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María A. de López
Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Esperando mi vuelo, en el aeropuerto de San José, pude escuchar
(a medias, como comprenderán), parte de la inauguración
de la Cumbre Iberoamericana.
Y, aunque me es imposible citar las frases textualmente, deseo comentar
cuánto me sorprendieron las palabras del Presidente del Gobierno
Español, Rodríguez Zapatero, sobre la imperativa necesidad
de que se establezca, en los gobiernos iberoamericanos, una cultura de
valores y principios, de conductas éticas y de integridad.
Coincido total y absolutamente con esas palabras
pero no con quien
las pronunció. Veamos por qué.
Lo bueno: que en un foro como ése, haya habido una mención
específica a la necesidad de combatir lo que es la raíz
y origen de todos nuestros males: la miseria moral en la que hemos caído,
la tolerancia injusta e injustificada de conductas oprobiosas
y delictivas; el aplauso, la admiración por individuos amorales
e inmorales y el privilegiar el tener por encima del ser. ¡Errores
todos que deben ser erradicados!
Lo malo: la doble moral del señor Rodríguez Zapatero. En
esa ocasión clamó por principios, valores, ética
e integridad, pero en su desempeño gubernamental ha propuesto,
defendido e implantado leyes contrarias no sólo a lo que ahora
invoca, sino a la naturaleza misma, como es el equiparar (en dignidad
y derechos) el matrimonio de un hombre y una mujer (pilar fundamental
de la familia, que a su vez es la base de la sociedad) con el ayuntamiento
de dos hombres entre sí, o dos mujeres entre sí.
Lo feo: su permanente cabildeo en favor del dictador Castro (y compinches),
campeón violador de los muy traídos y llevados derechos
humanos. ¡Pequeño detalle que fue oportunamente olvidado!.
Sinceramente, no tengo ningún interés (ni credenciales)
para criticar al Presidente español. Por el contrario, desearía
tener muchísimas razones para alabarle, ya que pertenezco a esa
anticuada generación que genuinamente consideramos
a España como la Madre Patria y agradecemos lo que ésta
hace por nosotros, no sólo en momentos trágicos, como los
actuales, sino desde 1492.
Soy de los que celebramos nuestra Independencia con amor a El Salvador,
nunca con rencor al reino donde no se ponía el sol.
Desearía, pues, que esa querida nación estuviera gobernada
por alguien a quien también pudiera admirar y respetar.
Desafortunadamente, la doble moral sólo merece críticas.
Y cuando es un jefe de Estado quien hace gala de ella de manera pública,
la crítica se vuelve obligatoria.
La mencionada Cumbre ha sido criticada por muchos y por muy diversos motivos.
Quienes sí tienen credenciales para analizar un evento como éste
lo han considerado falto (de objetivos, de fundamentos, de
conclusiones, de decisiones, de
¡usted diga!).
No podría ser de otro modo, cuando el anfitrión lanza un
discurso incongruente con sus acciones. El señor Rodríguez
Zapatero joven, carismático, inteligente, poderoso
podría haber liderado una verdadera transformación hacia
la cultura de la integridad, si a esas cualidades añadiera la estatura
moral requerida. Pero, para eso, es imperativo tener congruencia de sentimientos,
pensamientos, palabras y acciones. ¡Congruencia de la que él
carece! ¡Qué triste desperdicio!
Lo que no debe desperdiciarse es la moción de transformar a nuestros
gobiernos en instituciones de las cuales podamos sentirnos orgullosos,
porque están constituidas por personas de bien, capaces, honestas
y con espíritu de servicio.
Esta moción debería convertirse en un tema prioritario y
estratégico para los países latinoamericanos y, en especial,
para El Salvador.
Realmente, debería ser la piedra angular de nuestros programas
de Gobierno. Porque tenemos infinitas y graves necesidades, pero jamás
vamos a satisfacerlas mientras impere la animalada (de políticos
y civiles, de ricos y pobres) y nos neguemos a tomar en serio nuestras
responsabilidades individuales. ¡Debemos comprometernos totalmente
con una cultura de ética y cumplimiento del deber!
Recordemos que todo conglomerado vale con relación a las
personas que lo constituyen. Para que El Salvador ocupe el sitial
que deseamos, sus ciudadanos debemos ser respetables. Y siendo un país
pequeño, la tarea no es imposible; pero se necesita de un líder
que se decida a impulsar ese cambio de mentalidad.
Sí, un líder también joven, carismático, inteligente,
que detente el poder y sea congruente, que tenga unidad de vida, principios
y valores.
Yo creo que aquí tenemos ese líder. ¿Tomará
el reto?
*Columnista de El Diario de Hoy.

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