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La Nota del Día
Foméntense vicios que pagan impuestos

Las tragaperras vendrían a golpear a una población que ya sufre de falta de moral, de confusión, de odios de clase, de violencia intrafamiliar, de inseguridad en las calles, de desorientación

Publicada 10 de octubre 2005, El Diario de Hoy


El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Que se les autorice para instalar tragaperras en sus municipios solicitó un número de alcaldes a la Asamblea Legislativa, petición que por fortuna no tiene el apoyo de la mayoría de diputados. De haberse aprobado la pretensión nadie sabe lo que los ilustres ediles habrían pedido más tarde: instalar burdeles, vender “crack”, administrar salas de masaje, operar puntos de asalto, pasar contrabando o hacer cultivos de marihuana. Ya hubo un alcalde comunista de Ahuachapán que tuvo la brillante idea, rescatada de la época medieval hace mil años, de cobrar peaje a los automovilistas que cruzaban la ciudad.

Lo que les mueve, no hay duda, es la actitud de “después de mí, el diluvio”. Enviciar a los pobres vecinos de sus circunscripciones no les desvela en lo mínimo; lo que buscan es incrementar los ingresos municipales indistintamente de las formas o la moral involucradas. La municipalidad de San Salvador no objeta que más y más lupanares se establezcan para cobrarles impuestos; al diablo con el mal ejemplo que se da a niños y jovencitas. Si no se tuvo empacho en asociarse con mafiosos, parte de la política exterior del ex alcalde Silva, menos tendrán empacho en vincularse con alegres celestinas y chulos de barriada.

Volvamos a lo del juego. Como no necesariamente hay sustancias que se inyecten, se beban o se aspiren, la gente sencilla de la cabeza cree que se trata de entretenimientos, sin medir la magnitud de los perjuicios que causa, un pasatiempo tan válido como cualquier otro. De hecho hay muchísimas personas que pueden jugar bacarat, echar dados o apostar en las tragaperras sin hundirse en las profundidades del vicio.

Pero cuando alguien cae, el juego le destruye, arruina a su familia y le hunde en la completa degradación. Hay negocios que quiebran a causa del juego, matrimonios que se disuelven, hogares abandonados, fortunas dilapidadas. Y a diferencia del alcohólico y el drogadicto, es muy raro el ludópata o adicto al juego que consigue rehabilitarse. A corto plazo, el tahúr cae en el alcoholismo, en la drogadicción, en el robo para sostener el juego y, cuando son mujeres jóvenes, en la prostitución.

Promueven juego, no virtud

Estas tragedias, como bien podemos darnos cuenta, no preocupan a los alcaldes peticionarios. Por el cobro de sus tasas e impuestos, y por los cariños que pueden recibir debajo de la mesa, al diablo con la gente.

Los estudios del cerebro y la conducta de los humanos han demostrado que, por razones que hasta hoy quedan en el misterio, el juego afecta la misma parte del sistema cerebral que golpea la heroína. En ambos casos la voluntad se destruye y tanto el heroinómano como el ludópata pierden toda capacidad de resistencia, aunque sin padecer los desquiciamientos fisiológicos del drogadicto o el alcohólico, que pueden morir al cortárseles la ingestión de la droga.

Las tragaperras vendrían a golpear a una población que ya sufre de falta de moral, de confusión, de odios de clase, de violencia intrafamiliar, de inseguridad en las calles, de desorientación. En vez de que los municipios se ocupen en embellecer las ciudades, combatir el delito, ser ejemplos de probidad y fomentar la superación colectiva e individual, lo que hacen es incrementar la suciedad, la corrupción y los vicios.


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