elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Una mirada de fe
Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios

Hoy día sigue siendo difícil para muchos cristianos el saber conjugar sus deberes religiosos y ciudadanos, sobre todo, cuando la autoridad política se ha querido meter en el terreno religioso

Publicada 16 de octubre 2005, El Diario de Hoy


Óscar Rodríguez Blanco s. d.b.*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

En los tiempos de Jesús existía un grupo religioso muy respetado y pudiente en toda la sociedad judía: los fariseos, descendientes de los judíos que habían regresado de la cautividad de Babilonia.

Entre sus creencias estaban la inmortalidad del alma y la resurrección de la carne. Confiados en sí mismos se habían construido un tipo de santidad basado en reglas, ayunos y compromisos de ayuda social, esperando de Dios una recompensa. Conocían todo lo referente a Dios, no ignoraban la ley ni los profetas y anhelaban una perfección moral.

Lastimosamente, se creían superiores a los demás, les miraban con desprecio. Teniendo las mismas debilidades humanas de los que no eran fariseos, no lo admi-tían y sólo aparentaban el cumplimiento externo de numerosas prácticas religiosas. Eran adversarios de Jesús y conservaban una actitud hostil contra sus enseñanzas, trataban de buscar pretextos para hacerle caer en alguna trampa y tener de qué acusarle ante las autoridades.

El evangelio que se proclama hoy en la liturgia eucarística nos presenta una polémica surgida entre Jesús y los fariseos, que para esta ocasión se habían aliado con los partidarios de Herodes. La discusión surge por una pregunta capciosa hecha con falsa humildad y mala intención: Maestro, queremos que nos digas, ¿está contra la ley pagar el impuesto al César? ¿Debemos pagarlo o no?

Esta pregunta lleva una malicia descarada con la que quieren comprometer a Jesús. Los fariseos se oponían tenazmente a los romanos, y si Jesús les daba una respuesta afirmativa, le podían acusar de colaborar con el poder extranjero que les estaba explotando y con un emperador que se atribuía funciones reservadas a Dios. Si la respuesta era negativa, los herodianos le podían acusar de revolucionario y de rebelde con las autoridades.

Jesús no se inquieta por la pregunta, pide una moneda romana con la cara del emperador, que los mismos fariseos utilizaban en sus compras, y les da una respuesta muy inteligente, que sin meterse en cuestiones de política, les obliga a conjugar dos cosas, la que ellos pedían y la que no pedían: “Devuelvan, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Esta respuesta clara y sin tintes políticos les obliga situar cada cosa en su lugar.

Los fariseos querían comprometer a Jesús con una respuesta partidista, pero Él no se mete a discutir si la ocupación militar que tienen los romanos sobre los judíos, es justa o es injusta. Cristo pagaba el impuesto y enseñaba a sus discípulos a cumplir con este deber. Le preguntaron: El maestro de ustedes, ¿no paga el impuesto? y Pedro respondió: Claro que sí. (MT.17, 24). “Al primer pez que pesques ábrele la boca, y hallarás en ella una moneda de plata. Tómala y paga por mí y por ti” (MT.17, 27).

La respuesta de Jesús va mucho más allá de cumplir con un deber ciudadano, también hay que “dar a Dios lo que es de Dios”. El compromiso con los deberes patrios no agota la dimensión del ser humano, los deberes ciudadanos están subordinados a los deberes para con Dios. Cuando se tiene que optar entre obedecer al “César” y obedecer a “Dios”, se debe tener en cuenta que Dios está sobre todas las cosas.

Pedro y los apóstoles contestaron con firmeza a las autoridades que les mandaban callarse y no difundir la doctrina de Cristo: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch.4, 19). “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Si repasamos la historia del cristianismo, nos daremos cuenta de que hasta el presente se pueden contar por miles los hombres y mujeres que han muerto por no querer “obedecer al César”, defendiendo los valores de su fe.

Hoy día sigue siendo difícil para muchos cristianos el saber conjugar sus deberes religiosos y ciudadanos, sobre todo, cuando la autoridad política se ha querido meter en el terreno religioso, o cuando pastores de diversos credos religiosos han querido mandar en lo político y económico confundiendo el papel de Dios y del César. El poder político es una cosa, y la misión que nos ha dejado Cristo es otra. Hay que guardar el justo equilibrio, una cosa no excluye a la otra.

Un cristiano debe ser consecuente en su vida civil y profesional, y debe cumplir con el deber de dar el voto, respetar las normas civiles, pagar los impuestos, respetar las leyes de tránsito, participar en política, darse un descanso del cuerpo, etc., es decir, “dando al César lo que es del César”, sin olvidar que también que hay que dar a “Dios lo que es de Dios”, lo que a Él corresponde, sin descuidar los bienes de la fe, la oración, la solidaridad cristiana para con los pobres, el respeto por la vida, la dignidad de la persona humana, centralidad de la Palabra Divina, la eucaristía, la vida eclesial, etc.

La distinción entre lo que debemos “dar al César” y lo que debemos “dar a Dios” exige una conciencia cristiana, bien formada, bien madura, bien equilibrada, para no perder nuestra dimensión cristiana de ser honrados ciudadanos sirviendo a la Patria sin olvidar que lo primero es Dios.

*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).
e-mail: osrobla@hotmail.com

 

elsalvador.com WWW