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Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Y es que en la mayoría de los casos ser pobre no es sólo
carecer de dinero y recursos, sino también estar expuesto a cualquier
desgracia. Allí está la abuelita, 85 años quizá,
en la pantalla de la televisión, con los ojos llenitos de lágrimas
diciendo que lo perdió todo por la correntada. Y cuando el periodista
le pregunta por lo perdido, ella le repite que todo, todito lo que tenía:
su cobijita y su par de zapatos. Todo lo que tenía.
Y allí está ahora en el albergue improvisado, rezándole
a Dios para que por fin deje de llover y para que alguien tenga la bondad
de regalarle algo con que arroparse y un par de zapatos, porque no aguanta
el frío en los pies. Quebrada arriba, una mujer de mediana edad
se niega a abandonar su casa amenazada por el agua, porque allí
tiene una refrigeradora, que acaba de sacar al crédito y no quiere
que nadie se la robe. Cada cuota es poco menos de la mitad de lo que gana
al mes.
Más lacerante es todavía el llanto de aquella otra mujer
cuya familia, su bebé también, quedó soterrada al
desprenderse el paredón sobre la humilde vivienda. Y el agua, el
vital líquido, como dicen algunos periodistas, que nos calma la
sed, que se ve tan bella en el mar, el lago y la piscina, se vuelve criminal.
Es cierto que todo desastre natural o conflicto social puede afectar a
cualquiera. Las pruebas son el tsunami del Pacífico Sur, el Katrina
en Nueva Orleans o el ataque terrorista en Nueva York.
Todos estamos expuestos en cualquier momento a sufrir una desgracia. Pero
los hay quienes siempre, siempre lo están. Viven en territorios
infestados de pandillas violentas, o a la orilla de la quebrada que se
desborda, o del paredón que se derrumba, o del bus destartalado
que se desbarranca o del teatro de la guerra. Cualquier cosa se convierte
en amenaza. Vulnerables les llaman en el lenguaje de moda. En medio del
lodazal de esta desgracia, pues, surge de nuevo el terrible rostro de
la vulnerabilidad.
Frente a la abuelita que perdió todas sus pertenencias (su cobija
y sus zapatos), a la señora que no quiere perder el fruto de sus
ahorros (una refrigeradora a plazos), a la joven madre que perdió
su familia, frente a los vulnerables de siempre ¿qué podemos
hacer, los que tenemos la fortuna, al menos esta vez, de ver a nuestros
hijos durmiendo arropados con sus cobijas calientes? ¿Los que vemos
la correntada sólo en las pantallas de los noticieros?
¿Los que nos quitamos los zapatos mojados para ponernos los secos?
Aunque parezca sencillo, no son fáciles las respuestas. Ayudan
los donativos de ropa y dinero. Es importante ofrecer albergue a una familia
amiga que tuvo que evacuar su casa. Es importante colaborar con los cuerpos
de rescate. Todo eso ayuda, pero no es suficiente. Eso no evitará
que el otro invierno o la próxima desgracia vuelvan a ensañarse
con tanta gente. Peor aún es ponerse a sacar raja política
del momento. Afinar el discurso sobre la tragedia para acorralar al adversario.
No me parece la actitud de los radicales que utilizan la bandera ecologistas
para lograr objetivos políticos. Tampoco la actitud criminal de
quienes asesinan la naturaleza en su obsceno deseo de tener cada vez más
dinero, aunque en ello sacrifiquen el futuro de todos, incluyendo el de
sus hijos. Por encima de las apocalípticas advertencias de los
seudoecologistas y la repudiable indiferencia de los mercantilistas, una
cosa es cierta: el planeta nos está pasando la factura.
Creo que ha llegado el momento de plantearnos una nueva relación
con nuestro entorno social y natural. Vivir en un sistema democrático
y de economía abierta, en el cual creo profundamente, no implica
que se deba anteponer a la solidaridad humana y al respeto a la naturaleza,
la rentabilidad de los negocios. Tampoco se puede admitir que algunos,
con el argumento de la pobreza, destruyan los recursos naturales o irrespeten
el derecho de los demás.
Por ahora es momento de solidarizarnos de verdad, con los que más
están sufriendo. Es admirable, en este sentido, la actitud valiente
de miles de socorristas, agentes de policía y del ejército
salvando vidas. Es admirable también el trabajo profesional de
la mayoría de periodistas. Ahora es momento de sacar lo mejor de
nosotros mismos para ayudar a nuestros hermanos.
Pero una vez pasada la emergencia, debemos replantearnos la manera en
que nos estamos relacionando con los demás y con el medio ambiente.
Es necesario un cambio de actitud y que desde las instituciones se plantee
y se estimule ese cambio. Tengamos en mente que cuando hablamos de vulnerabilidad
no hablamos de cifras, sino de seres humanos como la abuelita de la cobija,
la señora de la refrigeradora y la joven madre que perdió
a su bebé. Debemos hacerlo por ellos, por nosotros, por todos.
La humanidad.
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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