentos de nuestra historia, pero con mayor énfasis en los años 70, caben en este concepto. Se pensó que la represión y los muertos las disuadirían, pero el resultado fue que pasaron de cientos a miles, y de miles a decenas de miles hasta que se perdió el control.

La violencia organizada requiere bandos con propósitos bien definidos, planificación estratégica, recursos técnicos y entrenamiento profesional. Los intentos de golpes de Estado de 1944 y 1972, en los que fuerzas del mismo ejército combatieron con armas pesadas, estarían dentro de esta idea.

Sin embargo, es la guerra de los años 80 la expresión más acabada de este tipo de violencia y fue el escalamiento militar lo que transformó nuestro conflicto en la guerra civil más larga y compleja de la historia contemporánea de Latinoamérica.

Así llegamos a la posguerra, a las maras y a la “Mano Dura” como su complemento. Ésta es la violencia anárquica, que no tiene ni dirección ni reglas ni propósitos y es ejecutada por infinidad de grupos, existía en el pasado, pero era marginal y reducida, ahora es la dominante.

Es la más peligrosa de todas y la menos susceptible de ser disuadida con la represión, sin embargo, se aplicó la misma receta. En nuestra historia están presentes los tres tipos de violencia y en tres momentos distintos se respondió con fuerza y en los tres casos se multiplicó.

Las prisiones ya se saturaron por el volumen de capturas y ahora comienzan a ser controladas por los delincuentes. El Poder Judicial no puede resolver ni siquiera algunos cientos de los casi 6000 homicidios y de las decenas de miles de otros delitos ocurridos en los últimos dos años.

Los testigos se rehúsan a ser mártires, los jueces a ser verdugos sin reglas y los policías, desesperados, comienzan a golpear y a chocar con las comunidades. La procuración de justicia ha colapsado y se debe reconocer que las maras están derrotando al Estado.

El descuido con la justicia y las prisiones resultó de la creencia de que la policía es la que debe garantizar la seguridad, cuando ésta es sólo un componente más y ni siquiera en la prevención puede actuar sola.

Considerar la seguridad como algo exclusivamente policial supone un régimen autoritario en el cual la justicia es directa y la pena de muerte se aplica de hecho.

Pero cuando se llega a esos extremos, los policías se convierten en delincuentes y el problema se agrava. Nadie puede garantizarle a los millonarios del país que quienes ahora rompen las puertas de las casas de los pobres, mañana no los secuestrarán como ocurrió en los 80. Guatemala, Argentina y México son países atormentados por policías corruptas que en el pasado torturaban y mataban autorizadas por sus gobiernos.

La violencia no tiene ideología y los derechos humanos no son para proteger a la izquierda de la derecha o a la inversa. Éstos son el pilar de la eficacia en la seguridad, porque garantizan la cooperación de los ciudadanos con las instituciones que procuran justicia. En el pasado la violencia comenzó abajo y no se le prestó atención hasta que llegó arriba.

Posiblemente se piensa que ahora se mantendrá como un problema sólo de los pobres. Sin embargo, la violencia anárquica alcanzará a las clases altas por delitos del crimen organizado, por los contactos entre vendedores de droga y niños bien, cuando se desborde de los barrios pobres y cuando rete al poder político, como ocurre en Honduras.

Lo más grave es que la violencia anárquica no tiene barreras morales, es terriblemente inhumana y no por fanatismo ideológico, sino por placer. Como dice un gran periodista de guerra mexicano: “En la guerra, aun en la más terrible, hay ciertas reglas a las cuales acogerse”. “Mientras no estés muerto, alguna oportunidad te queda todavía para convencer a tu verdugo de que no jale el gatillo, pero, ¿qué vale frente a un capo sanguinario?”.

En Colombia, cuando la guerra de Pablo Escobar contra el Estado, los narcotraficantes asesinaron a voceadores y hasta a lectores del diario El Tiempo, porque éste los atacaba. En El Salvador es todavía peor, las maras salen a matar sin ningún motivo, sólo para iniciarse o jugar. “Mano Dura” despertó a un monstruo, a la violencia pura y dura, a la que no asusta ni Rambo ni ningún general.

Por los costos económicos, por el terror que genera, por la cantidad de muertos y porque es permanente, la violencia que padecemos es peor que un desastre natural. Es difícil afrontarla y podríamos incluso estar en un punto de no retorno.

La oportunidad del corto plazo se perdió, no habrá consensos para medidas extraordinarias si no se despolariza la política, y el país se volverá inviable si no se lanza un programa de ajuste cultural que transforme a los salvadoreños en ciudadanos responsables, sólo así se podrá reducir la violencia y afrontar inundaciones, terremotos y epidemias. Esto es más importante que escuchar llamadas telefónicas de quienes sólo pretendemos ayudar al país.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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