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10:30 p.m.gimnasio de Izalco
Sin arropar. Presa de las bajas temperaturas de la noche, Rosa María
Hernández, de un año y medio, finalmente se quedó
dormida en uno de los albergues de Sonsonate.
Foto EDH/Oscar Payes |
Edmee Velásquez
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Seño, ¿me da una frazada? Mire que mis niños
se pueden morir de frío. La angustia de María Elena
Méndez, de 36 años, en el albergue improvisado del Gimnasio
de Izalco, en Sonsonate, ante la suerte de sus seis hijos es indescriptible.
Por un lado, Méndez suplicaba por una sábana que pudiera
calentar los cuerpecitos de sus cuatro pequeños. Por el otro, la
incertidumbre por saber de la suerte de su segundo hijo, de 15 años,
que no quiso abandonar su vivienda para cuidar que no se robaran nada.
Cuando escuché el estruendo no supe qué hacer, nos
quedamos inmóviles durante media hora y luego salimos a la calle.
La policía nos dijo que teníamos que evacuar, por eso sólo
agarré mi DUI, una ropita de los niños más pequeños
y nos vinimos.
María Elena relató que nadie les dijo qué hacer.
Aparte de reprocharse el no haber podido sacar una cobija, le preocupaba
no haber podido sacar su ropa en remojo.
Mi hijo va a lavarla. Pero aún así me angustia el
no saber nada de él y peor si le pasa algo, dijo.
Un leve consuelo para esta mujer era que su joven vástago no quedó
solo; el esposo de su hija la mayor quedó con él.
El gimnasio de Izalco dio albergue a 350 personas provenientes de los
cantones Chorro arriba y Chorro abajo, Cruz Grande, Tapalchucuth, Tunalmiles
y San Diego, los cuales recibieron colchonetas, alimento y camisas para
pasar la noche.
Asimismo les dieron consultas, principalmente por dolores de cabeza generados
por la tensión del momento.
Pero a María Elena le hizo falta una frazada, tenía miedo
de que sus hijitos se enfermaran por el frío.
Si no me la dan, mañana me voy de regreso en un pick up,
aunque sea de fiado. No voy a esperar a que mis hijos se mueran de congelados.
Es triste pensar lo que perdí
Únicamente logró salvar unas cuantas prendas y un pedazo
de grabadora. Edwin Calderón, habitante de la finca San Blas,
en Santa Ana, no quiso esperar a que el volcán le robara lo más
valioso que posee, su familia.
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9:30 p.m. casa parroquial san isidro
De San Blas. Estela del Carmen Herrera, de nueve años, espera
somnolienta a que su madre se acueste con ella en el refugio de San
Isidro. Foto EDH/Oscar
Payes |
Desde hace 18 días tomó la decisión y evacuó
una de las zonas con mayor peligrosidad, acompañado de sus vecinos.
Se ubicaron en la casa parroquial de San Isidro, Sonsonate.
Más de 90 personas fueron las que inicialmente decidieron tomar
sus precauciones. Ayer el número se elevó a 180.
Fuimos mal vistos por lo que hicimos, pero logramos nuestro objetivo
que era la prevención, dijo.
Para subsistir, algunas de las familias de San Blas recibieron el apoyo
de organizaciones sin fines de lucro. Pero hasta el momento lo que más
necesitan es víveres, pañales, ropa, gas propano y antigripales.
Seis familias hemos perdido nuestras casas (incendiadas), pero lo
que más nos preocupa a todos es que la zona no ha quedado habitable
por lo que esperamos ayuda para ser reubicados en otra parte, porque la
amenaza en el volcán está latente.
Siguió un buen consejo
Yo no me tomé esto a juego, decía Leonor Vásquez,
de 24 años, ante la espera de su porción de comida en el
Gimnasio de Izalco, Sonsonate.
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| San Isidro. Pocas prendas lograron salvar las
angustiosas madres para resguardar a sus hijos del frío y de
las enfermedades. Foto
EDH/Oscar Payes |
Madre de cuatro niños, Leonor siguió los consejos de una
docente, que le recomendó que preparara una maleta con ropita de
los niños por cualquier emergencia por el volcán Ilamatepec.
Sólo guardé los documentos, míos y de mis niños
y lo dejamos todo, esperando que nada pase y que lo encontremos tal y
como lo dejamos.
La mujer, también auxilió a su madre, Rufina Mauricio, quién
le daba apoyo moral.
Aunque Leonor fue una de las pocas personas que sí logró
sacar un poco de ropa y sábanas, le preocupaba no estar segura
en el gimnasio.
Me da un poco de miedo aquí porque tenemos a la par el cementerio.
Ojalá que no vayan a apagar las luces para que los niños
no se asusten y se puedan dormir temprano.
La maestra de mis niños es bien inteligente. Cuando me recomendó
que tomara mis precauciones lo hice, todo por mis hijos, detalló.
Me daba pena venir para acá
Para Yerlin Ramos, de 17 años, abandonar su casa en la Finca San
Blas para vivir en el albergue temporal de la casa parroquial de San Isidro
era una pena que no quería pasar.
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7:00 a.m.c. p. San Iisidro
Organización. Los refugiados en San Isidro se han dividido
todas las labores domésticas. Foto
EDH/Oscar Payes |
Estar en condiciones más precarias que las propias y dejar tiradas
las cositas que con tanto sacrificio les han costado fue difícil,
pero Yerlin tomó la decisión cuando escuchó la
gran explosión.
Desayunando estaba con mi familia y luego se escuchó la detonación
y pensé que una avioneta se había accidentado y salió
una muchacha que estaba con nosotros y dijo ¡el volcán! Salimos
corriendo y nos dijeron que fuéramos hacia el cerro verde, que
allí había un pick up que nos iba a traer para acá.
De sus pertenencias nada pudo rescatar, solamente lo que andaba puesto
y su mamá hasta los zapatos dejó.
No me había querido venir para aquí, no estoy acostumbrada
a vivir así. Hasta la mera hora me afligí y me arrepentí
no haberme venido antes. Gracias a Dios que aquí nos han dado alimento
y donde dormir.

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