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Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Cuando escribo estas líneas, todavía no salgo de un estado
de ánimo con fuertes sentimientos encontrados. Es difícil
escribir sobre todo esto. Asombro y dolor, al enterarme de la erupción
del volcán y de su tremenda capacidad de devastación. Tristeza
y angustia, después, al comprobar que la lluvia seguía,
fuerte, constante, implacable, temiendo primero y comprobando después,
todo su cortejo de desgracias, azotando como siempre sobre
los más pobres, sobre los más desvalidos. Una vez más,
asombro y admiración, como en el Mitch y en los pasados
terremotos, del modo de ser y de aceptar la desgracia que tienen los salvadoreños.
En otros países la cosa no es igual. Aquí la gente no maldice
de su suerte ni blasfema. Aquí la gente que ha perdido todo da
las gracias a Dios porque ha salvado la vida, aunque no sepa qué
va a hacer después. Una familia perece en un derrumbe, porque estaba
trabajando para bombear el agua que abastece a sus vecinos. También
están los ya curtidos por las durezas de su vida.
Ante la tremenda correntada que arrasó varias casas en las orillas
del lago de Coatepeque, uno de los entrevistados en televisión
explica, como si fuera la cosa más natural del mundo, cómo
salvó a dos niños y, con otro compañero, pasaron
la noche, los cuatro, subidos en un árbol. Son muchos los que nunca
mejor dicho les llueve sobre mojado, son los que adoptan
una actitud de entereza y sencillez de fe: Honestamente, yo confío
en Dios, y si me pasa algo es porque él lo va a permitir.
Una señora de 68 ha vivido ocho evacuaciones y explica así
por qué está en uno de los albergues: Mire, yo me
salgo por mis seis nietos. Sí, yo ya viví bastante y me
da igual morirme, pero a ellos sí tengo que cuidarlos.
Poesía épica, trágica, heroica, conmovedora,
no escrita, sino vivida. Muchos de sus protagonistas no los conoceremos.
Sólo Dios los anota. De otros nos llegan destellos a través
de los diarios, la radio o la televisión. Lo hago por amor
a mi prójimo y una de mis satisfacciones es cuando le entrego a
un doctor una persona que pudo fallecer. Mi familia me entiende,
dice un socorrista y así lo corrobora su esposa, ya que siempre
que hay una alerta sabe que su esposo no va a llegar, pero sabe que anda
ayudando. Otro socorrista explica cómo en esa profesión
no hay sueldo: El pago se ve en las experiencias que se viven y
el aprendizaje que se va adquiriendo...todo vale la pena al
momento de colaborar con las necesidades de los demás.
A sus 52 años, una mujer ha pasado buena parte de su vida ayudando
y lo seguiré haciendo cada vez que se necesite. El
bombero que salvó a una niña parcialmente soterrada explica
cómo la imagen de su hija, de dos años y medio y a la cual
no ve hace dos semanas, se repetía en su mente, mientras estuvo
horas junto a esa niña, tratando de tranquilizarla y darle esperanza
hasta que pudieron disponer de los medios que permitieron sacarla. Quizás
era eso, declara, lo que le hizo que no se apartara un instante de la
chiquilla. En sus 28 años de vida, es la primera vez que saca a
alguien con vida y lo agradece así: Fue un gran privilegio,
porque es algo que no todos los días se da, gracias a Dios que
me tiene con vida para servirle a las personas.
Una madre de 23 años deja a sus cinco hijos pequeños al
cuidado de la abuela y se une a las personas que clasifican las donaciones
y añade: Les digo a las personas que aún no han colaborado
que busquen un centro de acopio para apoyar a la gente que está
en necesidad, porque hay muchos que lo necesitan. Un señor
llega a una alcaldía y entrega las llaves de su casa por
si la necesitan. Un socorrista relata que la mano de Dios existe,
que no existen las casualidades: él se salva de ser soterrado en
el sitio a donde iba a acudir, porque un llamado por teléfono le
hace marchar en ese momento a otro lugar.
Un soldado que lleva en sus brazos a un niñito fallecido hace esfuerzos
por no llorar. Mi mensaje: no tema llorar, los hombres también
sabemos ¡tenemos que saber! lo que es la ternura. Llorar
en estos casos nos hace más hombres, más humanos. Porque
la tragedia que padece el país en estos momentos es inmensa. Y
sin embargo, en medio de la lógica tristeza, de las lágrimas,
de la amargura y de la desolación de tantos, tampoco faltan las
sonrisas para atender a los periodistas y el ánimo que cobra fuerzas
no se sabe de dónde.
Vaya mi aplauso, mi admiración y gratitud para todos los que dejaron
la tranquilidad y seguridad de sus hogares para acudir a socorrer y salvar
a los damnificados; a los bomberos, policías, soldados y socorristas
de cualquier tipo; a los gestos de generosidad y solidaridad de tanta
gente, que, sin llamar la atención, sin ruido, están ofreciendo
casas, dinero, ropas y alimentos, y a los periodistas de cualquiera de
los medios informativos, que hicieron un espléndido trabajo, afrontando
fuertes molestias y peligros.
Vaya también para el Presidente y su firme decisión: Vamos
a trabajar de manera frontal en las zonas marginales. Vamos a trabajar
en las quebradas. Eso significará, a largo plazo, posiblemente
reubicaciones. Vamos a sacar a las personas. La mayoría de la gente
murió por derrumbes en las quebradas. Y porque resumió
muy bien lo mejor de este pueblo cuando dijo: Los salvadoreños
hemos sido creados en la adversidad, y la mano de Dios es poderosa. Nos
pone pruebas que siempre superamos. Siempre hemos salido adelante.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy. lfcuervo@telemovil.net

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