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El Diario de Hoy
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Que se les autorice para instalar tragaperras en sus municipios solicitó
un número de alcaldes a la Asamblea Legislativa, petición
que por fortuna no tiene el apoyo de la mayoría de diputados. De
haberse aprobado la pretensión nadie sabe lo que los ilustres ediles
habrían pedido más tarde: instalar burdeles, vender crack,
administrar salas de masaje, operar puntos de asalto, pasar contrabando
o hacer cultivos de marihuana. Ya hubo un alcalde comunista de Ahuachapán
que tuvo la brillante idea, rescatada de la época medieval hace
mil años, de cobrar peaje a los automovilistas que cruzaban la
ciudad.
Lo que les mueve, no hay duda, es la actitud de después de
mí, el diluvio. Enviciar a los pobres vecinos de sus circunscripciones
no les desvela en lo mínimo; lo que buscan es incrementar los ingresos
municipales indistintamente de las formas o la moral involucradas. La
municipalidad de San Salvador no objeta que más y más lupanares
se establezcan para cobrarles impuestos; al diablo con el mal ejemplo
que se da a niños y jovencitas. Si no se tuvo empacho en asociarse
con mafiosos, parte de la política exterior del ex alcalde Silva,
menos tendrán empacho en vincularse con alegres celestinas y chulos
de barriada.
Volvamos a lo del juego. Como no necesariamente hay sustancias que se
inyecten, se beban o se aspiren, la gente sencilla de la cabeza cree que
se trata de entretenimientos, sin medir la magnitud de los perjuicios
que causa, un pasatiempo tan válido como cualquier otro. De hecho
hay muchísimas personas que pueden jugar bacarat, echar dados o
apostar en las tragaperras sin hundirse en las profundidades del vicio.
Pero cuando alguien cae, el juego le destruye, arruina a su familia y
le hunde en la completa degradación. Hay negocios que quiebran
a causa del juego, matrimonios que se disuelven, hogares abandonados,
fortunas dilapidadas. Y a diferencia del alcohólico y el drogadicto,
es muy raro el ludópata o adicto al juego que consigue rehabilitarse.
A corto plazo, el tahúr cae en el alcoholismo, en la drogadicción,
en el robo para sostener el juego y, cuando son mujeres jóvenes,
en la prostitución.
Promueven juego, no virtud
Estas tragedias, como bien podemos darnos cuenta, no preocupan a los alcaldes
peticionarios. Por el cobro de sus tasas e impuestos, y por los cariños
que pueden recibir debajo de la mesa, al diablo con la gente.
Los estudios del cerebro y la conducta de los humanos han demostrado que,
por razones que hasta hoy quedan en el misterio, el juego afecta la misma
parte del sistema cerebral que golpea la heroína. En ambos casos
la voluntad se destruye y tanto el heroinómano como el ludópata
pierden toda capacidad de resistencia, aunque sin padecer los desquiciamientos
fisiológicos del drogadicto o el alcohólico, que pueden
morir al cortárseles la ingestión de la droga.
Las tragaperras vendrían a golpear a una población que ya
sufre de falta de moral, de confusión, de odios de clase, de violencia
intrafamiliar, de inseguridad en las calles, de desorientación.
En vez de que los municipios se ocupen en embellecer las ciudades, combatir
el delito, ser ejemplos de probidad y fomentar la superación colectiva
e individual, lo que hacen es incrementar la suciedad, la corrupción
y los vicios.

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