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El Diario de Hoy
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Es muy importante que con el paso del tiempo se vayan apretando
las tuercas en cuanto a los exámenes para pasar de grado,
ingresar a una universidad y en su momento graduarse como profesional.
El rigor en las pruebas académicas ha sido la fórmula del
éxito japonés y coreano, ya que sus ingenieros, investigadores,
pensadores, matemáticos, biólogos y todos sus académicos,
científicos y profesionales, están muy capacitados y disciplinados
para realizar los esfuerzos que cualquier misión o tarea demanda.
En el mundo altamente competitivo de hoy, triunfar y salir adelante exige
capacidad y dedicación, cualidades que la mayoría adquiere
en la escuela y durante su formación profesional. Es entonces cuando
además de criterios y conocimientos básicos, se aprende
o se debería aprender a razonar, a ser sensatos, a actuar con ética
y a trabajar con otros. En las aulas, se debe suponer, los educandos adquieren
la disciplina que se les exigirá más tarde en sus ocupaciones.
Lo que hasta la fecha se ha ignorado oficialmente, pues lo sabe todo maestro
que merezca el apelativo, es que la mejor forma de afianzar conocimientos
y aprender a pensar, es examinándose de manera regular y seria.
Los exámenes son el mejor método para saber si alguien aprendió
lo que le enseñan y si desarrolló la capacidad para aplicar
esos conocimientos y criterios. Hay casos, pocos, de estudiantes que salen
mal en las pruebas y que inclusive nunca se gradúan, pero que luego
son muy exitosos. La regla, empero, es que el estudiante que aprueba exámenes
saldrá bien en su vida.
A tantos los carcome la pereza
A la inversa, cuando no hay exámenes los jóvenes tienden
a ser indisciplinados, superficiales y poco capaces de esforzarse. Y ésa
ha sido la realidad de la educación en El Salvador en los últimos
cuarenta años: no había obligación de examinarse
y de allí los bajos niveles de conocimientos y disciplina de los
graduados, desde la secundaria hasta la universidad. Como los estudiantes
no estaban obligados a examinarse no ponían mayor interés
en entender lo que les enseñaban y menos en conservar esos conocimientos.
Por ese motivo egresaban con muchas deficiencias de la primaria y de la
secundaria, entrando mal a las universidades y graduándose sólo
porque aquí en el país se puede.
En su momento los exámenes se suprimieron porque los maistros
de ANDES presionaban a sus alumnos: o participás en los movimientos
de protesta o no pasás los exámenes. El chantaje
se conjuró suprimiendo las pruebas, pero el daño quedó:
los estudiantes se acostumbraron a aprobar sin esfuerzo y con frecuencia
sin saber lo elemental de gramática, historia y matemática.
Poner en pie de nuevo la cultura de los exámenes no es tarea fácil:
las familias suponen que sus hijos tienen derecho a pasar
de un nivel a otro aunque no estudien ni aprendan nada. El ministerio
ha ido paso a paso introduciendo la Paes, dando cada vez mayor peso a
los resultados de las pruebas para aprobar curso y alentando a los jóvenes
a participar. Por lo general el problema no son las muchachas estudiantes
sino los jóvenes, un número de los cuales está carcomido
por la pereza creyendo que al ser adultos les lloverá el maná
del cielo. Ignoran que en el trabajo, los exámenes son una frecuente
rutina.

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