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Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Cuadros desgarradores aparecidos en los medios de comunicación,
durante los días en que el cielo diluvió, dejando una estela
de dolor con el huracán Stan, estremecían la
última fibra de nuestro ser. Familias enteras soterradas, y sus
familiares en desconsolado llanto. Una joven madre destrozada por el sufrimiento
ante su tierna hija sepultada en un deslave. Una pequeña, Jennifer
Vanesa, enlodada y herida, símbolo de la lucha por la vida, sobreviviente
de un alud en el que perecieran sus dos hermanitos.
Tristemente, los que salen perjudicados en estas tragedias son nuestros
más sufridos ciudadanos, los de más escasos recursos, que
por sus pobrezas se ven obligados a vivir de forma peligrosa e infrahumana,
a orillas de los ríos, al pie de grandes despeñaderos, y
lugares de alto riesgo, y por ende están de continuo expuestos
a estos espantosos acontecimientos, que se acrecientan cada día
más en el mundo, por la despiadada destrucción de la naturaleza
y el recalentamiento global.
Es en estos momentos de conmoción, la sociedad entera, como una
sociedad generosa y misericordiosa, debe solidarizarse y sentirse parte,
responsabilizándose en desinteresada ayuda para favorecer a nuestras
víctimas, reconociendo que toda vida tiene gran valor, no sólo
las vidas de los fuertes, los sanos y poderosos.
Las clases productivas: grandes, medianos y pequeños empresarios,
agricultores, ganaderos, comerciantes, industriales, profesionales, políticos
y sociedad en general debemos reconocer que todos necesitamos de todos
como en un intrincado laberinto de una verdad irrefutable, que redunda
en el progreso y beneficio general, derivado de esa necesidad que tenemos
unos por otros, y que es de donde nace la ley de la oferta y la demanda.
Unos ofrecen, los otros consumen, beneficiándose mutuamente.
Es así como un zapatero, para que su negocio sea rentable, necesita
de todas las clases sociales de la ciudadanía, para vender sus
zapatos; los panaderos, su pan; los agricultores, los granos básicos;
los constructores, sus viviendas; las costureras, sus trajes; las maquilas,
sus productos; los restaurantes, su comida; los supermercados, los alimentos;
los profesionales, sus servicios... bueno, la lista es interminable. Pero
sirvan estas muestras de ejemplo, de que tanto necesita el poderoso del
débil, como el débil del poderoso. Definitivamente todos
vivimos de todos, porque así como somos unos los proveedores del
sustento de otros, éstos son los pro- veedores para nosotros.
Debe reconocerse entonces, que los 50 mil damnificados son nuestros directos
o indirectos proveedores, los que nos dan de comer, ya sea comprando lo
que producimos o comerciamos, o bien, trabajando para nosotros, en nuestras
empresas, fábricas, haciendas, oficinas, casas, por lo que es menester
proporcionarles nuestro máximo esfuerzo, solidarizándonos
con ellos. Los cuerpos de rescate, de seguridad y socorristas anónimos,
quienes heroicamente han expuesto hasta sus vidas para sacarles adelante,
son un ejemplo de solidaridad.
He pensado que una forma de ayuda sería una maratón musical
con artistas nacionales. Me comuniqué con el director de la Orquesta
Hermanos Cárcamo, Roberto Cárcamo, quien conoce
a todos los artistas salvadoreños, proponiéndole organizar
ésta para los próximos días. Se mostró encantado,
acogiendo la idea entusiasmado y el proyecto está en marcha. Ojalá
esto pueda lograrse y sea un éxito monetario. Incito a todo artista
a colaborar.
Sabemos que contra la fuerza de la naturaleza, somos impotentes. Pero,
cuando ésta golpea, debemos entregarnos a Dios con fe. Para Él
nada es imposible y en cualquier sufrimiento Él se hará
presente. El poeta francés Paul Claudel dice: Dios no ha
venido a suprimir el sufrimiento. Ha venido a llenarlo con su presencia.
Quedan muchas cosas oscuras sin explicar; pero hay una cosa al menos que
no podemos decirle a Dios: Tú no sabes lo que es sufrir.
El escritor T. Toth nos ayuda a entender por qué en todo momento
de dolor debemos recordar que quien se sabe Hijo de Dios no debe temer:
Un barco de vela se encontraba en medio de una tempestad, traído
y llevado por el fuerte oleaje. Los pasajeros gritaban aterrados. Solamente
un niño seguía jugando despreocupado en el peligroso vaivén
vertiginoso: era el hijo del timonel.
El buque logró salvarse y los pasajeros preguntaron con curiosidad
al niño cómo había estado tranquilo en medio del
peligro, cuando ellos estaban espantados. ¿Temer?, contestó
el niño. ¡Pero si el timón estaba en manos de mi padre!.
Elie Wiesel, escritor judío, Premio Nóbel de la Paz y superviviente
del campo de exterminio en Auschwitz, relata lo siguiente: Los nazis
colgaron allí a un joven judío delante de todos los internados
en ese campo. La agonía duró media hora. Detrás de
mí, un hombre preguntó varias veces: ¿Dónde
está Dios?, ¿Ahora, dónde está Dios? Yo oí
una voz interna que me contestaba..: Aquí estoy... ahorcado en
el patíbulo.
La respuesta que Wiesel oyó dentro de sí es la misma que
nos da el Evangelio en Jesús el crucificado: Dios ha hecho suya
la muerte de los inocentes de todos los tiempos. La respuesta de
Dios está en Cristo. Dios nos habla de sufrimiento; entra en el
sufrimiento, se hace sufriente. La respuesta de Dios no es una explicación,
sino una solidaridad.
* Columnista de El Diario de Hoy.

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