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Teresa
Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
En los últimos cinco años, la naturaleza nos ha probado
con catástrofes de tal magnitud, como no las habíamos visto
en los cien años anteriores: dos terremotos seguidos, la erupción
de un volcán y un diluvio cuyas consecuencias todavía no
estamos en capacidad de constatar.
El agua, tan necesaria para la vida humana, se convierte de repente en
un enemigo implacable.
Arrasa con todo con una fuerza insospechada, se filtra, socava y termina
por destruir, en cuestión de minutos, edificaciones que se miraban
fuertes y seguras.
El caudal de ríos que apenas se hacían notar, aumenta desproporcionadamente
y se convierte en un monstruo que a su paso va dejando desolación,
destrucción y muerte.
La semana anterior las inundaciones dañaron las zonas más
vulnerables: los barrios antiguos, las casas construidas temerariamente
en las laderas de las quebradas, en condiciones de peligro y el tema del
día fue que el sistema de drenaje de San Salvador había
colapsado, que la basura que obstruía los cauces de los ríos
provenía de los mismos habitantes, que luego se convertían
en damnificados y que la solución costaba un par de millones de
dólares, lo que había hecho dialogar al Presidente y al
alcalde.
Pero las lluvias continuaron, se saturó la tierra, se inundaron
campos y caseríos y comenzaron los derrumbes, los deslaves, las
avalanchas que no perdonaron los sectores más modernos y mejor
construidos, las nuevas carreteras y las urbanizaciones mejor ubicadas.
Sentimos impotencia al no poder hacer nada por evitar la tragedia y el
dolor y admiración ante la labor de los socorristas y cuerpos de
servicio, que han expuesto su vida para llegar hasta lugares prácticamente
inaccesibles y rescatar familias soterradas y algunos cadáveres,
pero también nos preguntamos si hubiera sido posible evitar o por
lo menos minimizar el desastre.
Salen a la luz historias de urbanizaciones construidas sin haber realizado
estudios de suelos, incrustadas en las montañas sin muros de contención,
sin los adecuados sistemas de drenaje, con cimientos y fundaciones deficientes.
Pero lo más grave es que, para poder construirlas, hubo jugosas
mordidas de por medio que fueron suficientes para superar todas las barreras.
Y no como simples rumores, sino casos concretos con nombres y apellidos,
que incluso se relatan con la jactancia de los muy vivos, que se las dan
de animalas para poder lograr sus propósitos. ¿Y
después, qué?
¿Qué se siente ante los niños que murieron soterrados?
¿Ante familias enteras que perdieron todo lo que tenían
y carecen de un techo donde cobijarse? ¿Ante matrimonios jóvenes
cuyo único patrimonio era su recién adquirida vivienda,
que aunque se veía tan bonita y tan segura, se la llevó
la montaña y deberán seguir pagándola por 20 años
o más? El común denominador en la mayoría de estos
casos es corrupción, conflicto de intereses, ambición por
lucrar pretendiendo saltarse leyes y ordenanzas, pensando únicamente
en el bien particular y olvidando el bien común.
El dolor que ha llenado de luto a nuestro país no puede desperdiciarse.
Tenemos que aprender una lección y canalizarlo para que de la dura
experiencia salgamos mejores. No es culpando al Gobierno como se resuelven
los problemas, sino analizando objetivamente la situación, y aplicando
las palabras de John F. Kennedy: No preguntes qué puede hacer
mi país por mí, sino qué puedo hacer yo por mi país.
Fusades ha tomado la bandera convocando a diversos sectores para discutir
en diferentes foros y mesas de trabajo el tema de las instituciones democráticas
en El Salvador, su valoración de rendimiento y un plan de fortalecimiento.
No pudo ser en un momento más oportuno, ya que uno de los primeros
temas que surgieron en el primer foro fue el de la corrupción,
cuyas secuelas traen consecuencias tan nefastas para todos.
Después de la tragedia vivida, confiamos que las conclusiones que
se saquen de estas reuniones puedan marcar la pauta para enderezar el
rumbo. No podemos permanecer indiferentes ante el dolor ni justificarlo
buscando culpables. Hay que aprovecharlo, tomarlo como una prueba que
Dios nos manda, y que debemos capitalizar para beneficio de todos.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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