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Punto de vista
Después de la tormenta

El agua, que todo lo descubre, nos ha dejado lugares en los que no será posible volver a construir. Ha sacado a la luz pública compañías constructoras que han vendido terrenos mal cimentados

Publicada 22 de octubre 2005, El Diario de Hoy


Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Una vez más nos han zarandeado catástrofes naturales. Gracias al esfuerzo de muchos y a la educación que poco a poco ha calado, las cifras de muertos que han dejado tras de sí Ilamatepec y Stan han sido mucho menores.

Los daños materiales y el número de personas que perdieron todo son considerables. La labor de reconstrucción y las necesarias obras para la prevención, la adecuación del Gran San Salvador para drenar eficazmente el agua, pero sobre todo la necesidad de crear una mentalidad de prevención son ingentes.

Sin embargo, el hombre propone y Dios dispone: vivir en el trópico volcánico siempre nos hará sujetos de riesgo: terremoto, erupción o huracán… para escoger. Pero así es la vida. Este pedacito de tierra en el que nos tocó vivir es un poco más inestable de lo que nos gustaría, y por eso debemos aprender a afrontar la naturaleza previniendo las catástrofes y reaccionando cuando sea imposible evitarlas.

La comunidad internacional y la empresa privada se han volcado en la ayuda. Los albergues han estado provistos de los artículos más necesarios, y de alimentación. Si nos pusiéramos a dar las gracias pretendiendo no dejar a nadie fuera de la lista, no alcanzarían las páginas de esta edición del periódico para hacerlo.

Entre todos los que han ayudado, de nuevo España se ha llevado el primer lugar en generosidad. Durante el período de la emergencia, la Agencia Española de Cooperación Internacional ha hecho llegar al país una gran cantidad de ayuda material; para la reconstrucción ha prometido sesenta y cinco millones de dólares para Guatemala y El Salvador (adicionales a los cuarenta que nos proporciona anualmente), amén de las promesas de los gobiernos de las Autonomías Españolas.

Además, esta semana tuvimos la cuarta visita de la Reina Sofía al país. Esta vez, como las otras anteriores, la Reina no ha venido con las manos vacías; aunque más que la ayuda, es muy de agradecer su actitud, por la que hemos constatado que no importa tanto lo que a uno le den, como el modo en que se lo dan: ha mostrado que es una Señora, atendiendo con calidez y comprensión a todos los que tuvo oportunidad de visitar.

Sus gestos no son nuevos. Cada vez que se acerca a la gente lo hace de verdad. Lo he podido comprobar personalmente en otras ocasiones.

Ahora estamos adentrándonos en la senda de la reconstrucción. La experiencia de naciones que han padecido grandes desastres ha mostrado que el desarrollo no depende sólo de factores económicos y de la acción estatal; además de estos dos elementos, cuenta sobremanera el trabajo de todos los ciudadanos y el compromiso personal en la reconstrucción.

Así como tenemos historial de catástrofes, también lo tenemos de un aprovechamiento responsable de la ayuda inmediata (la material, la que sirve para salir de la emergencia), y de la ayuda financiera que llega al país después de la tragedia. También por eso el país es sujeto de ayuda cuando se necesita, y generamos confianza en que las cosas se aprovecharán bien.

El agua, que todo lo descubre, nos ha dejado lugares en los que no será posible volver a construir. Ha sacado a la luz pública compañías constructoras que han vendido terrenos mal cimentados. Ha mostrado la alegría innata de los salvadoreños y su infinita confianza en Dios. Ha desvelado la mejor cara de la juventud solidaria, de los socorristas anónimos, pero también de los políticos aprovechados que se han ganado el repudio de los mismos a quienes pretendían ayudar porque, como no son tontos, descubrieron pronto al lobo bajo la piel de oveja.

Ha puesto en vitrina la solidaridad internacional y la capacidad de los salvadoreños, ya no sólo para aguantar estoicamente los embates de la naturaleza, sino, para prever, organizarnos y paliar los efectos mortales de los fenómenos naturales.

Los polvorientos buses que circulan por las carreteras a veces sirven de cartelera para los filósofos populares, como uno que vi hace poco, en el que el sabio improvisado había escrito con el dedo: “Dios hace milagros, pero no lava buses…”. Es decir: Ayudémonos, que Dios nos ayudará. Trabajemos cada uno su parte, que la Providencia no nos dejará de su mano.
Para concluir: “Es de bien nacidos, el ser agradecidos”. Me parece que interpreto un sentimiento popular, si aprovecho para agradecer a tantas personas que nos han ayudado en estas circunstancias tan difíciles. Gracias, entonces, y como dice nuestra gente: “Que Dios se lo pague”.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

 

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