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Conversando
Sexismo en el lenguaje

Según las feministas, los culpables del sexismo o del androcentrismo o del patriarcalismo -como quiera llamársele- es el sexo opuesto: el hombre. Alegan que el macho las tiene marginadas y humilladas

Publicada 22 de octubre 2005, El Diario de Hoy


Carlos Sandoval*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

( y tercera parte)
El tema del feminismo es delicado, complejo y difícil. No se debe abordar en una sola dirección, sino en varias. Tampoco se puede partir de certezas, sólo de supuestos y no se llega a su corazón, sólo a la periferia.

Es como la toma de Jericó: hay que ir rodeándolo en forma de círculos concéntricos. Es posible que más adelante, cuando ya se tenga claro su objeto y su método de investigación, se pueda ir despejando y aclarando su campo de estudio. Por el momento, repito, todo está en la etapa de las conjeturas.

Digo lo anterior, porque el tema de la feminización me tiene en verdad perplejo. O yo no entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba entendiendo. Por eso es necesario analizar todas sus partes, como un relojero, para ver si es posible desentrañar su mecanismo. Lo único seguro que hay, es que nada está seguro. Unas veces se dice que su objetivo es cultural; otras, jurídico y, algunas veces, político.

Por los escritos que he leído me parece que ni las mismas feministas tienen claro su objetivo. O si lo tienen, es en forma muy vaga y equívoca. ¿Derechos políticos? ¿Derechos sociales?¿Derecho a su identidad?¿Derecho a la libertad?¿Derecho a cambiar el lenguaje tradicional?¿Derecho al sexo libre? Por otra parte es claro que todavía no han identificado las causas del sexismo, lo que obstaculiza la solución de sus problemas. En este tercero y último conversatorio, quiero referirme a la causa del sexismo.

Según las feministas, los culpables del sexismo o del androcentrismo o del patriarcalismo —como quiera llamársele— es el sexo opuesto: el hombre. Alegan que el macho las tiene marginadas y humilladas. Pero a mí me parece que la trama es mucho más grave y radical, pues el hombre no ha creado la vida, sino que la encuentra hecha.

No escoge, ni siquiera, la forma de vida que quiere, sino la que le impone un código de conducta moral y religiosa; ni el sexo que prefiere, sino el que le asigna la biología. Lo que se debe hacer, entonces, es estudiar el problema en forma estructural, verlo en su totalidad y no sólo de un lado.

Voy a partir, en esta nota, de la siguiente hipótesis: la causa del sexismo es la religión, o sea, el conjunto de creencias que asumen una dimensión trascendental —con frecuencia, sobrenatural— en el mundo y que entrañan una práctica o ritual y un orden social, al tiempo que sancionan una moral determinada para sus fieles (Salvador Giner, Sociología).

En forma parecida lo define el diccionario de la Real Academia Española, con el único agregado del sentimiento de veneración y temor. Para Marx, la religión es “la conciencia del mundo invertida”, es decir, un simple “reflejo fantástico”. Y eso que el “Moro” —como lo llamaban cariñosamente sus hijas— no sabía que la humanidad ha producido alrededor de 100 mil religiones, según el antropólogo Anthony Wallace, destinadas a dejar las cosas en el misterio.

La religión supone una dicotomía entre el mundo de lo sagrado y lo profano. Y lo primero que impronta nuestra conciencia es la enseñanza temprana acerca de seres sobrenaturales tales como ángeles, paraísos, cielos, infiernos, demonios y dioses (si la religión es politeísta como el hinduismo) o Dios (si es monoteísta como el cristianismo, judaísmo e islamismo).

Estas fuerzas y entidades sobrenaturales, quiérase o no, se relacionan con lo natural, lo profano. Consideramos sagrado, lo que es bueno y diabólico, lo que es malo. Dentro de esta categoría de valores —de lo santo y lo profano, del bien y del mal—, hemos sido creados y educados.Troquelados, como dicen los etólogos.

La educación religiosa que recibimos, desde la cuna, consiste en que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios; luego, de la costilla del hombre, hizo a la mujer, para que “procreara” y “ayudara al hombre”. Así lo relata la cosmogénesis bíblica, la que tal vez las feministas han olvidado o no se quieren acordar, a pesar de ser, en su mayoría, feligresas (fili eclesiae).

Después, del pecado de desobediencia de Eva, vivieron todos los castigos colectivos, como el de la confusión de las palabras y la maldición del sexo, pues lo malo es la carne femenina, no la de los cerdos, los bueyes y las gallinas. Y si la religión permite el sexo entre un varón y una hembra es por motivos de procreación, no por amor.

Para colmo, la unión entre el varón y la hembra sólo se debe dar con la bendición de la Iglesia. De lo contrario, es un matrimonio pecaminoso e inmoral. Lo simpático es que el sacerdote dice, en cierto momento de la ceremonia y ante todos los asistentes: “Esposa te doy”, como que si la mujer fuera esclava u objeto de enajenación.

Por eso, tal vez, los hombres creen —por lo menos en esa ocasión—, en la orden sacerdotal: tomar a la mujer, no como su compañera, sino como propiedad privada o posesión absoluta. No se toma en cuenta que su cuerpo está signado por la delicadeza de su piel, la suavidad de su voz y la redondez de sus senos; el del hombre, en cambio, por los bíceps de sus brazos, su anatomía musculosa y la rudeza de sus movimientos.

El fundamento de la discriminación por razón de sexo está, pues, en la doctrina, la moral, los ritos, los dogmas, los mitos y los catecismos de las religiones.

*Colaborador de El Diario de Hoy.
carlossb48@latinmail.com

 

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