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Dante la tragedia
Diluvio de dolor

Es en estos momentos de conmoción, la sociedad entera, como una sociedad generosa y misericordiosa, debe solidarizarse y sentirse parte, responsabilizándose en desinteresada ayuda para favorecer a nuestras víctimas

Publicada 10 de octubre 2005, El Diario de Hoy


Evangelina del Pilar de Sol*

El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Cuadros desgarradores aparecidos en los medios de comunicación, durante los días en que el cielo diluvió, dejando una estela de dolor con el huracán “Stan”, estremecían la última fibra de nuestro ser. Familias enteras soterradas, y sus familiares en desconsolado llanto. Una joven madre destrozada por el sufrimiento ante su tierna hija sepultada en un deslave. Una pequeña, Jennifer Vanesa, enlodada y herida, símbolo de la lucha por la vida, sobreviviente de un alud en el que perecieran sus dos hermanitos.

Tristemente, los que salen perjudicados en estas tragedias son nuestros más sufridos ciudadanos, los de más escasos recursos, que por sus pobrezas se ven obligados a vivir de forma peligrosa e infrahumana, a orillas de los ríos, al pie de grandes despeñaderos, y lugares de alto riesgo, y por ende están de continuo expuestos a estos espantosos acontecimientos, que se acrecientan cada día más en el mundo, por la despiadada destrucción de la naturaleza y el recalentamiento global.

Es en estos momentos de conmoción, la sociedad entera, como una sociedad generosa y misericordiosa, debe solidarizarse y sentirse parte, responsabilizándose en desinteresada ayuda para favorecer a nuestras víctimas, reconociendo que toda vida tiene gran valor, no sólo las vidas de los fuertes, los sanos y poderosos.

Las clases productivas: grandes, medianos y pequeños empresarios, agricultores, ganaderos, comerciantes, industriales, profesionales, políticos y sociedad en general debemos reconocer que todos necesitamos de todos como en un intrincado laberinto de una verdad irrefutable, que redunda en el progreso y beneficio general, derivado de esa necesidad que tenemos unos por otros, y que es de donde nace la ley de la oferta y la demanda. Unos ofrecen, los otros consumen, beneficiándose mutuamente.

Es así como un zapatero, para que su negocio sea rentable, necesita de todas las clases sociales de la ciudadanía, para vender sus zapatos; los panaderos, su pan; los agricultores, los granos básicos; los constructores, sus viviendas; las costureras, sus trajes; las maquilas, sus productos; los restaurantes, su comida; los supermercados, los alimentos; los profesionales, sus servicios... bueno, la lista es interminable. Pero sirvan estas muestras de ejemplo, de que tanto necesita el poderoso del débil, como el débil del poderoso. Definitivamente todos vivimos de todos, porque así como somos unos los proveedores del sustento de otros, éstos son los pro- veedores para nosotros.

Debe reconocerse entonces, que los 50 mil damnificados son nuestros directos o indirectos proveedores, los que nos dan de comer, ya sea comprando lo que producimos o comerciamos, o bien, trabajando para nosotros, en nuestras empresas, fábricas, haciendas, oficinas, casas, por lo que es menester proporcionarles nuestro máximo esfuerzo, solidarizándonos con ellos. Los cuerpos de rescate, de seguridad y socorristas anónimos, quienes heroicamente han expuesto hasta sus vidas para sacarles adelante, son un ejemplo de solidaridad.

He pensado que una forma de ayuda sería una maratón musical con artistas nacionales. Me comuniqué con el director de la Orquesta “Hermanos Cárcamo”, Roberto Cárcamo, quien conoce a todos los artistas salvadoreños, proponiéndole organizar ésta para los próximos días. Se mostró encantado, acogiendo la idea entusiasmado y el proyecto está en marcha. Ojalá esto pueda lograrse y sea un éxito monetario. Incito a todo artista a colaborar.

Sabemos que contra la fuerza de la naturaleza, somos impotentes. Pero, cuando ésta golpea, debemos entregarnos a Dios con fe. Para Él nada es imposible y en cualquier sufrimiento Él se hará presente. El poeta francés Paul Claudel dice: “Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento. Ha venido a llenarlo con su presencia. Quedan muchas cosas oscuras sin explicar; pero hay una cosa al menos que no podemos decirle a Dios: Tú no sabes lo que es sufrir”.

El escritor T. Toth nos ayuda a entender por qué en todo momento de dolor debemos recordar que quien se sabe Hijo de Dios no debe temer: “Un barco de vela se encontraba en medio de una tempestad, traído y llevado por el fuerte oleaje. Los pasajeros gritaban aterrados. Solamente un niño seguía jugando despreocupado en el peligroso vaivén vertiginoso: era el hijo del timonel.

“El buque logró salvarse y los pasajeros preguntaron con curiosidad al niño cómo había estado tranquilo en medio del peligro, cuando ellos estaban espantados. ¿Temer?, contestó el niño. ¡Pero si el timón estaba en manos de mi padre!”.

Elie Wiesel, escritor judío, Premio Nóbel de la Paz y superviviente del campo de exterminio en Auschwitz, relata lo siguiente: “Los nazis colgaron allí a un joven judío delante de todos los internados en ese campo. La agonía duró media hora. Detrás de mí, un hombre preguntó varias veces: ¿Dónde está Dios?, ¿Ahora, dónde está Dios? Yo oí una voz interna que me contestaba..: Aquí estoy... ahorcado en el patíbulo”.

La respuesta que Wiesel oyó dentro de sí es la misma que nos da el Evangelio en Jesús el crucificado: Dios ha hecho suya la muerte de los inocentes de todos los tiempos. “La respuesta de Dios está en Cristo. Dios nos habla de sufrimiento; entra en el sufrimiento, se hace sufriente. La respuesta de Dios no es una explicación, sino una solidaridad”.

* Columnista de El Diario de Hoy.



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