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Álvaro
Vargas Llosa*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Washington. (AIPE).- El Presidente de Brasil Lula da Silva está
inmerso en un interminable escándalo de corrupción; su reputación,
que alguna vez fue enorme, está hecha jirones. No es un hecho insignificante:
Lula se ha convertido en un emblema de la izquierda de la post Guerra
Fría con su combinación de políticas fiscales y monetarias
conservadoras y vastos programas de asistencia social dirigidos a los
pobres.
Una impresionante secuencia de revelaciones que involucran al Gobierno
y al Partido de los Trabajadores de Lula comenzando con la confesión
por parte del legislador de la oposición Roberto Jefferson, de
que había recibido sobornos por sus votos en el Congreso
ha sacado a la superficie todo un esquema de sobornos a legisladores y
de métodos irregulares de financiamiento del partido.
La opinión internacional sostenía que, no obstante sus radicales
raíces marxistas y las ocasionales concesiones a su base política,
Lula representaba un saludable alejamiento de la vieja izquierda y el
surgimiento de un nuevo modelo para las naciones subdesarrolladas, emparentado
con la socialdemocracia europea. Muchos pensaron que este modelo tendría
un efecto moderador sobre la izquierda a lo largo del continente y mantendría
a raya a Hugo Chávez.
Sin embargo, la capacidad de Lula para reinventar a la izquierda dependió
siempre de algo más que el mantenimiento de unas altas tasas de
interés a fin de contener la inflación, del sustento de
una moneda fuerte, el precio internacional de ciertos productos básicos
y el otorgamiento de dinero en efectivo a las familias pobres.
Tenía dos opciones: administrar a la crisis perpetua o intentar
modificar íntegramente un sistema político laberíntico
que beneficia a ciertos bolsillos de la producción industrial y
agrícola, pero que mantiene a millones de personas fuera del ámbito
de las oportunidades.
Escogió el primero de los senderos.
Mientras que los tecnócratas hablan de una tasa de crecimiento
económico para Brasil del tres por ciento en este año y
de un auge exportador que se ha traducido en un superávit
comercial de $40 mil millones, los electores de Lula están indignados
ante el escándalo de corrupción.
Pero el tema realmente importante es que la corrupción se ha desarrollado
de manera natural en un ambiente de oportunidades limitadas, debido a
la asfixiante interferencia gubernamental. Y la ausencia de límites
adecuados a las facultades de la burocracia política es a su vez
un incentivo para la corrupción en los niveles más altos.
Por lo tanto, la corrupción del Gobierno de Lula debería
ser vista más como un síntoma que como una causa. El vociferar
contra la corrupción sin remover sus causas tan sólo generará
más frustración. Los brasileños llevaron a cabo un
juicio político contra el Presidente Collor de Mello en los años
90, pero no modificaron un sistema que garantizó que un partido
como el de Lula cayera en la misma trampa años después.
Brasil ha sido a menudo un adalid de las corrientes políticas latinoamericanas.
Ejemplificó al positivismo autoritario de estilo francés
a comienzos del Siglo XX, la industrialización centralmente planificada
en los años 60 y 70 y la democracia en la década de los
80 (no obstante ello, no fue una de las naciones líderes de la
llamada ola de reformas de libre mercado de los años 90.) El eclipse
de Lula está ahora fortaleciendo a la izquierda más radical,
la cual se ha precipitado a señalar la traición
del Presidente contra sus orígenes marxistas por lo ocurrido. El
resto de la izquierda latinoamericana se encuentra observando esto con
atención.
La corrupción general en los países subdesarrollados es
un síntoma del costo de la ley y de la debilidad del marco legal.
Si las leyes y normas son enredadas y costosas de seguir, y no existe
ningún sistema confiable para hacer cumplir los contratos, la corrupción
se vuelve una especie de póliza de seguro. Tal como lo ha escrito
el jurista Richard Posner, el nepotismo, el clientelismo y el cohecho
se vuelven sustitutos del contrato cuando la ejecución del contrato
es poco confiable. Si esto se prolonga durante un largo período,
la corrupción se vuelve una cultura.
El más reciente informe del Banco Mundial sobre diversos climas
de negocios, Doing Business 2006, muestra que, en Brasil,
una empresa local promedio con menos de 100 empleados tendría que
pagar el 148 por ciento de sus ganancias anuales a fin de cumplir con
todos sus impuestos. A una empresa mediana le insume 2.600 horas sólo
abonarlos.
No resulta sorprendente que las reglamentaciones y los impuestos hayan
cobrado vida propia en Brasil, donde la estructura de Gobierno incluye
a más de 5.500 municipios autónomos, 10 millones de servidores
civiles y una multitud de capas burocráticas (supuestamente descentralizadas,
pero en verdad superpuestas) que compiten por una parte de la torta. Pese
a que este laberinto tiene su lado positivo, ya que dificulta la implementación
de las decisiones del gobierno federal, es totalmente impráctico
para individuos de mentalidad reformista.
Lula pensó que mientras mantuviese la estabilidad macroeconómica
y continuase con su programa Bolsa Familia una transferencia
de efectivo condicional que otorga 50 dólares a 7 millones de familias
a cambio de que envíen a sus hijos a la escuela, la justicia
social fluiría. A juzgar por la falta de inversión
en todos los niveles de la economía, está claro que la mayoría
de los brasileños no pensó lo mismo. La prosperidad exige
una masiva despolitización del sistema prevaleciente de modo tal
que pueda florecer el espíritu emprendedor. En la ausencia de ello,
no es difícil ver por qué el Gobierno de Lula se tornó
tan corrupto.
Olavo de Carvalho, un escritor brasileño, destacaba recientemente
en una conferencia que dio en Washington que la corrupción
se encuentra profundamente arraigada en el Partido de los Trabajadores,
no como un ve- hículo vulgar de enriquecimiento personal, sino
como un instrumento técnico para erosionar el fundamento moral
de la sociedad capitalista y financiar la estrategia revolucionaria.
Qué irónico que el hombre que se suponía venía
a salvar a América Latina del socialismo a la vieja usanza esté
ayudando a revivirlo.
*Director del The Center on Global Prosperity
del Independent Institute y autor de Rumbo a la libertad.
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