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El Diario de Hoy
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elsalvador.com
En un mundo que está dando tumbos en el campo económico,
es alentador lograr índices positivos de crecimiento, una señal
de que dentro de lo posible las cosas van bien.
Hay sin embargo casos excepcionales, como el de China continental, que
en los últimos tres o cuatro años ha superado un siete por
ciento anual, lo que constituye un milagro económico.
¿Cuál es el secreto chino? En palabras de algunos de sus
dirigentes, la fórmula está en la economía
socialista de mercado. O poniéndolo en términos muy
en boga, un neoliberalismo marxista.
Y en esto, como señaló von Hayek, al concepto sólido
y sustancioso, mercado y neoliberalismo, se le agrega el apéndice
político, en este caso lo de socialista, marxista o social.
Lo lamentable es que haya tantas personas que sigan hipnotizadas con la
propaganda de la izquierda, que nos coloca teóricamente en el peor
de los mundos: uno donde los ricos son cada vez más ricos, y los
pobres, más pobres.
Por si algunos no lo saben, la idea viene de Carlos Marx, pero fue pulverizada
por Boehm-Bawerk hace más de ciento treinta años.
La experiencia es la contraria: los pobres en los países con alguna
medida de capitalismo son cada vez menos pobres, al igual que las empresas
que les sirven son cada vez más grandes y numerosas.
Sobran testimonios al respecto. Hasta los años cincuenta, en las
ciudades del país, y no digamos en las zonas rurales, la gente
iba descalza o con caites, vistiendo sus cotones
de manta, con muy escasas posibilidades de incorporarse a la producción
organizada. Hoy, por el contrario, grandes sectores laboran en fábricas
y empresas, y la movilidad social es una de las características
notables de nuestra vida como nación. Y si hay un incremento porcentual
muy alto en la natalidad, se debe precisamente a que han mejorado las
condiciones de vida.
El vaso medio lleno que toca rebalsar
Aunque los gobiernos han hecho cosas muy buenas, les falta todavía
superar el desastre ocasionado por las reformas de los Años Ochenta
y de la agresión comunista, y no acaban de modernizar el Estado.
Piénsese que de no haber sido por la guerra los salvadoreños
tendrían un nivel de vida el triple de lo que es ahora; antes de
la catástrofe nuestro país estaba despuntando como un productor
de componentes electrónicos y la agroindustria era una esperanza
muy real para nuestro pueblo.
Podríamos estar mucho mejor, pero también muchísimo
peor, como los cubanos, o los nicaragüenses que no consiguen sobreponerse
a las truculentas sinvergüenzadas de los sandinistas y los desmanes
del expresidente Alemán. El santo Escrivá de Balaguer dijo
que edificar una catedral puede tomar siglos, pero destruirla es cosa
de un instante, como nos devastaron durante la Década de los Ochenta.
Argentina, como ejemplo, no consigue quitarse de encima la nefasta herencia
del populismo peronista.
Pongamos todos empeño en sacar adelante a El Salvador, en capacitarnos
para ser más productivos y eficientes, en superar el desaliento.
El vaso está medio lleno, no medio vacío, y nos toca a nosotros
rebalsarlo.

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