elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

[Carencia de una joven madre en Izalco]
Faltó una frazada para abrigar a cuatro niños

Sonsonate la incertidumbre impera en los refugios. niños corriendo y adultos esperando: unos comida y otros cobijas, para calmar un poco la triste experiencia que les tocó vivir


Publicada 3 de octubre 2005 , El Diario de Hoy

10:30 p.m.gimnasio de Izalco
Sin arropar. Presa de las bajas temperaturas de la noche, Rosa María Hernández, de un año y medio, finalmente se quedó dormida en uno de los albergues de Sonsonate. Foto EDH/Oscar Payes

Edmee Velásquez
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

“Seño, ¿me da una frazada? Mire que mis niños se pueden morir de frío”. La angustia de María Elena Méndez, de 36 años, en el albergue improvisado del Gimnasio de Izalco, en Sonsonate, ante la suerte de sus seis hijos es indescriptible.

Por un lado, Méndez suplicaba por una sábana que pudiera calentar los cuerpecitos de sus cuatro pequeños. Por el otro, la incertidumbre por saber de la suerte de su segundo hijo, de 15 años, que no quiso abandonar su vivienda para cuidar que no se robaran nada.

Lea además
“No fue fácil conciliar el sueño”

“Cuando escuché el estruendo no supe qué hacer, nos quedamos inmóviles durante media hora y luego salimos a la calle. La policía nos dijo que teníamos que evacuar, por eso sólo agarré mi DUI, una ropita de los niños más pequeños y nos vinimos”.

María Elena relató que nadie les dijo qué hacer. Aparte de reprocharse el no haber podido sacar una cobija, le preocupaba no haber podido sacar su ropa en remojo.

“Mi hijo va a lavarla. Pero aún así me angustia el no saber nada de él y peor si le pasa algo”, dijo.

Un leve consuelo para esta mujer era que su joven vástago no quedó solo; el esposo de su hija “la mayor” quedó con él.

El gimnasio de Izalco dio albergue a 350 personas provenientes de los cantones Chorro arriba y Chorro abajo, Cruz Grande, Tapalchucuth, Tunalmiles y San Diego, los cuales recibieron colchonetas, alimento y camisas para pasar la noche.

Asimismo les dieron consultas, principalmente por dolores de cabeza generados por la tensión del momento.

Pero a María Elena le hizo falta una frazada, tenía miedo de que sus hijitos se enfermaran por el frío.

“Si no me la dan, mañana me voy de regreso en un pick up, aunque sea de fiado. No voy a esperar a que mis hijos se mueran de congelados”.


“Es triste pensar lo que perdí”

Únicamente logró salvar unas cuantas prendas y un “pedazo de grabadora”. Edwin Calderón, habitante de la finca San Blas, en Santa Ana, no quiso esperar a que el volcán le robara lo más valioso que posee, su familia.

9:30 p.m. casa parroquial san isidro
De San Blas. Estela del Carmen Herrera, de nueve años, espera somnolienta a que su madre se acueste con ella en el refugio de San Isidro. Foto EDH/Oscar Payes

Desde hace 18 días tomó la decisión y evacuó una de las zonas con mayor peligrosidad, acompañado de sus vecinos. Se ubicaron en la casa parroquial de San Isidro, Sonsonate.

Más de 90 personas fueron las que inicialmente decidieron tomar sus precauciones. Ayer el número se elevó a 180.

“Fuimos mal vistos por lo que hicimos, pero logramos nuestro objetivo que era la prevención”, dijo.

Para subsistir, algunas de las familias de San Blas recibieron el apoyo de organizaciones sin fines de lucro. Pero hasta el momento lo que más necesitan es víveres, pañales, ropa, gas propano y antigripales.

“Seis familias hemos perdido nuestras casas (incendiadas), pero lo que más nos preocupa a todos es que la zona no ha quedado habitable por lo que esperamos ayuda para ser reubicados en otra parte, porque la amenaza en el volcán está latente”.


Siguió un buen consejo

“Yo no me tomé esto a juego”, decía Leonor Vásquez, de 24 años, ante la espera de su porción de comida en el Gimnasio de Izalco, Sonsonate.

San Isidro. Pocas prendas lograron salvar las angustiosas madres para resguardar a sus hijos del frío y de las enfermedades. Foto EDH/Oscar Payes

Madre de cuatro niños, Leonor siguió los consejos de una docente, que le recomendó que preparara una maleta con ropita de los niños por cualquier emergencia por el volcán Ilamatepec.

“Sólo guardé los documentos, míos y de mis niños y lo dejamos todo, esperando que nada pase y que lo encontremos tal y como lo dejamos”.

La mujer, también auxilió a su madre, Rufina Mauricio, quién le daba apoyo moral.
Aunque Leonor fue una de las pocas personas que sí logró sacar un poco de ropa y sábanas, le preocupaba no estar segura en el gimnasio.

“Me da un poco de miedo aquí porque tenemos a la par el cementerio. Ojalá que no vayan a apagar las luces para que los niños no se asusten y se puedan dormir temprano”.

“La maestra de mis niños es bien inteligente. Cuando me recomendó que tomara mis precauciones lo hice, todo por mis hijos”, detalló.


“Me daba pena venir para acá”

Para Yerlin Ramos, de 17 años, abandonar su casa en la Finca San Blas para vivir en el albergue temporal de la casa parroquial de San Isidro era una “pena” que no quería pasar.

7:00 a.m.c. p. San Iisidro
Organización. Los refugiados en San Isidro se han dividido todas las labores domésticas. Foto EDH/Oscar Payes

Estar en condiciones más precarias que las propias y dejar tiradas las cositas que con tanto sacrificio les han costado fue difícil, pero Yerlin tomó la decisión cuando escuchó “la gran explosión”.

“Desayunando estaba con mi familia y luego se escuchó la detonación y pensé que una avioneta se había accidentado y salió una muchacha que estaba con nosotros y dijo ¡el volcán! Salimos corriendo y nos dijeron que fuéramos hacia el cerro verde, que allí había un pick up que nos iba a traer para acá”.

De sus pertenencias nada pudo rescatar, solamente lo que andaba puesto y su mamá hasta los zapatos dejó.

“No me había querido venir para aquí, no estoy acostumbrada a vivir así. Hasta la mera hora me afligí y me arrepentí no haberme venido antes. Gracias a Dios que aquí nos han dado alimento y donde dormir”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


elsalvador.com WWW