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Otro fenómeno natural

La fe confiada o un estado mental positivo para los no creyentes es una virtud inherente del ser humano y es un bien libre que lo adquieren los de buena voluntad o ilustrados en casos de emergencia

Publicada 10 de octubre 2005, El Diario de Hoy


Rafael Rodríguez Loucel*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Circunstancias como las que atraviesa el país son las que hacen recordar una y otra vez la vulnerabilidad del mismo. Ese fenómeno natural llamado Stan, que no se concretó como se había anunciado, evidenció, en el caso particular de El Salvador, defectos y virtudes no observables en la rutina del país. En los últimos días, las lluvias tropicales nos dan una idea de lo que pudo haber ocurrido. Reflexiones inéditas de un sábado, después de aquella gigante amenaza, son válidas en las circunstancias actuales.

Con el perdón del ocasional lector, me es más fácil empezar por lo negativo o pesimismo, como diría un buen amigo que me comenta lo que escribo. De nuevo una característica del actuar salvadoreño se pone de relieve: la improvisación o el proceder reactivo. Esta respuesta no debe tomarse por una crítica reiterada. Esta vez es sinceramente constructiva; en esta particular ocasión, salió a flote algo más que lodo y basura, surgió la solidaridad de una sociedad que desea sobrevivir, aun cuando lo material no sea abundante para la mayoría.

El arraigo de los que todavía habitan este denso país lo mostró la noticia al negarse muchos a abandonar el lugar que habitan, a pesar de la advertencia de un supuesto peligro. La fe confiada o un estado mental positivo para los no creyentes es una virtud inherente del ser humano y es un bien libre que lo adquieren los de buena voluntad o ilustrados en casos de emergencia.

La solidaridad de aquellos que nos tienen secuestrados, como dice un conocido rector universitario, y que practican el “arte o ciencia” de la política y la aparente controversia, fue un regalo pasajero para una comunidad que ansía una labor edificante, para superar la frustración de no poder aspirar a una mejor calidad de vida, en lo que concierne a la satisfacción de sus necesidades básicas.

La pantalla recogió al primer mandatario rodeado de representantes de los sectores económicos y políticos, para coordinar acciones humanas para preservar la vida, sin importar las motivaciones individuales.

La noticia expresó algo diferente al drama diario: reflejó unidad en la amenaza, orden y tolerancia de la ciudadanía en la adquisición de los productos básicos y menos delincuencia; virtudes todas, que deberían ser una experiencia, que podría capitalizarse para que realmente exista una futura oportunidad de desarrollo a la cual todo país tiene derecho.

No debiésemos esperar otros terremotos, huracanes, “tormentas tropicales” o un copioso invierno para corroborar que sí podemos trabajar en grupo por una causa común. Se afrontó la emergencia con orden y una nacionalidad positiva quedó de manifiesto. Las montañas fueron una fortaleza de un supuesto huracán destructivo, la gente siempre ha sido otra potencial fortaleza para un hacer constructivo y de beneficio colectivo, circunstancia que se hace efectiva con la combinación parcial o integral de un buen comportamiento, sana actitud, habilidad, vocación y educación.

En estos días pasados, las lluvias intensas, asociadas a la depresión tropical Stan, que han caído por al menos seis días, han saturado el suelo y se ha registrado al menos un medio centenar de fallecidos y pérdidas materiales cuantiosas; me vuelvo ha identificar con mi país y he sentido una vez más compasión por el desposeído.

En esta ocasión prefiero ser positivo y ver un solo ángulo. Deseo enfatizar la unidad y solidaridad para responder a lo predecible e imprevisible al mismo tiempo. Respuesta espontánea y honesta que el común ciudadano quiere ver no sólo en lo urgente, sino también en lo importante, para resolver los problemas estructurales y endémicos que aquejan al país.

Por enésima vez, hay que sacar provecho de esta otra circunstancia para repasar la lección que nos indica que debemos responder a la adversidad inusitada con sano juicio, y a la calamidad, con calma. Reacciones inteligentes y no egoístas requieren los países menos desarrollados, como El Salvador, en los cuales la adversidad habita a nuestro lado, convivimos con ella y habrá que afrontarla con madurez.

Se afirma que el planeta está en grave riesgo en todos los aspectos, nuestros 20 mil kilómetros por consiguiente y cada quien debe responder al menos por su metro cuadrado, idealmente y con responsabilidad social: por su país.


*Vicerrector de la UTEC y colaborador de El Diario de Hoy. rloucel@utec.edu.sv



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