|
Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
(Primera parte)
Don Sisebuto Lógico Másvender, ese vecino mío, prosaico
y pragmático de tomo y lomo, que exhibe una poetofobia
casi patológica, me recordó ayer que le había prometido
decir abiertamente mi opinión sobre la poesía y sobre su
utilidad, si es que sirve para alguna otra cosa según
sus retadoras palabras, que no sea perder el tiempo inútilmente.
Como don Sisebuto comulga con el pensamiento políticamente
correcto y por lo tanto es agnóstico, positivista y laicista,
decidí, para empezar, espantarle a él, al burgués
y a los poetas del establishment anticonformista y revolucionario,
que son los más conformistas y los menos revolucionarios. Y así
comienzo por asentar, cuasi-dogmáticamente, que el genio poético
es un don del Espíritu Santo, o sea del amor divino, del Don Supremo
del que proviene todo don.
Diré después que seguir haciendo poesía a estilo
Roque Dalton, Mario Benedetti o Nicanor Parra ya no es inconformismo ni
revolución ni novedad, sino todo lo contrario.
Existen fabricantes de poemas, duchos en las técnicas de la métrica
y de la ritma. Muchos de ellos son consumados artífices. Sus producciones
son agradables de leer, pero... ¡no son poesía! Y abundan
ahora, muchos más, entre los que creen haber descubierto lo que
ellos llaman versos libres. Escriben cualquier idea o sentimiento
vulgar, la parten en trocitos irregulares, van colocando esos fragmentos
unos debajo de los otros y ¡ya está! Pues no, no está.
Tampoco es eso el verso libre. Entonces ¿cuándo se puede
decir que un poema es verdadera poesía? Vuelvo al escándalo
del Espíritu Santo: cuando es un don. Un don muy especial por el
cual se encuentra y se canta la belleza, allí donde el común
de la gente no la ve o no sabe expresarla. Es un don que alguien recibe
no por mérito ni esfuerzo suyo, sino porque sí, gratuitamente.
Uno de esos lectores que me mandan e-mails me argumentaba que cómo
iba a ser un don divino el genio poético, que si yo no conocía
a Baudelaire y los poetas malditos, a los que son ateos, a los que no
tocan para nada el tema de Dios o de él abominan, etc. Desde luego
el Espíritu Santo no me ha mandado un e-mail, ni a mí ni
a nadie, testificando que él sea el dador de ese don. Pero, en
cambio, sentirlo como algo divino, ya sea a través de una musa,
un daimon, un ángel o como se quiera llamar, sí es experiencia
de muchos de los mejores poetas.
Gabriela Mistral lo afirma claramente en su Decálogo del
artista. El primero de esos diez mandamientos suyos dice: Amarás
la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo. Y en el
segundo, proclama: No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador,
lo afirmarás creando a su semejanza. Y aquí, en este
segundo está insinuada la respuesta a los que niegan o se escandalizan
de que el don poético sea de origen divino. Es no entender cómo
es el amor y la liberalidad de Dios. Es tener un pobre concepto de Él.
En buena teología, el don creador de todo artista está bajo
las mismas leyes que ese otro don divino: el de la libertad. Una vez recibidos,
la libertad y el don de la creación artística, se pueden
utilizar hacia Dios o contra Dios, para cantar al amor humano o al divino,
para ensalzar a la naturaleza, para dolerse con la desgracia humana, o
para malgastarlo en frivolidades, pero mantienen su esencia. La libertad
siempre será libertad, aun la mal empleada. Y el genio poético
lo será, cualquiera que sea el fin al que se aplique. Ni por ser
santo ni por ser demonio se es artista o poeta.
Una buena persona puede hacer unos versos malísimos. Otro puede
blasfemar de Dios en unos ripios también infames. Ni Neruda ni
Roque Dalton son grandes poetas por ser comunistas, ni lo son Fray Luis
de León por ser buen cristiano o San Juan de la Cruz por ser santo.
García Lorca decía: Soy poeta por la gracia de Dios
y de la técnica. Porque el don también necesita, después,
el trabajo sobre lo inspirado, labrando la belleza como el escultor sobre
el bloque de mármol. Eso sí, un poema en concreto puede
estar purificado o ensombrecido, incluso prostituido y malogrado según
la técnica, el uso y la finalidad que el poeta haga de su don.
Y en este sentido conviene advertir que cuando un poeta se pone a servir
a la política de Gobierno o de partido, se prostituye y decae.
Léase, si no, los versos de Neruda en honor de Stalin o contra
el mariscal Tito: ripios lamentables.
También en Roque Dalton, lo que tendrá más vigencia
y durabilidad será aquello menos contaminado de oportunismo y sectarismo
partidarios. A través de Francisco Andrés Escobar, que sabe
de estas cosas, me amparo en lo que él comenta de Claudia Lars
y de Hugo Lindo. Dice la insigne Claudia: Poeta soy... y vengo,
por Dios mismo escogida,// a soltar en el viento mi canto de belleza,//
a vivir con más alto sentido de nobleza,// a buscar en la sombra
la verdad escondida.//¡Y las fuerzas eternas que rigen el destino//
han de volverme polvo, si equivoco el camino!.
Y Hugo Lindo decía: ¡Persigo el bien. Persigo la verdad.
Persigo la belleza!. En estas palabras de Claudia y de Hugo hay
cosas profundas que me gustaría comentar, pero mi espacio disponible
se acaba. Lo siento por don Sisebuto que tendrá que esperar hasta
el próximo lunes, aunque se enfurezca.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

|