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Tema del momento
La reforma del anticuario

Obviamente, modernizar un Estado supone una definición previa del Estado que queremos. Pero, hay algo válido en ese tema: modernizar va a significar, en algunos tramos, limitaciones al poder

Publicada 5 de octubre 2005, El Diario de Hoy


Lafitte Fernández*

El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

No hay que hacer un enorme esfuerzo académico ni encargar costosos estudios ni tampoco contratar a expertos internacionales, para establecer que El Salvador tiene una reforma pendiente: la modernización de su Estado.

El país está parado sobre un enorme anticuario de instituciones y leyes en el que —también hay que admitirlo— despuntan construcciones modernas. Basta con pegarle una ojeada al desarrollo de las instituciones salvadoreñas para saber que el Estado está construido, por herencia de su historia, sobre un museo viviente en el que conviven toda suerte de racionalidades del poder.

Aquí tenemos de todo: desde entidades y creaciones jurídicas que respondieron a una época en que el Estado era productor de bienes y servicios hasta otro Estado desregulador y normativo.

En ese museo subsisten instituciones creadas para empujar un Estado benefactor o desarrollista como el que se construyó en México en tiempos de Manuel Camacho, o en Costa Rica con José Figueres, hasta otros en que se privatizaron políticas públicas.

Mucho menos es de extrañar que encontremos instituciones y leyes hechas por militares en plena Guerra Fría, hasta exitosos y modernos proyectos. El problemas no es haber pasado por esos trances mientras se buscaba, por influjo de la historia, la construcción de una apertura democrática con reformas económicas o sociales.

El verdadero problema es que lo nuevo subsiste con un anticuario en medio de enormes paradojas. Si bien la institucionalidad gubernamental se ha ido ajustando, la prisa, las nuevas visiones, la necesidad de recuperar el tiempo perdido provocaron un olvido de correcciones obligadas.

Eso ha causado duplicidades, ausencias de controles, responsabilidades difusas, faltas de coordinación y otros males mayores, como el abigarramiento de una burocracia que no quiere perder los poderes con los que nació.

El Salvador debe serenarse y concentrarse en esa reforma pendiente. Debe modernizar su institucionalidad, ajustar su Estado a los tiempos porque, en ocasiones, cuando se intenta avanzar, obligadamente hay que toparse con el museo viviente.

Para empezar, lo primero que se debe reformar es la Constitución Política. Dichosamente, cada vez escucho más voces que invocan el cambio. De ahí, en adelante, hallaremos disposiciones secundarias que es incomprensible la forma cómo subsisten.

Tome el Código Municipal y comprenderá que, bajo toda lógica jurídica, se le incluyeron disposiciones que están muy alejadas de la visión de un Estado moderno. Tome lo que sea, y encontrará lo mismo en toda suerte de leyes e instituciones. Ese mal no es sólo de El Salvador. Es un mal latinoamericano, aunque pocos países se han atrevido a asumir el reto de la modernización del Estado. Tal vez el que mejor lo ha hecho es Chile.

Los políticos chilenos no están alejados de la histórica discusión sobre si una sociedad necesita más o menos Estado. Pero, cada vez concluyen, con mayor holgura, que los anticuarios institucionales sólo desaparecen si se entiende que la modernización del Estado debe ser permanente y continua.

Eso ha contribuido, entre muchas otras cosas, al hecho de que Chile tenga la economía con más competitividad en América Latina.

El Salvador también tiene suficientes razones para estar optimista: es el país centroamericano más competitivo, como lo acaba de declarar el Foro Económico Mundial. En otras palabras, eso significa que es el país del área con mejores condiciones para sacarle ventajas al libre comercio, a las inversiones o a las grandes iniciativas.

Pero, y de eso estoy seguro, estaría muchísimo mejor si se tuviese la voluntad política, y aquí hay que incluir a todos los partidos, de modernizar sus instituciones.

La obligada reforma le servirá al país para todo. Hace pocos días asistí a un valioso foro que organizó Fusades para examinar la Corte de Cuentas y la corrupción.

En el examen participaron destacados panelistas. Ahí se congregaron académicos, intelectuales, empresarios, políticos, periodistas, abogados y muchos otros. Hablaron de revalorizar la política, de perfeccionar controles, de cambios culturales, y muchísimas cosas más.

Pero, se olvidaron de que, si bien el país puede tener el mejor órgano contralor del mundo, poco se puede hacer si no se modernizan las instituciones del Estado. Obviamente, modernizar un Estado supone una definición previa del Estado que queremos. Pero, hay algo válido en ese tema: modernizar va a significar, en algunos tramos, limitaciones al poder. Entre ellos, el de los propios burócratas.

*Periodista.

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