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Pedro
Roque*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Sobrevolando el martes pasado la Costa del Sol, en un vuelo comercial
justo antes de aterrizar en Comalapa, me di cuenta de la dimensión
de las tormentas que estamos sufriendo al escribir este artículo
y que, Dios mediante, cuando ustedes lo lean ya hayan pasado, pues hoy,
jueves 6 de septiembre, a las cinco de la mañana, ya veo a través
de mi ventana el brillo de algunas estrellas.
En el primer kilómetro mar adentro, se veía una gran mancha
oscura, casi negra, del agua con tierra y basura que los ríos habían
arrastrado
La poca gente en el aeropuerto y los derrumbes en la
autopista me confirmaban las noticias que ha dado a conocer EDH en su
página web, en la Internet.
Al llegar a la empresa y analizar los daños en las áreas
bajo mi responsabilidad, rápidamente comprendí que, comparadas
con las de personas que lo han perdido todo o los que han perdido a sus
hijos o parientes, cualquier pérdida material resulta poco importante.
No había que imaginarse la gravedad de la situación como
cuando pasaron los huracanes por Nueva Orleans o las intensas lluvias
de la semana pasada en Taiwán, China o Rumanía; el agua
al cuello la tenemos hoy aquí.
Pues, entre lo mucho que hay que organizar para reparar y colaborar, busqué
el tiempo para las noticias y la televisión e informarme sobre
cuál es el estado y la gravedad de emergencia, preocupado porque
estamos cerca de la Cordillera del Bálsamo, donde hubo derrumbes,
evacuaciones y la nueva autopista se cerró.
Entre todas estas desgracias que nos hacen pensar y sentirnos solidarios,
quiero usar este artículo para agradecer a las mujeres y los hombres
que, por salvar la vida de otros, valientemente y conociendo los riesgos
y peligros, fueron de casa en casa en las zonas rurales y en los barrios
inundados con crecientes de más de un metro, hablando con la gente
para convencerle de que se trasladara a los albergues y protegiera su
vida.
Al oír las razones por las que la gente no dejaba sus casas, resultan
casi incomprensibles, pues decían que no querían irse porque
tenían que cuidar sus pertenencias. Aún más incomprensible
resulta, que en estos momentos de calamidad pública, haya gente
que aproveche para adueñarse de lo ajeno.
Pero también hay que decir muchas gracias a los miembros de la
Cruz Roja, con quienes siempre se cuenta aquí y en todos los lugares,
pues es la ONG de ayuda humanitaria más grande del mundo; así
como también hay que expresárselas a los miembros de la
PNC, a los que vimos empapados, esforzándose por salvar gente medio
soterrada en lugares donde ni nos imaginamos que la gente construye sus
viviendas.
A los miembros de muchas organizaciones de ayuda, como los clubes Rotarios,
que acudieron prestos al servicio desinteresado, también hay que
agradecerles.
A las organizaciones gubernamentales oficiales que desde el huracán
Adrián, han estado muy activas, tanto en aportar información
preventiva, como en la evacuación, albergue y cuidado a los damnificados.
Al Presidente de la República, porque personalmente se involucró
interviniendo en radio y televisión para solicitar colaboración
ciudadana y haber organizado comisiones empresariales para ayudar a los
damnificados, a recolectar y distribuir víveres y, además,
haber solicitado ayuda y apoyo internacional para aliviar los daños
que han generado estas tormentas, erupciones y uno que otro temblor, que
también los hubo en medio de la desesperación.
También he de expresar agradecimiento al Ejército, que siempre
está a la disposición para combatir las fuerzas de la tormenta
y, naturalmente, también hay que agradecer a las congregaciones
religiosas por el apoyo incondicional.
Tenemos que agradecer a todos los socorristas y al personal médico
de los hospitales y unidades de salud, que han atendido a los miles de
heridos y golpeados.
Hay que agradecer a los alcaldes, a los concejales, a los gerentes de
empresas, a los empresarios de transporte y, en general, a los ciudadanos
que de nuevo nos sentimos y actuamos solidarios y aportamos lo que estuvo
en nuestras manos
Dios quiera que parte de esta solidaridad salvadoreña, que aparece
con fuerza en la desesperación y luego se esfuma, se quede con
nosotros para cuando todo haya pasado y la pongamos al servicio de nuestra
sociedad, al pensar, planificar, otorgar permisos, gobernar, construir,
organizar la recolección de la basura, educarnos para sobrevivir
en los desastres y, sobre todo, para prever y reducir al mínimo
las desgracias y los actos heroicos de los voluntarios, policías,
soldados y ciudadanos, que en su instinto de salvar vidas arriesgan y
pierden la propia.
Gracias también a los países que a esta hora ya reaccionaron
y nos apoyarán en la reconstrucción.
Pero no puedo olvidar, agradecer mucho su entrega a los periodistas, fotógrafos
y camarógrafos que sin importar derrumbes, crecidas y con el agua
casi al cuello, estuvieron en primera línea haciéndonos
sentir la realidad de los sucesos y la gravedad de las consecuencias de
las tormentas y la erupción del volcán.
Démonos en fin solidariamente las manos y las gracias mutuamente
y empecemos de nuevo con la reconstrucción, haciendo bien las cosas
para que aguanten el próximo desastre, que como habitamos un planeta
vivo e inestable, de seguro que pronto vendrá.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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