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Tema para meditar
Esa otra “poesía” que ahora vivimos

Vaya mi aplauso, mi admiración y gratitud para todos los que dejaron la tranquilidad y seguridad de sus hogares para acudir a socorrer y salvar a los damnificados; a los bomberos, policías, soldados y socorristas

Publicada 10 de octubre 2005, El Diario de Hoy


Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Cuando escribo estas líneas, todavía no salgo de un estado de ánimo con fuertes sentimientos encontrados. Es difícil escribir sobre todo esto. Asombro y dolor, al enterarme de la erupción del volcán y de su tremenda capacidad de devastación. Tristeza y angustia, después, al comprobar que la lluvia seguía, fuerte, constante, implacable, temiendo primero y comprobando después, todo su cortejo de desgracias, azotando —como siempre— sobre los más pobres, sobre los más desvalidos. Una vez más, asombro y admiración, como en el “Mitch” y en los pasados terremotos, del modo de ser y de aceptar la desgracia que tienen los salvadoreños.

En otros países la cosa no es igual. Aquí la gente no maldice de su suerte ni blasfema. Aquí la gente que ha perdido todo da las gracias a Dios porque ha salvado la vida, aunque no sepa qué va a hacer después. Una familia perece en un derrumbe, porque estaba trabajando para bombear el agua que abastece a sus vecinos. También están los ya curtidos por las durezas de su vida.

Ante la tremenda correntada que arrasó varias casas en las orillas del lago de Coatepeque, uno de los entrevistados en televisión explica, como si fuera la cosa más natural del mundo, cómo salvó a dos niños y, con otro compañero, pasaron la noche, los cuatro, subidos en un árbol. Son muchos los que —nunca mejor dicho— “les llueve sobre mojado”, son los que adoptan una actitud de entereza y sencillez de fe: “Honestamente, yo confío en Dios, y si me pasa algo es porque él lo va a permitir”. Una señora de 68 ha vivido ocho evacuaciones y explica así por qué está en uno de los albergues: “Mire, yo me salgo por mis seis nietos. Sí, yo ya viví bastante y me da igual morirme, pero a ellos sí tengo que cuidarlos”.

“Poesía” épica, trágica, heroica, conmovedora, no escrita, sino vivida. Muchos de sus protagonistas no los conoceremos. Sólo Dios los anota. De otros nos llegan destellos a través de los diarios, la radio o la televisión. “Lo hago por amor a mi prójimo y una de mis satisfacciones es cuando le entrego a un doctor una persona que pudo fallecer. Mi familia me entiende”, dice un socorrista y así lo corrobora su esposa, ya que siempre que hay una alerta sabe que su esposo no va a llegar, pero sabe que “anda ayudando”. Otro socorrista explica cómo en esa profesión no hay sueldo: “El pago se ve en las experiencias que se viven y el aprendizaje que se va adquiriendo”...“todo vale la pena al momento de colaborar con las necesidades de los demás”.

A sus 52 años, una mujer ha pasado buena parte de su vida ayudando “y lo seguiré haciendo cada vez que se necesite”. El bombero que salvó a una niña parcialmente soterrada explica cómo la imagen de su hija, de dos años y medio y a la cual no ve hace dos semanas, se repetía en su mente, mientras estuvo horas junto a esa niña, tratando de tranquilizarla y darle esperanza hasta que pudieron disponer de los medios que permitieron sacarla. Quizás era eso, declara, lo que le hizo que no se apartara un instante de la chiquilla. En sus 28 años de vida, es la primera vez que saca a alguien con vida y lo agradece así: “Fue un gran privilegio, porque es algo que no todos los días se da, gracias a Dios que me tiene con vida para servirle a las personas”.

Una madre de 23 años deja a sus cinco hijos pequeños al cuidado de la abuela y se une a las personas que clasifican las donaciones y añade: “Les digo a las personas que aún no han colaborado que busquen un centro de acopio para apoyar a la gente que está en necesidad, porque hay muchos que lo necesitan”. Un señor llega a una alcaldía y entrega las llaves de su casa “por si la necesitan”. Un socorrista relata que la mano de Dios existe, que no existen las casualidades: él se salva de ser soterrado en el sitio a donde iba a acudir, porque un llamado por teléfono le hace marchar en ese momento a otro lugar.

Un soldado que lleva en sus brazos a un niñito fallecido hace esfuerzos por no llorar. Mi mensaje: no tema llorar, los hombres también sabemos —¡tenemos que saber!— lo que es la ternura. Llorar en estos casos nos hace más hombres, más humanos. Porque la tragedia que padece el país en estos momentos es inmensa. Y sin embargo, en medio de la lógica tristeza, de las lágrimas, de la amargura y de la desolación de tantos, tampoco faltan las sonrisas para atender a los periodistas y el ánimo que cobra fuerzas no se sabe de dónde.

Vaya mi aplauso, mi admiración y gratitud para todos los que dejaron la tranquilidad y seguridad de sus hogares para acudir a socorrer y salvar a los damnificados; a los bomberos, policías, soldados y socorristas de cualquier tipo; a los gestos de generosidad y solidaridad de tanta gente, que, sin llamar la atención, sin ruido, están ofreciendo casas, dinero, ropas y alimentos, y a los periodistas de cualquiera de los medios informativos, que hicieron un espléndido trabajo, afrontando fuertes molestias y peligros.

Vaya también para el Presidente y su firme decisión: “Vamos a trabajar de manera frontal en las zonas marginales. Vamos a trabajar en las quebradas. Eso significará, a largo plazo, posiblemente reubicaciones. Vamos a sacar a las personas. La mayoría de la gente murió por derrumbes en las quebradas”. Y porque resumió muy bien lo mejor de este pueblo cuando dijo: “Los salvadoreños hemos sido creados en la adversidad, y la mano de Dios es poderosa. Nos pone pruebas que siempre superamos. Siempre hemos salido adelante”.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net

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